Siempre ha llamado mi atención el modo en el que, desde tiempos inmemoriales, algunos miembros de ciertas clases políticas dedican, la mayor parte del tiempo que le han concedido los electores con sus votos, a hacer todo lo que sea necesario con tal de perdurar en sus puestos y mantener intacta esa ambición voraz que les caracteriza. Para estos individuos, los intereses de los ciudadanos solo sirven de excusa para lograr una posición; la política puede llegar a convertirse en una ingeniosa destreza para confabular y poner en entredicho, a fin de conquistar el poder y disfrutar luego de sus ventajas en beneficio propio. Y en estos últimos tiempos hemos creído atisbar el surgimiento de personas que ven en la política una forma de realzar su ego. Cabeza visible, líder para quien lo quiera ver así, y que ha decidido, por su cuenta y riesgo, convertirse en paladín de un grupo de personas que llevan a gala eso de todo para el pueblo pero sin el pueblo.
Esta dirección emprendida, no se nos puede negar que es muy delicada, sobre todo porque siempre se crean alrededor de estos líderes, un grupito de individuos que utilizan el escarnio como moneda de cambio. ¿No es cierto que algunos de estos individuos, que todos conocemos, hacen suyo eso de “si no estás conmigo estás contra mí”? Es penoso comprobar, como estos sujetos se han convertido en burdas caricaturas dispuestas a vender sus horripilantes fachadas a cambio de un poder que los va corrompiendo hasta lo grotesco, y que siempre aparecen buscando refugio a su indignidad como personas en la imitación burda e indignante de sus líderes.
Está claro que para estos grupos de interesados “La ideología no es más que el conjunto de ideas que se imponen a la sociedad para defender los intereses de las clases dominantes”. Y sólo tal vez esta definición y lo que conlleva ha podido ser la causa de la indignación creciente en toda la ciudadanía, una rabia que va a marcar un antes y un después en nuestra joven democracia, en la soberanía del pueblo expresada en una indignación ciudadana que debe llevar a un cambio en la mentalidad de los partidos y sus políticos como representantes de todos los españoles.
La periodista Carmen Tomás lo dice sin pelos en la lengua, “el que esté, que se lo curre, queremos políticos preparados, así que si son corruptos fuera, ¡a tachar! ¿Qué no están preparados? Pues que se vayan a otro sitio a trabajar, tiene que ser gente que se lo trabaje. La verdadera democracia no es de los partidos sino del ciudadano y es hora de empezar a exigir que los políticos respondan ante sus electores directos”.
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