Editorial

Invertir para mejorar y cumplir los plazos

Las obras públicas forman parte inevitable del desarrollo de una ciudad. Transformar espacios, renovar infraestructuras y adaptarlas a las necesidades actuales no solo es legítimo, sino necesario, claro ejemplo de ello son las obras que se están ejecutando en dos ejes de la ciudad: Hadú y la Marina, dos claros ejemplos de esa apuesta por mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, modernizar el entorno urbano y hacerlo más accesible, seguro y atractivo. Invertir en estos proyectos es, en definitiva, invertir en el futuro.

Ahora bien, toda actuación de este tipo lleva aparejada una realidad que los vecinos conocen bien: molestias, ruidos, cortes de paso y alteraciones en la rutina diaria. Es el peaje temporal que se paga por un beneficio a largo plazo. Y, en ese sentido, conviene asumir que ninguna transformación urbana se produce sin incomodidades. Lo importante es que esas molestias tengan sentido, que respondan a un proyecto útil y que el resultado final justifique el proceso.

Pero hay un punto clave que no se puede obviar: la ejecución. Tan importante como invertir es cumplir. Cumplir plazos, respetar la planificación y minimizar, en la medida de lo posible, el impacto sobre la ciudadanía.

Las obras no pueden convertirse en procesos indefinidos ni en situaciones que prolonguen innecesariamente las incomodidades. La confianza de los ciudadanos en la gestión pública depende, en gran medida, de esa capacidad para hacer las cosas en tiempo y forma.

Cuando una intervención avanza según lo previsto, como parece ocurrir en este caso, se refuerza la idea de que es posible mejorar la ciudad sin caer en demoras crónicas. Sin embargo, la experiencia demuestra que no siempre es así. Por eso, el mensaje debe ser claro: cada obra debe tener un calendario realista y, sobre todo, cumplirse.

El objetivo final de cualquier actuación urbana debe ser restablecer cuanto antes la normalidad, pero con un valor añadido: un espacio mejor que el anterior. Más accesible, más seguro y más amable para quienes lo utilizan a diario. Esa es la verdadera medida del éxito.

En definitiva, invertir en la ciudad está bien. Es necesario y deseable. Y esa inversión debe ir acompañada de rigor, planificación y compromiso. Porque los ciudadanos pueden entender las molestias si ven avances, pero difícilmente aceptarán retrasos injustificados o proyectos que se eternizan.

Mejorar la vida de las personas pasa no solo por construir, sino por cumplir.

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