Ayer pasaba la frontera de vuelta a Ceuta, y estuve unas cinco horas aproximadamente, esperando para sellar mi pasaporte, y el registro correspondiente del cuerpo de control de fronteras marroquí. Mucho calor, y los ánimos encrespados, ante tanta lentitud en el trabajo de vigilancia de vehículos. Volvía de pasar unos días en mi casita de Beliones, al frescor de la montaña, y manteniendo la visión del paisaje de mar y monte en mi corazón, estaba contento y satisfecho, de unos días de vacaciones en la compañía de mi querida novia Cristina. Ella pasó a pie, todos estos días, pues trabaja esta semana, y estuve llevándola muy temprano, y recogiéndola cuando salía de sus ocupaciones laborales.
La mañana del jueves, ya de vuelta a Ceuta, amaneció muy distinta, el bullicio en la frontera se mascaba en el aire, y la policía estaba más nerviosa de lo habitual. Dejé a Cristina y seguí en la cola de los coches, el panorama que tenía a la derecha era bastante inquietante y amenazador: muchas personas preocupadas y con las caras de tristeza, otras corrían de un lado para el otro, curioseando a través de la valla, algo estaba sucediendo en la costa.
Luego, vi salir los primeros autocares del recinto fronterizo, cargados con los jóvenes que intentaron cruzar, y fueron interceptados por la policía, las escenas fueron más dramáticas porque las personas congregadas, querían saber si entre ellos estaban sus hijos e hijas, hermanos o hermanas, sus familiares y allegados en general.
Entonces, entendí que se estaba produciendo un intento de entrada masiva ilegal en Ceuta, pero no imaginaba lo que estaba sucediendo, hasta que no llegué a la zona fronteriza española.
Entonces la escena fue dantesca y patética: cientos y cientos de personas cruzando la carretera de la frontera, subiendo las escaleras hacia el polígono del Tarajal, mientras otros escapaban del control policial, subían hacia el barrio del Príncipe escalando literalmente los taludes, aprovechando las defensas metálicas para evitar desprendimientos.
Parecían personas desesperadas, que entraban por motivos de grave importancia, pues arriesgaban sus vidas por atravesar una frontera de forma ilegal.
Al verlas más tarde por la calle, pronto me percaté que no era así, la mayoría no sabía lo que estaban haciendo, y solo tenían una vana ilusión, inculcada por muchas horas de conexión a internet, y posiblemente también, debido a las alimañas calculadoras que solo perseguían conseguir su dinero, alentándolos a abandonar su propio país por un supuesto dorado europeo.
El contraste vivido no pudo ser más extremo, cinco horas duró mi estancia en el recinto aduanero en total, cuatro largas en el marroquí. Allí todo era parsimonia y control policial, sin altercados significativos, a pesar de lo pesado y lento de los trámites de los “duani”.
Sonaban de vez en cuando las bocinas de los coches, algunos corrillos criticando la inacción y falta de eficiencia en el trabajo, y poco más. Todo era habitual, menos las primeras escenas vividas al principio de la mañana.
Estuve todas esas horas, subiendo y bajando de mi coche con mi perro, sumergido en un mundo normalizado, a la vez que fuera de esos muros, sin que lo supiera, el caos se extendía por Ceuta de forma constante e inexorable.
Nos podemos hacer muchas preguntas, pero estos fenómenos, siendo difíciles de explicar, tienen un denominador común, que es la miseria y el autoengaño de muchas personas, en este caso las marroquíes.
En las ciudades de Marruecos, se concentra mucha población con escasa formación, y acceso a la información a través de los móviles, una mala combinación. Se crean falsas expectativas, e incluso se generan unos mitos absurdos, alrededor del supuesto dorado de Ceuta y Europa en general.
Se van animando unos a otros, y forman grupos compactos que se desplazan por diversos motivos. Pocos con una convicción clara de buscar trabajo y progresar en la vida.
Muchos de los que han pasado tienen un perfil de desocupados, y abandonados a su suerte, en las calles y barrios de las ciudades marroquíes.
Algunos incluso han venido con el afán de aventura y para poder conocer Ceuta, algo que sería inimaginable en su vida, si no lo hacen de forma irregular y fraudulenta.
Una especie de turismo de adrenalina, que una vez pasado el primer ardor, se queda en decepción y en ganas de volver, al hogar para tener acceso a una cama y a la comida que le preparan en casa.
Los que no tienen nada, ni lugar al que volver, y poder ayudar a sus familias desde el extranjero, esos son los que quieren quedarse a toda costa, para intentar conseguir un futuro mejor.
Obviamente, Ceuta ha sufrido una auténtica invasión injustificada de marroquíes, y se ha puesto en peligro grave la convivencia, y la seguridad pública y sanitaria.
Las razones políticas todos las conocemos, no necesitan más aclaración. Pero las responsabilidades del gobierno de España son claras e insoslayables.
Un estado nación se identifica por la inviolabilidad de sus fronteras, y para ello, el gobierno debe asegurar que esto sea así, utilizado los medios necesarios para conseguirlo.
El perímetro fronterizo está bien protegido, y la colaboración entre Marruecos y España funciona en general. Solo tiene el punto débil del espigón del Tarajal, que apenas se adentra en el mar, este es el talón de Aquiles que deben reforzar.
Así, de manera disuasoria, se evitarían estos problemas, el espigón debería alargarse de manera considerable y prepararse para estas cuestiones fronterizas.
Disuadir es el mejor sistema para proteger las fronteras, y no tener que usar la fuerza, para terminar de evacuar a esta población flotante que ha entrado de manera ilegal.

España ha hecho el ridículo, por no tener sus fronteras bien protegidas en el mar, y la imagen de Ceuta, una vez más, queda fuertemente dañada.
De nada sirve, que el presidente del gobierno y el ministro del interior vengan a Ceuta, lo cual es de agradecer, si no van a poner los medios necesarios, para frenar estas avalanchas ilegales, de una vez por todas.
La sentencia judicial del tribunal supremo, insta a que se devuelvan a las personas “en caliente”, pero sin infringir las leyes.
La solución de las boyas no es suficiente, y no contendrá avalanchas de esta categoría. Solo obtendrá el beneplácito judicial para devolverlos, eso no es pensar en los ciudadanos de Ceuta.
No merecemos este trato por parte del gobierno de la Nación.
El recrecimiento del espigón será más costoso, pero mucho más eficaz.
Si no lo hacen, todo se repetirá próximamente como ha sucedió ahora, y estaremos a merced de las mafias de tráfico de personas, y de intereses políticos.
El gobierno de la ciudad tampoco tiene nada de lo que presumir, más bien podría hacer un profundo acto de contrición política, por su inacción en todo lo sucedido.
El estilo pusilánime de la ciudad autónoma ante el gobierno central, explica también lo sucedido, al igual que la falta de actitud de los cargos en el parlamento y en el senado.
Las cosas no mejoran con los gobiernos del mismo color en Madrid y en la ciudad, empeoran.
Más preocuparse de lo que puede acontecer en cualquier momento, y menos atolondramiento con el electoralismo triunfalista que se gasta en Ceuta.
La actitud irresponsable de los gobiernos, unido a la fiebre imparable de los que se consideran desheredados económicos, está provocando mucho dolor y miedo.
Se han recuperado muchos cuerpos sin vida del mar, y la gran tragedia se tiñe de muerte una vez más en el Tarajal.
Si el gobierno de España, no atiende sus fronteras, se fomentan indirectamente fenómenos de fanatismo y agresión.
Salir con banderas españolas buscando gresca, no es la solución sino parte del problema.
Las personas con baja formación académica y cultural, son fácilmente manipulables, y rápidamente forman grupos para realizar algaradas y dar salida a sus frustraciones.
Y esto por desgracia pasa a los dos lados de la frontera, especialmente en Marruecos.
Las crisis no deben paralizar nuestras mentes, más bien fomenta una respuesta de unidad y solidaridad, la ignorancia trae miseria y desasosiego.
La información veraz hay que buscarla, y debemos pasar de las opiniones a los hechos, para no fomentar la desinformación y el fanatismo.
No nos dejemos llevar por las informaciones sesgadas e interesadas, sigamos los buenos medios de comunicación que ofrecen información veraz, y obtengamos algo de criterio.
Vivimos en África, y eso tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes, acerquémonos a estas personas para conocer sus inquietudes e intereses, las hay de muchos tipos y condiciones, podemos aprender de ellas, y conocer mejor la verdadera realidad que nos rodea, vivir al margen nos empequeñece.
Europa es una sociedad construida en el cristianismo, y hay muchos, que solo lo defienden, como un hecho cultural, sin ninguna obligación moral o espiritual.
Los momentos de crisis, son para crecer y comprender, nada mejor que dejar las protestas y las discusiones al margen, siendo solidarios y corresponsables con el lugar en el que se habita.
Los fanatismos solo traen muerte: sigamos el ejemplo de Jesús, seamos sagaces como serpientes y sencillos como palomas.
Esto no quiere decir que nos comportemos ingenuamente, pero tampoco sin humanidad, como algunas escenas, que he tenido que presenciar, durante toda esta mañana en mi querida Ceuta.






