Este próximo octubre, el día veinticinco, hará treinta y cinco años que se suscribieron los Pactos de la Moncloa entre los partidos políticos de oposición, los agentes sociales, el partido que sustentaba al Gobierno y, en representación de éste, el Presidente Adolfo Suárez. De aquellos acuerdos se descolgaron el sindicato anarquista CNT y de sus contenidos políticos, no así de los económicos, el partido Alianza Popular, al frente del que destacaba como dirigente el que fue Ministro de Información y Turismo, Vicepresidente del Gobierno y Ministro de Gobernación de distintos gabinetes de la dictadura franquista, Manuel Fraga.
Los pactos fueron propuestos en la coyuntura de transición política, con un Gobierno sin mayoría absoluta del partido de Adolfo Suárez, Unión de Centro Democrático. Previamente, Suárez había sondeado a los partidos principales de la oposición, el PSOE y el PCE, para establecer un pacto de estabilidad que favoreciese la transición democrática y la situación económica. Al tiempo, el ministro de Economía del Gobierno se reunía con los sindicatos y la patronal para atemperar las luchas sindicales en el seno de las empresas y garantizar una menor conflictividad social. Varios factores incidían negativamente en la recuperación económica que era bastante desafortunada, porque la crisis del petróleo había afectado, aunque algo más tarde que a otros países, al nuestro, que padecía niveles de inflación muy altos (superior al 40 % sólo a mitad del año 1977) y un paro excesivo que se incrementó con el retorno de bastantes emigrantes. Por otra parte, como decíamos, el ambiente de conflicto laboral y social no favorecían la confianza y sí los rumores de fugas de capital.
Al final, el esfuerzo negociador dio sus frutos y con un consenso bastante amplio que incluía también a los partidos periféricos, los Pactos de la Moncloa fueron firmados.
No es la primera vez, por tanto, que los partidos democráticos se someten al esfuerzo de la negociación para plantar cara a una situación delicada. En aquellos años se renacía a la democracia, después de un largo período de dictadura que siguió a nuestra Guerra Civil, con la carga añadida de una coyuntura económica que golpeaba fuertemente a la inversión, que ponía en riesgo al sistema de cambio nacional, un paro terrible y unos elevados precios del petróleo. A esto se añadía el conflicto social y laboral de unos años que podemos considerar grises como el plomo.
La situación actual no es la misma que en aquel entonces, pues estamos en la UE, la economía es la de un país desarrollado y España participa en instituciones internacionales, proyectando su influencia más allá del continente. Sin embargo, es lo suficientemente crítica como para que los partidos políticos se sintiesen llamados a recuperar aquel espíritu de negociación y llevar la antorcha del interés común y el superior de la Nación en acción conjunta y en la misma dirección. Se trataría de establecer un programa que involucrara a todos los ciudadanos y organizaciones políticas, sociales, económicas, sindicales y patronales, que aunara y dirigiera el esfuerzo común para superar esta fase de aguda y peligrosa crisis. Es responsabilidad política de los partidos que copan mayoritariamente los escaños de las Cámaras abrir conversaciones, despojados de cualquier sesgo ideológico, para diseñar las grandes vías de actuación que necesita nuestro país, a fin de orientar a las demás organizaciones y, posteriormente, presentar un programa de actuaciones a debatir y aprobar en Cortes. Esta empresa es de carácter urgente y ello obliga a las organizaciones políticas a un plus de responsabilidad y de generosidad que, sin duda, será beneficioso para el conjunto de la ciudadanía y de los territorios. Es necesario que la necesidad de este gran proyecto tenga el respaldo cómplice de nuestras gentes, al objeto de involucrar a la sociedad en su conjunto para, no solamente salir de la situación de profunda crisis en la que nos hallamos, sino además para concienciar acerca de las futuras necesidades que se plantearán al país después de la superación de la misma, porque superar esta coyuntura implicará elegir objetivos, métodos y caminos que devuelvan la ilusión a la ciudadanía y la confianza en sus instituciones representativas. Es el momento de preguntarnos, parafraseando al presidente John F. Kennedy, qué podemos y debemos hacer por nuestro país, en vez de esperar pasivamente a ver qué hace por nosotros.
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