La difusión de determinadas fotografías puede quedarse en lo inoportuno porque no se haya elegido el momento más propicio para hacerlo. Otras veces termina constituyendo una buena metedura de pata ante la ciudadanía. Y en este caso sus consecuencias sí que son mayores. Es lo que ha sucedido esta semana cuando al Gobierno le ha dado por distribuir la imagen de las banderas azules otorgadas a la Ribera y el Chorrillo. Se ha hecho en el peor verano para Ceuta por la imagen que está dando de sus playas, imagen precedida de decisiones erráticas y de falta en la realización de trabajos a su debido tiempo. Se ha terminado por producir la tormenta perfecta para que en uno de los inicios del inminente verano con más calor, acudir a la playa sea una auténtica odisea. Y no solo es la popular (no) arena de la Ribera, sino la falta de infraestructuras, de mobiliario adecuado y de los medios de los que debieran disfrutar los bañistas a su debido tiempo.
No se ha podido meter más la pata se mire por donde se mire, se den las explicaciones que se quieran dar, se lancen pelotas de un tejado a otro de la administración. El resultado es que a la playa no se puede ir. En esto la práctica mayoría está de acuerdo, luego quedan los que siguen conformándose con el papel de regalo de la mentira política para negar la realidad.
En ese marco no ha habido mayor/mejor ocurrencia que posar con las banderas azules, generándose la oportuna y acertada crítica ciudadana que se siente objeto de burla. Difícil es sacarle una buena interpretación al gol endosado. Ni los mejores asesores son capaces de arreglar el impacto. Mucho menos las columnas de opinión por encargo que acostumbra a ordenar el Gobierno cuando ve la cosa fea. No. Eso tampoco lo arregla a pesar de su difusión masiva por todos los canales existentes.
Si errónea fue la imagen de las banderas azules al mismo nivel se ha situado la del banco pintado con los colores del arcoíris para mostrar al ciudadano la importancia de la tolerancia con motivo del Día Internacional del Orgullo LGTBI. No pudieron encontrar banco más perdido que uno en San Amaro, ubicado además frente al castillo habitado por okupas que la propia Ciudad prometió rehabilitar y al que los ciudadanos no pueden siquiera acercarse. Así, la institución municipal difunde el apoyo a una causa que se merece mucho más. No es siquiera un gesto, más bien parece fruto de la ocurrencia que a toda prisa alguien tuvo para cumplir y pretender quedar bien.
Un banco en mitad del camino, frente a la simbología del abandono patrimonial que se estila en esta tierra es, sin duda, lo más acertado.






