Categorías: Opinión

¿Fiesta? ¿Cuál fiesta?

La llamada de los ciudadanos a las urnas se suele denominar, eso sí, con entusiasmo como la ‘fiesta de la democracia’. Nada más lejos de la realidad. Los términos ‘democracia’ y ‘elecciones’ en modo alguno son sinónimos. Ejemplos ha habido y los hay en los que el ciudadano ‘vota’, pero el sistema político en que lo hace no se puede llamar, en puridad, ‘democracia’. Podemos recordar las ‘democracias populares’ de los países comunistas, la actual República China, Marruecos, en fin, no es difícil traer aquí a cualesquiera otros regímenes en los que el ciudadano vota pero el sistema político en que eso sucede no es una democracia tal y como la conocemos en Europa.
La consecuencia que se sigue es que en esos países votar no es una fiesta. Es un acto mecánico, el de introducir una papeleta, pero falta el ingrediente principal de toda democracia: la libertad, de expresión, de opinión y otras. La libertad es algo consustancial con la naturaleza humana. Sentirse libres, respirar libertad, ser libre, como dice Sagardoy Bengoechea, es quizá la mayor gloria del ser humano. A este respecto podríamos traer aquí un lugar que a los españoles nos coge muy de cerca: el País Vasco. Es un ejemplo palmario de que votar no es la ‘fiesta de la democracia’. Al menos allí no lo es. En las Vascongadas existe, por tanto, un déficit democrático. Es más, los que votan por candidaturas que no sean ‘abertzales’ o, en todo caso, nacionalistas no se atreven a decir alto y claro a quienes han favorecido con sus papeletas. Hay alcaldes populares que han de vivir fuera del pueblo en donde ejercen sus funciones. ¿Fiesta de la democracia?  Ni soñarlo. No deja de ser cierto que con nuestro voto tenemos el poder de elegir a quienes organizarán la vida política y dictarán las leyes vía Parlamento. Pero, como sigue diciendo Sagardoy, la distancia, a veces, entre lo que hemos votado y lo que luego hacen aquellos a los que hemos votado es enorme, por desgracia.
Quizá podríamos hablar de un déficit de espacios de libertad. Reservas mentales, ataduras y “mandatos imperativos”, y, lo que quizá más daña al ejercicio de la libertad: la tiranía del lenguaje políticamente correcto, puesto que es el lenguaje lo que condiciona la manera de pensar, como acertadamente nos lo hace notar Alfonso Lazo. Así, de este modo, el espacio en el que pudiéramos sentirnos  libres “podría ser cada vez más íntimo y menos operativo”.
En las sociedades multiheterogéneas, multirraciales y de pluralidad religiosa, el ciudadano ha de cogérsela con papel de fumar cuando se trata de opinar sobre ciertos aspectos. Ejemplo de ello es cuando recientemente el presentador de un programa matutino en Radio Nacional le preguntó a la autora de un libro si no temía que la tildaran de islamófoba, de atacar al islam, por el contenido de su novela. Ella, cogida desprevenida,  se defendió como pudo arguyendo que la había dado a leer a musulmanes y estaban de acuerdo con el texto. Presumo que si la novela hubiera tratado de ciertos aspectos del cristianismo, de la Iglesia, del Papa, o de curas pederastas, el pudoroso presentador no le habría preguntado si temía la reacción de los cristianos. A este respecto podríamos hacer referencia a los inmigrantes, a los homosexuales, a los negros, a la violencia de género, a las prostitutas y así hasta el infinito.
Un caso particular es el tratamiento que la sociedad da al fenómeno de la inmigración. Aquel que ande por senderos de libertad evitando el trillado lenguaje políticamente correcto para referirse a los inmigrantes que acceden ilegalmente a las sociedades abiertas occidentales, con seguridad se atraerá las iras de todos los bienpensantes que han elevado el fenómeno de la inmigración a la categoría de ‘tabú’. Será despellejado, vilipendiado, escarnecido, insultado hasta lo impensable hasta acabar arrojado a las tinieblas que la sociedad ha reservado para esos osados que se han arriesgado hacer uso de la libertad que el sistema concede a los ciudadanos. Pensamiento único, he ahí la senda que se ha de transitar. El corolario de lo que venimos escribiendo podría ser que ciertas ideas son recibidas, no sólo con escepticismo, sino con un claro rechazo, como a menudo sucede con las que van contra las corrientes de pensamientos establecidas. Libertad.
Esa es la verdadera fiesta.

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