Mire usted por dónde no andaba yo muy equivocada cuando hace unos meses me afanaba en discutir, por supuesto respetando las opiniones que me eran contrarias, de que tantas medidas de austeridad no iban a sacarnos de este pozo en el que la crisis nos ha metido a los españoles. Algo tuve que aprender en mis años universitarios. Muchos libros de Economía leídos y estudiados, que al menos dan la posibilidad de interpretar bajo una perspectiva personal, que evidentemente no deja de ser verdadera o por el contrario completamente errónea, pero al fin y al cabo un punto de vista como cualquier otro.
Si no recuerdo mal, fue sobre julio del año pasado, en una de esas redes sociales que la mayoría de nosotros frecuentamos, cuando expresé de forma apasionada que siete meses de recortes no eran la solución. Y de hecho pasados los meses, en concreto casi un año después, los mercados internacionales siguen sin fiarse de España por muchos recortes que se apliquen, unos tras otros; y las comunidades autónomas continúan pidiendo ayudas desesperadamente porque se ahogan. Nunca apoyé, más bien critiqué, que la subida del IRPF y del IVA al mismo tiempo fuera la solución, y además agravada con la reducción de los sueldos y la desaparición de la paga extraordinaria de Navidad, algo bastante negativo y que asfixió a no pocas pequeñas y medianas empresas que no pudieron remontar la cuesta de enero, cerrando sus comercios. Un capitalismo recortado, que así es como lo he llamado, es bastante difícil de defender, sostener y de sacar adelante.
La respuesta para salir de esta crisis que inunda España de desempleados, desahuciados, políticos corruptos y todo un conflicto de valores que comienzan a aflorar justo en momentos de vacas flacas, no se encuentra en la austeridad ni en los recortes continuos en todos los ámbitos de nuestra sociedad del bienestar, pasa más bien por sacar dinero y ponerlo en circulación, no quitándolo. De hecho, las graves crisis capitalistas del siglo XX fueron atajadas con inyección y circulación de capitales. Evidentemente no soy una experta en temas macroeconómicos, más bien una simple lectora amante de ellos, pero sí tengo un criterio propio del grave problema: la bajada de sueldos provoca la disminución del consumo, a menor consumo menor inversión, lo que a su vez provoca despidos y más despidos, las empresas se asfixian y cierran.
Y hete aquí ¡qué sorpresa! Resulta que el 4 de junio de este año, como artículo en el decano de nuestra ciudad, me encuentro con una noticia muy reveladora y apasionante a la vez, que no me ha dejado indiferente. “Premios Nobel de Economía creen que España debe empezar reduciendo el paro, no el déficit”. Algo así, como el “obsesionarse en reducir el déficit provoca recortar el gasto público, lo que impedirá que se cree empleo”. Han expresado opiniones muy concretas y contrarias a las actuaciones llevadas hasta ahora por el Gobierno español y la Eurozona, y recordando que actuar sobre el hecho de reducir el déficit es un error. Y esto lo dicen personas expertas y muy conocedoras de sus profesiones; saben de lo que hablan.
Recomiendan innovación, fomentar el autoempleo e incentivar a los emprendedores, y nunca recortar en I+D porque perderemos a nuestros jóvenes más brillantes. Vamos, que unos expertos en Economía Aplicada y Macroeconomía han acabado dándome la razón, salvando las distancias, por supuesto.
Sigo pensando que lo importante es estimular el crecimiento porque ayudará a bajar los índices de paro. Ni el sector bancario y su saneamiento (causantes en su mayor parte de esta grave crisis que nos afecta, que encima han sido rescatados por la UE y seremos todos los españoles los que paguemos esa deuda), ni la reducción del déficit público nos dará un plato de comida al día ni impedirá que haya familias (con niños y ancianos) que no tengan un techo bajo el que cobijarse. ¡Señores, un poco de por favor!
O los políticos toman conciencia de tal estado de las cosas, o llegará el momento en que se vean superados por los acontecimientos; porque, para que los ciudadanos les respeten, también ellos deben respetar a los ciudadanos. Cuando los políticos juegan con el pan de las familias el pueblo entiende que la clase política es su principal problema; y en ese punto tan crítico es el que se encuentran nuestro país y los españoles.






