Uno de los rasgos distintivos de nuestra época es el estrechamiento de las dimensiones espacial y temporal. Nuestra vida suele estar limitada al ir y venir de la casa al trabajo y de este último de nuevo a la casa. Lo mismo ocurre con el tiempo. Nos levantamos pensando en lo que tenemos que hacer ese día y, como mucho, en nuestra agenda semanal. Para ensachar ambas dimensiones conviene buscar un sitio elevado en el que podamos captar una visión más amplia del lugar en el que vivimos y aprovechar la ocasión para reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro. Es conocida en la escritura de la naturaleza y en la historia del arte la ascensión al Mont Ventoux o Monte Ventoso de Petrarca.
El Mont Ventoux está situado en los Alpes provenzales y alcanza los 1.912 metros de altitud. Fue Jacob Burchardt, en su obra “La cultura del Renacimiento en Italia” (1860), quien estableció el ascenso al Monte Ventoux por Petrarca como el inicio de la actitud moderna ante el paisaje. En la mencionada obra comentaba que “los italianos son los primeros entre los modernos que han percibido el paisaje como un objeto más o menos bello y han encontrado un goce en su contemplación”. Petrarca, según Burchardt, fue el primero que ascendió a un monte para disfrutar del paisaje. En palabras del propio estudioso del renacimiento italiano, “el goce de la naturaleza fue para él la más anhelada compañía de toda labor intelectual”. Lo que buscaba es la emoción más profunda y honda. Esta actitud de escalar una montaña sin una utilidad práctica era algo completamente anómalo en los tiempos de Petrarca.
No hace falta escalar una montaña de dos mil metros de altitud para experimentar una agradable sensación de bienestar y sentir una gran emoción que nos eleva, ya no tanto en el plano geográfico, sino en el espiritual. Uno puede experimentar sensaciones y emociones similares desde la cúspide del Monte Hacho, el mirador de Isabel II o el monte de la Tortuga. Desde estos lugares uno puede atisbar, en su totalidad y amplitud, el paisaje sagrado y mítico del Estrecho de Gibraltar. En estos instantes la geografía física y la del alma se solapan mostrando una imagen unitaria. Todo cobra un sentido trascendente y simbólico. Empiezas a moverte en el plano imaginal donde nada es lo que parece.
Al igual que la contemplación del paisaje desde una posición elevada cambia la percepción del espacio, algo similar ocurre con la dimensión temporal. El mitólogo Mircea Eliade contrapuso el tiempo profano (lineal e irreversible), al tiempo sagrado vinculado a la experiencia religiosa y que es posible reactualizar a partir de determinados rituales mediante los cuales accedemos al eterno presente. En realidad el presente contiene tanto el pasado como el futuro, aunque no seamos conscientes de ello. A los historiadores, escribió Collingwood, nos corresponde hacer presente el pasado inconsciente. La inercia del pasado es mucho más fuerte de lo que creemos, tanto en el plano individual, como en el colectivo. Cambiar la deriva del tiempo es muy difícil. Los cambios drásticos en la dirección de una embarcación suelen terminar con el timón roto y el barco a merced del viento y de las olas.
En el análisis del pasado podemos incurrir en multitud de errores. El más común es considerar el pasado como algo superado, que nada puede aportarnos a una sociedad en el que los avances científicos y tecnológicos superan nuestra capacidad de asimilación y control. Tal es así que el filósofo Günther Anders concluyó que desde la Segunda Revolución entramos en una nueva fase de la historia de la humanidad caracterizada por “la obsolescencia del hombre”, título de su obra más conocida. No es casual que los subtítulos de esta obra sean “Sobre el alma en la Segunda Revolución Industrial” (tomo 1) y “La destrucción de la vida en la era de la Tercera Revolución Industrial” (tomo 2). El orden de acontecimientos marcados por G.Anders no es casual. A la disolución del alma humana y la del mundo le sigue, sin remedio, la aniquilación de la vida. El mundo, en estos doscientos últimos años, se ha visto invadido por “desalmados”. El hueco dejado por el alma ha provocado una auténtica epidemia psíquica colectiva responsable del auge de los totalitarismos, las dos guerras mundiales y el desarrollo del armamento nuclear utilizado por primera vez en un conflicto armado hace justo ochenta años. El lanzamiento de las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki enfrentó al ser humano ante la posibilidad de la autodestrucción de la humanidad y de la vida en la tierra. Esta amenaza siempre nos va a acompañar incrementando la ansiedad colectiva y cuestionando la propia supervivencia del ser humano.
El futuro es una dimensión cada vez más incierta, lo que en parte explica que la mayoría social haya caído en el presentismo y el hedonismo en su versión más pervertida. ¿Para qué preocuparse en demasía del futuro si la vida está continuamente en peligro de extinguirse debido a la estupidez humana? ¿Qué valor le damos a una existencia sin trascendencia espiritual? ¿Qué es un ser humano sin alma? Realmente no creo que el alma haya desaparecido. Sigue en todos nosotros, pero abundan quienes la tienen condenada a la inanición, arrinconada y en estado raquítico. El alma necesita ser nutrida y alimentada para que adquiera vigor.
Pienso que se da una relación inversa entre la extensión de la que Waldo Frank llamó la cultura del confort y la desatención del alma humana. Resulta innegable que vivimos más y de manera más cómoda, al menos en los llamados países del primer mundo. La vida se ha extendido en el plano horizontal, pero se ha ido estrechando en el vertical. Es cierto que, como escribió Petrarca, “la vida que llamamos bienaventurada está en un lugar elevado; es estrecho, según dicen, el camino que lleva a ella”. La frase es suficientemente elocuente. Sin elevación espiritual e intelectual no llegaremos a vivir una vida plena y significativa, pero requiere esfuerzo y dedicación por lo que pocos, en todos los tiempos, han emprendido este camino. La diferencia entre nuestros tiempos y los previos a las revoluciones industriales es que el “homo religiosus” -aquel en el que, siguiendo la definición de Mircea Eliade, vivía en constante relación con lo sagrado- era mayoritario. Ahora se ha impuesto con fuerza el “homo tecnologicus”, aislado de la naturaleza y de su círculo social.
Hubo un tiempo en la historia de Ceuta en la que el “homo religiosus” más elevado ocupó un lugar destacado. En los siglos de la Ceuta medieval islámica nuestra ciudad fue cuna, casa y tumba de santos, sabios y artistas de la más variadas disciplinas. A la belleza de los paisajes que aún perduran, aunque muy alterados por el llamado “progreso”, se unían la de sus palacios, mezquitas, madrasas, baños, bibliotecas, casas, fuentes y jardines. De esta ciudad poco se ha conservado debido al expolio en el pasado y a la renovación urbanística reciente. Gracias a la investigación arqueológica podemos trazar un bosquejo de lo que pudo ser Madinat Sabta, para luego completar la imagen haciendo uso de la imaginación. No obstante, lo que realmente merece la pena reconstruir es el espíritu y atmósfera de aquella Ceuta en la que la ciencia, la cultura y el arte floreció en una primavera eterna.
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