Hay días en los que una llamada te de la alegría que esperabas. Y esa llamada tuvo que venir de Córdoba. Y sirvió para informarnos de que al padre Béjar le habían hecho un homenaje en la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro por su colaboración allí durante décadas. Qué pena que ese mismo homenaje no se le haya dado en Ceuta con todos los honores que merecía por la gran labor que llevó a cabo. Un homenaje que debería haber tenido un apartado específico de crítica hacia todos aquellos que hicieron mil y una barbaridades para intentar doblegar a quien fue un sacerdote dedicado a ayudar al que nada tenía, un sacerdote sin miedo, un sacerdote que atendió a aquellos hombres y mujeres que cruzaban la valla y no sabían qué hacer, que asustados escapaban de las detenciones ilegales, de las devoluciones orquestadas por la clase política y ejecutadas por quienes aceptaban todas las órdenes sin tan siquiera analizarlas. Esa fue la crónica negra de Ceuta, la crónica negra en la que hacía falta gente valiente, gente como el padre Béjar.
Me hizo ilusión verle en esas fotos, verle homenajeado y querido, verle respetado como muchos lo hicimos aquí cuando estuvo ejerciendo su labor de sacerdote en Ceuta.
Muchos cobardes hoy en día no pueden estar orgullosos de su historia, no pueden estar orgullosos de lo que han hecho, de sus maldades, de sus mentiras y maquinaciones. Esas malas personas que luego iban a misa y se creían auténticos cristianos eran y son la personificación de la maldad más pura, eran y son la personificación del odio al inmigrante, eran y son los oscuros personajes que se ocultaban detrás de los cargos para inventar, para buscar medios de comunicación amigos en los que difundir sus mentiras, para contar con la connivencia de otras malas personas para alcanzar sus fines.
Hoy, apreciado padre Béjar, me he sentido orgullosa de ver cómo le han reconocido en Córdoba, cómo se le ha respetado y cómo se le ha homenajeado. Aquí somos muchos los que no le olvidamos, muchos los que reconocemos lo que hizo, la valentía de ser aquel hombre de iglesia que sabía que atender al débil era su misión, que abrió las puertas de la parroquía de África para cobijar al que nada tenía, que no tuvo miedo, que venció a las presiones, y que solo llevó a cabo lo que le mandaba el sacerdocio: ayudar a esos pobres hombres y mujeres asustados. Otros no pueden decir lo mismo, otros fueron ejemplo de lo peor y lo siguen siendo.
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