Cansada de fregar suelos, cuidar niños, preparar coladas y comida para varios, Fátima miró el reloj. Tocaba la hora de dar el adiós a la señora y marchar a su otra casa, al otro lado de la frontera, en donde le esperarían más suelos que fregar, más niños que cuidar (los suyos) y nuevos frentes que atender. Ese ir y venir era diario, ese cruce por el paso de la vergüenza hacía tiempo que se había convertido en algo propio que debía soportar. Han sido tantos años de dejación absoluta, de permisividad de las autoridades, de mirar hacia otro lado... que si los ceutíes nos acostumbramos a ver normal esto, Fátima también lo hace. ¿No se permitió que se construyeran las jaulas?, ¿no se dejó que las masificaciones cedieran a la presión monetaria hasta que murieron dos porteadoras y a más de uno le entró el canguelo por haber permitido lo que nunca debiera?, ¿no se inventaron protocolos para que los peces gordos se cubrieran las espaldas ante los jueces? La frontera es así. Fátima calla y cruza a diario el paso esperando cambios que, hoy por hoy, solo sirven para rellenar páginas periódicos.
Fátima no se mete con nadie. Hace su trabajo, tiene sus papeles, va y viene. En el camino se topa con gente buena pero también con dictadores de pacotilla, soberbios enfundados en trajes oficiales que gustan del arte del pisoteo sobre el de menor condición económica, que no moral. Fátima agarra su bolso, mira el reloj, espera cruzar el paso para ver a sus niños. Pero esa tarde un soberbio amargado decide que ella tiene que pagar. Toca puteo y toca joderle la tarde a la madre de familia, con surcos en la cara y años de soportar lo insoportable. Así que a Fátima le hacen dar mil vueltas hasta que por fin logra cruzar la frontera, cuando se le pone en las pelotas al miniFranco fronterizo cuya máxima preocupación es contar los días que le quedan para dejar Ceuta, comprobar su nómina a final de mes, mandarle wasas a la novia con mensajes de cariño mientras decide qué ponerse para comerse la noche caballa... Eso y reírse de una mujer que mira al cielo y le guiña un ojo al de arriba mientras murmura: “él es el miserable, no yo”. Pues sí Fátima, las historias se escriben así en el paso.
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