No recuerdo la fecha exacta. Ahí me pillan. Era finales de los 90, cuando la inmigración ofrecía los mismos dramas que ahora. Cuando se cometían las mismas tropelías. En nada hemos cambiado en cuanto al respeto a los seres humanos, a nuestros semejantes. Era el preludio de la Nochebuena y una comitiva de la Delegación del Gobierno subió al CETI para ver cómo los subsaharianos cantaban villancicos. Recuerdo que iban vestidos de blanco y que se esforzaron en agradar al virrey de turno. A los pocos meses, recuerdo una de las expulsiones más duras de las que he presenciado en mi vida, cuando decenas de mujeres se desnudaron y agarraron a las rejas del campamento para evitar que la Policía se las llevara. Eran nigerianas y sus crucifijos colgaban al cuello. Blancos. Limpios. Fueron expulsadas como también lo fue un joven que quería ser cura, que se estaba preparando para ello, que acudía a la iglesia de mi apreciado Padre Béjar. Él era uno de aquellos chicos que le cantaba villancicos al delegado de turno. Ellas eran aquellas chicas que habían esperado meses y meses intentando integrarse. Tras el acto organizado para la prensa, la comitiva política se fue a disfrutar de su pavo y de sus polvorones, mientras dejaban en el centro a hombres y mujeres atrapados en unos sueños que nunca se cumplieron.
Ayer, casi 17 años después de esta historia, la prensa fue invitada a asistir al desfile de ropa confeccionada en el taller de costura del CETI. Chicas y chicos del centro posaron como modelos con trajes que ellos mismos han preparado en un taller que los medios de comunicación no hemos podido ver porque el centro del Jaral hace tiempo que fue convertido por el PP en una especie de cuartel. Cerrado a cal y canto, ningún medio de comunicación puede entrar. Ayer, en cambio, sí se nos invitó a que presenciáramos el desfile de unos chicos y chicas fantásticas. Allí estaba otro delegado del Gobierno, en otra fecha distinta, aplaudiendo igual que lo hizo uno de sus predecesores antes de comerse los polvorones de Navidad. Aplaudía Cucurull y sonreía en un ambiente publicitado por la Delegación. Había colores, había sonrisas y había medios, muchos medios (que no se diga). Me acordé entonces del discurso del jefe de la plaza de los Reyes cuando se erigió, en plena casa cuartel, en defensor de la Guardia Civil. Cuando dijo aquello de “tratar de convertir en derecho un asalto masivo es como pretender implantar en nuestro sistema jurídico la ley de la selva”. Me acordé de cuando defendió la entrega a Marruecos de decenas de jóvenes y vio desde las cámaras del COS cómo se estaba llevando a cabo y la respuesta que se daba al otro lado. Me acordé cuando defendió la entrega a Marruecos de un joven que permaneció más de 30 horas en la valla. Me acordé de esas notas de prensa en las que hablan de ASALTO, de esas “entradas hostiles y violentas” que nos ‘vende’ el Partido Popular pero que curiosamente nunca investigan (¿puede haber un delito reconocido en nota de prensa y no perseguido?, ¿cómo se llama eso?). Me acordé de la sangre de muchos expulsados y de muchas más cosas. Pero ayer el delegado aplaudía, sonreía ante el desfile de la inmigración seleccionada. Vaya. Así somos.





