Con ocho meses de vida, Eloy quería sentir el tacto de las sábanas de franela en invierno y en verano. Sus padres comenzaron a notar que tenía conductas extrañas y finalmente diagnosticaron a su hijo mayor el Síndrome de Asperguer, un conjunto de problemas mentales y conductuales que forma parte de los trastornos del espectro autista. El pequeño se divierte con un coche de juguete mientras su madre lo coge en brazos y su padre sostiene al hermano pequeño: Abel. Tiene tres años y ya durante las tomas de leche se quedaba dormido en el pecho de Gema Sesgado. Les mira con dulzura y reconoce junto a su marido, Francisco Javier Mateo, que es duro cuando les dijeron que también el pequeño tenía un Trastorno de Hiperactividad, pero que siempre han intentado salir adelante y las alegrías suplen cualquier dificultad que se interponga en el camino de la educación de sus hijos.
Pero hay situaciones que les duelen y la que les ha sucedido este mes ha sido una de ellas. Explican que acudieron a la piscina para apuntarles y que matricularon a ambos tres días a la semana. “Es muy bueno para ellos y ya acudían con la Asociación de Autismo pero era una vez por semana y preferíamos que fueran más seguido”. Aseguran que en el ICD admitieron la matrícula y el pago sin ningún problema pero el día uno, cuando los niños ya estaban correctamente vestidos al salir del vestuario se les dijo que no podían acudir. “Los niños se pusieron a llorar y yo pedí que me dijeran las razones. Posteriormente presenté una queja pero la verdad que siguen sin resolver el problema”, se lamenta Gema que no duda de que “esto es una discriminación hacia mis hijos y eso no se puede permitir”.
Siempre han tenido el apoyo de la Asociación de Autismo y nunca les había pasado nada parecido salvo en una empresa privada donde acudían los niños a jugar y decidieron no admitirlos más porque requerían mucha atención.
Los padres aseguran quesimplemente hay que repetirles las cosas cuatro veces y no dos y hay que ser pacientes. “Por lo demás son niños muy cariñosos que no merecen pasar por esto simplemente por ser diferentes”. Eloy acude cada día al colegio San Antonio y su hermano pequeño al Valle Inclán. Están contentos y son felices. “Pero por alguna razón que no conocemos y por eso hablamos de discriminación, no pueden ir a la piscina”, lamentan sus padres.






