Opinión

Heroicidad y villanía en el africanismo español

  • Un nuevo texto de José María Campos

Con la técnica de narrar, agrupando secuencias, en cierto modo independientes, pero hilvanadas con el mismo hilo, es decir, lo que en las letras clásicas se conoce como estructura a cuadros, José María Campos añade a su ya reconocida labor investigadora, otro texto, colección de dieciocho episodios, sobre un tema que, no hay duda, conoce y hasta le apasiona: las relaciones entre España y Marruecos, en un pasado que podemos encontrar casi a la vuelta de la esquina. Con Héroes y Villanos, el autor demuestra, una vez más, moverse con soltura en los años del Protectorado, escudriñando bibliotecas y hemerotecas, llevado por la intencionalidad de desvelar el oscurantismo que aún poseen los archivos castrenses, casi impenetrables hasta hoy y, en algunos, reservándose todavía el derecho de admisión. Por suerte, Campos logra saltar barreras, con o sin “concertinas”, desenterrando nombres, esclareciendo sucesos que parecían condenados a permanecer en el silencio más absoluto.

Héroes y Villanos, es el título de un conjunto de artículos, agrupados en la morfología de libro, editado por la empresa Almed, de Granada, e ilustrada con reproducciones de cuadros y viñetas de Mariano Bertuchi, el pintor que también quiso mostrar desde los diferentes dominios artísticos, la geografía del norte africano, que Campos recorre con frecuencia y que en el siglo pasado, españoles y marroquíes convirtieron en escenario de campos de batallas. En ellos quedarían endiosados, por ambas partes, una serie de personajes que, paradójicamente, apenas despiertan interés en generaciones nuevas o que sólo se asoman al ciudadano en esos azulejos que dan sus nombres al callejero de nuestros pueblos. Pocos, bien pocos, son los que han mantenido sus rangos de semidioses y, como tales, tomados como referentes heróicos; incluidos los que simbolizan rebeldía en la etnia rifeña, Abdelkrim, Raisuni, El Rogui, tildados, a veces, como descendientes de Satanás, en especial por muchas familias que se quedaron a la espera de ver el regreso de cientos de soldados, para quienes bajarse a la morería, fue otra manera de ordenarles que descendieran a los infiernos. Los expoliados y destruidos cementerios, esparcidos por el norte de Marruecos, dan testimonio de aquellos combates, planteados con estrategias confusas, sin coordinación entre los mandos y que llevaron , entre otras motivaciones, a deserciones en las tropas españolas, incluidas las de algunos de sus jefes. Mas, como siempre acontece, todo pasó al olvido, tras las firmas de paces y tratados. Y al olvido, también, esas tumbas donde crecen matojos, yerbajos y que todos los gobiernos de nuestro país han persistido en el abandono más denigrante. En el libro de José María Campos se hace literatura de esta especie de tristeza maligna, que la guerra africana y sus derrotas esparcieron por toda la nación, de ahí que sea más que loable esa minuciosidad, dentro de la brevedad de los contenidos, con que el escritor ha expuesto aquellos factores que la engendraron.

Imposible, ni siquiera aproximarse, a la excelente valoración que de Héroes y Villanos ha realizado Adolfo Hernández; reseña que publicó en fechas recientes en este mismo periódico. Baste destacar que sus comentarios resultan imprescindibles adjuntarlos, a la manera de addenda epigonal, al texto de Campos. No porque Héroes y Villanos sea preciso de glosa, ni mucho menos (su fácil lectura demuestra un magnífico ejercicio de instrumentación del lenguaje), sino porque los comentarios escritos por Hernández, bien pudieran convertirse en una excelente guía de lo que debe ser sincronización entre crítico e historiador.

Y concluyo: Annual, la casi mítica batalla, es el auténtico meollo del libro. A mi me lo parece. Allí se enfrentaron héroes y villanos, de uno y otro lado. Hasta ese lugar ha acudido José María Campos con otros acompañantes, en una peregrinación que calificaría de iniciática, convirtiéndose esos capítulos en un pequeño libro de viaje, que ayuda a revivir, in situ, una de las tragedias que más conmoción produjo entre los españoles. Fue cuando el “africanismo” y el “noventayochismo” que le había precedido, se empezaron a ver como síntomas de otra decadencia, de cuyo naufragio sólo la cultura pudo salvarse. En Annual el militarismo español en Africa sucumbió, pese a que más algo tarde, reaparecería con ínfulas de salvadores de la patria y hasta con el cinismo de creérselo. La guerra de África fue escuela para ascensos arbitrarios, búsqueda de medalleros y laureadas, así como de comportamientos deshonrosos de aquellos individuos que intentaron lo imposible por no enfrentarse a Consejos de Guerra, pero que, al final, tuvieron que hacerlo. Lástima que por salvaguardar el honor de ese Ejército, las causas fueron sobreseídas y selladas con un lacre que flaco favor hizo a una política calificada de nefasta. Lo demostró la inmediata dictadura del General Primo de Rivera, la que se quiso justificar como una manera de sostener a la monarquía borbónica y ni siquiera pudo lograrlo. Años más tarde el Norte de Africa volverá a ser teatrillo de nuevas historietas, pero los parámetros que las explican son otros, De lo que no me cabe la menor duda es que sólo José María Campos se halla en las mejores condiciones para intentarlo.

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