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Hernández Lafuente, politólogo: "Una cosa es la desafección a una clase política y otra la desafección al sistema"

Ha publicado junto con Consuelo Laiz el libro ‘Atlas de elecciones y partidos políticos en España (1977-2016)’ y afirma que nuestra ley electoral está internacionalmente reconocida

El ceutí Adolfo Hernández Lafuente ha publicado junto con Consuelo Laiz Castro el ‘Atlas de elecciones y partidos políticos en España (1977-2016). Un libro que ya se encuentra en todas las librerías españolas y que como nos reconoce su propio autor, no solamente pretende ser un compendio de datos y comentarios sobre la realidad política española en estos cuarenta años, sino que también han pretendido que sirva para que la población en general tenga un mayor conocimiento de los 40 años de mayor progresismo, riqueza y libertad de la historia de España.

Ha sido un trabajo prolijo.

No solamente por la abundancia de datos que se han tenido que manejar, sino porque la precisión es muy necesaria. Hemos repasado un período de nuestra historia que, en esos momentos, estaba finalizando, porque 2016 se veía como el cierre de un ciclo que comenzó con la transición democrática.

¿Qué conclusiones se pueden obtener entre las diferencias de las elecciones de los años 1977 o 1979 a las que tenemos en 2015 o 2016?

Es uno de los objetivos del libro. Observábamos, no solamente, dos instituciones, como las elecciones generales y los partidos políticos, sino el funcionamiento del sistema en su conjunto. Lo que consideramos calidad democrática, no solamente viene por el buen funcionamiento de las instituciones, sino también de los procedimientos. La calidad de nuestra democracia en todos estos años era un reto, porque veníamos de un régimen autoritario, donde la práctica democrática no había existido.

Las instituciones han funcionando muy bien, han cambiado a lo largo de este tiempo, pero, sin embargo, hay un déficit, que es esa calidad democrática, como son los comportamientos. Y esos comportamientos sí han cambiado en estos años, pero no todos los cambios son a peor, ya que también existen en los comportamientos que han ido a mejor. Pero respondiendo, en concreto, a la pregunta, comentaré que las primeras campañas tienen un enfoque muy ideológico.

Se presentan los programas, los partidos explican sus objetivos programáticos… Pero a mitad de ese período vemos una transformación, que venimos en denominar la presidencialización de las campaña. Son los líderes los que se convierten en el centro de las campañas y todo viene enfocado para demostrar la capacidad que tienen los mismos. En las cartelerías, hemos visto como se ha pasado de los símbolos de las formaciones políticas o ideas que se podían plasmar en una figura simbólica a las caras de los líderes. Pero vuelve a evolucionar en esta última fase y lo hace hacia un pragmatismo, aunque la sociedad española todavía sigue con la tendencia a un voto muy ideológico.

No se busca la utilidad del voto, no el voto útil, sino pensando en que si oriento mi voto hacia una formación voy a conseguir mejor los beneficios que espero de los representantes políticos.

¿Qué principios democráticos han cambiado para mejor y para peor en estos años?

La función de representación es una función de vocación, de servir al interés general. El elemento que más resalta a lo largo de estos últimos años es la profesionalización de los partidos políticos, donde realmente lo que importa en la confección de las listas son intereses de las partes más que el interés general. Ha sido de los comportamientos que más han afectado, porque se ha expulsado de la política a personas que tenían otro tipo de intereses y haciendo muy difícil la participación cooperativa con las formaciones partidistas. Se fue provocando un distanciamiento entre los electores y los candidatos. En los últimos años se ha puesto en evidencia y ha provocado grandes transformaciones en el comportamiento electoral de los españoles.

Los españoles debemos tener en cuenta que en el mundo menos de la mitad de los países son democráticos, pero se está produciendo en los últimos diez años un descenso en la calidad democrática dentro de estos ochenta y siete estados. Si hablamos del continente europeo se está sufriendo un deterioro. Estamos frente a una situación donde es urgente ir soportando el esfuerzo democrático. Lo que tenemos es algo complejo de mantener, no es sencillo.

¿La clase política española ha tenido mucha culpa del desapego de los ciudadanos hacia lo público?

Si nos fijamos solamente en las encuestas, la verdad es que sí. Ha estado en el tercer lugar de preocupación de los ciudadanos, detrás del terrorismo y la crisis económica.

¿Los líderes de la transición eran más hombres de Estado que los actuales?

Indudablemente. Pero no solamente en un primer círculo como serían Adolfo Suárez, Felipe González o Santiago Carrillo, sino que es extensible a más grupos. Había una talla mayor a la hora del rigor en la defensa del Estado y de los principios democráticos.

¿El déficit de líderes políticos repercute también en la calidad democrática?

Señalaba antes que uno de los problemas había sido la profesionalización de la política. La competitividad va echando incluso a los más competentes, porque ya no es el mérito la cualidad para estar en la vida pública, sino otra serie de habilidades que condicionan que uno vaya en unas listas o sea designado para un cargo determinado.

Nuestra Constitución habla de que la participación política se hace a través de los partidos. ¿Pero no es un problema que los partidos no sean tan democráticos?

Es una parte del problema. A medida que los partidos han ido funcionando más hacia dentro que hacia afuera, se ha producido esa pérdida de calidad. Lo vemos en las divisiones de Podemos o el nuevo reglamento del PSOE. Todo ello, es un enfoque de dominación interna de la organización frente a otras cuestiones como la transparencia o el funcionamiento más democrático. Por ello, es muy importante en la democracia que los ciudadanos sean responsables, que no se alejen de la política. Forma parte de la vida cotidiana y deberíamos conocerlo mejor.

¿Somos conscientes de que es necesario conocer mejor de dónde venimos?

Es una de las cosas más interesantes que podemos destacar del período que hemos estudiado, contar con un sistema democrático. Esos cuarenta años que se estudian en el libro son el período de mayor estabilidad, de mayor progreso y de mayor modernización del país. En algo han tenido que contribuir lo que han sido nuestras instituciones democráticas.

Se ha estudiado un período de 40 años y hablaba al comienzo de la entrevista que las elecciones de 2015 y 2016 se podían entender como el final de una etapa y el comienzo de una nueva. ¿Qué características debería tener esta nueva etapa?

Hay unas tendencias y unos hechos. Está claro que el sistema de partidos se ha transformado totalmente. Nunca ha sido España un sistema de bipartidismo perfecto. En el Congreso de los Diputados hemos tenido normalmente entre diez y doce partidos políticos, con períodos donde se ha bajado de diez y otros donde se han incrementado hasta trece y catorce. Han existido dos momentos de partidos dominantes: con la victoria del PSOE en el año 1982 y, luego con la mayoría absoluta del PP en el año 2000. Y en esos dos instantes se transforma lo que teníamos, que era un pluralismo moderado.

Pero en el último período, la fragmentación se ha ampliado mucho más y hemos pasado a un sistema que es multipartidista. Las cuatro opciones principales son muy equilibradas en el asentamiento y configuran la necesidad de una nueva política. Cuando hemos estudiado este nuevo período hemos observado la imposibilidad de llegar a acuerdos, la falta de una práctica cooperativa. Pero la mayoría de los problemas tienen soluciones contadas y las distancias que hay entre ellas no es tan radical, aunque el esfuerzo de ponerse de acuerdo es algo que aquí no se ha practicado. En España no hemos tenido gobiernos de coalición, sino coaliciones soportadas por mayorías parlamentarios, pero no que formaran parte de los Gobiernos.

¿Esas experiencias de gobiernos de coalición de los dos grandes partidos como en Alemania, aquí son imposibles?

Ahí tenemos una quiebra del funcionamiento democrático. Alemania salía de un gobierno de coalición entre la CDU y el SPD. En sus campañas electorales habían hablado de no volver a reeditar esa unión, pero las circunstancias han sido tan determinantes que durante muchos días han estado haciendo concesiones, con debates muy profundos y llegaron a la conclusión que era la única fórmula para salir de esa crisis política.

¿Que haya partidos que pongan en jaque estos cuarenta años es peligroso?

Una de las pretensiones que teníamos cuando hicimos este libro era cruzar la línea entre lo académico y difundir el conocimiento: en cierta medida era más interesante difundir el conocimiento de cómo ha funcionando la política en estos cuarenta años. El populismo induce a confusiones, a tratar de vender cosas que es difícil llevar a la práctica.

También en este libro están los resultados de Ceuta. ¿Se puede sacar alguna conclusión?

En Ceuta se reparte sólo un escaño en el Congreso. No puede haber un reconocimiento plural porque no hay tamaño de distrito para ello.

¿Hacia dónde debería caminar el sistema electoral español?

No hay sistema electoral neutro, ninguno puede producir un efecto puro. Nuestra ley electoral es magnífica, internacionalmente reconocida. Tiene dos partes: una es el ejercicio al derecho al sufragio y las garantías de que no se manipulen. Lo más innovador de nuestro sistema es que la administración electoral está formada por los propios ciudadanos. Cuando obligamos a que el ciudadano forme parte de la administración electoral, éste sabe perfectamente como funcionan las elecciones. Esa parte que no la toquen, porque no hay quejas de la misma.

Luego está la segunda parte, cómo se traducen los votos en la designación de la representación. Ahí entran sistemas muy distintos. En Gran Bretaña, el sistema es mayoritario, aquí tenemos distritos pequeños donde hay hasta seis partidos representados. Tenemos que saber lo que queremos: si deseamos estabilidad, debemos tender a los gobiernos con mayorías; queremos inestabilidad y que todo el mundo esté representado, pues que será más difícil gobernar con mayorías. Hay una cuestión que es de justicia y que es el desequilibrio de la representación. La mitad de los distritos que tenemos en el sistema electoral es menor de seis escaños. En circunscripciones como Barcelona o Madrid, un escaño cuesta muchísimo y en otras, como Álava o Soria cuesta muy poco. ¿Por qué pasa? Es injusto. El problema es que se escogió la provincia como circunscripción electoral, porque no había otra demarcación administrativa con arraigo.

¿Tenemos que ser optimistas con la democracia española?

El ciudadano tiene que ser responsable y mantener la democracia. Una cosa es la desafección a una clase política y otra bien distinta es la desafección al sistema. Hay que refundar muchas cosas, pero no desde la inercia de los hechos, sino desde la reflexión.

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