La muerte de Javier me había derrotado. Habíamos convivido 40 años; tal vez más, ya no lo recuerdo, el tiempo pasa y difumina el pasado y el presente sin saber cuando comenzó todo.
Nos habíamos distanciado aunque seguíamos manteniendo el contacto, sabíamos el uno del otro. Creo que no dejamos de querernos nunca pero nos fue matando el desasosiego de la rutina, las tardes de invierno en silencio y las conversaciones sin nada que decirnos.
El y yu pusimos todas las excusas que pudimos inventar para alejarnos paulatinamente sin darnos razones, sin pensar el motivo, sin plantar cara para verbalizar que todo estaba perdido cuando el futuro ya forma parte del pasado.
Aquella tarde de abril recibí una llamada telefónica, un número que no conocía. Intuí que algo había pasado pues hay un sexto sentido que despierta la adrenalina: mi compañero, mi amigo, mi amor de juventud adolescente en el instituto, había fallecido. Lo encontraron en su casa tendido en el suelo, agazapado por la angustia de no poder pedir ayuda, de ver los ojos de la muerte desde la profundidad del desamparo.
Tardé en darme cuenta, como si no quisiera enfrentarme al dolor, al vacío, a la nada que te invade arrastrándote a un camino sin retorno.
Tuve que volver a la casa en la que el ya no estaba, tuve que recoger sus pertenencias y las mías: libros, su ropa ordenada de una manera compulsiva, cuadros, carpetas con documentos, cartas que nos habíamos escrito, apuntes de un guión que estaba escribiendo para una obra de teatro, películas antiguas en formato DVD y cientos de fotos que descansaban en cajas de zapatos ordenadas por años.
Mientras deambulaba por la casa pensé que él llegaría en cualquier momento, que se sentaría a mí lado, que me propondría empezar de nuevo y fuéramos a vivir al otro lado del mundo. Sería todo como antes, cuando los tiempos de la felicidad en el que éramos revolucionarios, luchadores e inconformistas. Tiempos de pasear por la Ceuta en la que nos conocimos navegando en el mismo barco.
Ahí estaba, esperándolo sin esperarlo, viendo sin verlo, escuchándolo sin oírlo.
Sentí sus pasos, su mirada, el aroma de la colonia que usaba y, por primera vez, le dije que nunca había dejarlo de quererlo aunque el amor venga para decirnos que no puede quedarse.
Se coló una brisa por la ventana que me acarició el rostro y me besó los labios.
Empecé a darme cuenta que era yo el que había muerto mientras deshacía la casa, era yo el que estaba en el suelo, era yo al que echaron en falta en el trabajo, era yo el que pedía volver a empezar, era yo sumido en la nostalgia, era yo resistiéndome a no ser arrastrado por las olas y desaparecer en el mar.
Los muertos se confunden con los vivos. tal vez los vivos se confunden con los muertos y van desapareciendo en la humedad viscosa de la niebla.






