Ahora se escuchan voces a favor y en contra de la labor que Cecilio Gómez ha realizado al frente de la Dirección Provincial del Ministerio de Educación.
Hace unos días en este mismo comentario editorial le recomendábamos que el mejor camino que podía tomar era, precisamente, el de presentar su dimisión y continuar su trabajo como profesor en la Universidad de Granada. Ciertamente, tampoco era que le retenía en el cargo el mantenimiento de unos principios inalterables, ni una labor por concluir, porque hace menos de un año ya se presentó para ser el máximo responsable del centro asociado de la Universidad Nacional de Educación a Distancia en nuestra ciudad.
Porque aquí no hablamos de aplicar una ley que es obligatorio a nivel nacional, ni que determinadas decisiones de los directores generales de Educación que tienen competencias sobre Ceuta hayan sido más que equivocadas, aquí estamos hablando de un director provincial que no ha sabido dialogar, que ha puesto a la comunidad educativa de nuestra ciudad en pie de guerra más de lo que estaban por las decisiones que emanaban de Madrid. Porque se pueden tener posiciones contrarias o antagonistas en un asunto, pero el diálogo es lo único que no se puede perder.
Es mentira que el poder de determinadas personas haya pasado por encima de la aplicación de una normativa. Sucede que el director provincial se debe al delegado del Gobierno que es quien le propone o quien puede solicitar su cese. Y es lo que ha sucedido. Cecilio Gómez ha intentado pasar por encima de Nicolás Fernández Cucurull al no aceptar recomendaciones que le llegaron desde la Plaza de los Reyes. Y lo más honesto hubiera sido presentar su dimisión si estaba en desacuerdo con esas medidas, no esperar a que le tuvieran que cesar. Hasta en las formas se ha equivocado hasta el final y ha pasado lo que tenía que pasar. Nada más.





