Carmen Aguilar ha sufrido hasta nueve atracos y/o intentos de robo en la tienda que regenta en Los Rosales. Una situación límite que le obliga al cierre Está literalmente destrozada. No puede más. Sabe que es víctima de una situación injusta. ‘¿Por qué a mí?’, se pregunta cada mañana antes de abrir la persiana de su pequeña y humilde tienda de comestibles en Los Rosales. Es una rutina que se repite cada día desde los últimos 33 años. Una rutina a la que, hoy, mañana o quizás pasado, dirá adiós. “No me queda otra, porque esto me va a costar la salud”, asegura mientras despacha el pan a una de esas vecinas que, aunque apenada si decide marcharse, le aconsejan encarecidamente que lo haga. La protagonista de esta historia se llama Carmen Aguilar y mañana cumplirá 61 años.
A pesar de que le restan cuatro hasta la jubilación, la permanente inseguridad a la que está expuesta, a plena luz del día, desde hace más de dos años le ha obligado a tomársela de manera anticipada. “El cuerpo no me pide otra cosa más que quedarme en casa”, reconoce. Su establecimiento, ése que le permitió sacar a sus dos hijos adelante, el que ha regentado con gran ilusión durante más de tres décadas, es hoy su principal pesadilla. Un mal sueño del que desea salir, pues sabe que ella no merece estar en ese infierno. “Llevo todo el invierno sin abrir por la tarde y, en cuanto veo algo raro, echo el cierre porque me pongo nerviosísima, vivo con miedo”, cuenta, “por aquí hay otras tiendas, pero se han cebado conmigo. No sé por qué”.
No olvida la fecha del primer atraco. El 19 de marzo de 2011. A plena luz del día. Siete encapuchados dando saltos y gritos, incluso con un cliente como testigo al que, como a ella, golpearon. Carmen y su vecino no pudieron oponer ningún tipo de resistencia, sobre todo desde el momento en el que le amenazaron con un gran cuchillo en la parte alta de su estómago. “Ésa es la única vez en que la Policía ha mostrado cierto interés, pues estuvieron algunos días pasándose y preguntándome cómo iba todo, pero al cabo de un tiempo desaparecieron”, cuenta. También le duele el pasotismo político.
Ni el delegado del Gobierno, ni el presidente Vivas han atendido la solicitud que ha hecho su hijo para ser recibidos en el despacho. Hasta ayer no se había obtenido ningún tipo de respuesta, ni aceptando ni denegando la petición. Ni siquiera, aunque parezca mentira, el consejero de Barriadas, Gregorio García-Castañeda, ha movido un dedo. “¡Y eso que éste es su barrio! Obviamente ahora tiene que trabajar por toda la ciudad, ¿pero cómo deja que su barriada de toda la vida este así? No lo entiendo, de verdad”, exclama. Sabe que no es por ignorancia, pues prácticamente la totalidad de los incidentes que ha sufrido han aparecido en los medios de comunicación y que todo el vecindario está al corriente de su situación. El consejero, como un vecino más, también.
Entre frase y frase, nerviosa, sus ojos se encharcan una y otra vez. En el fondo sabe que es valiente, que demasiado ha aguantado. Que cualquiera en su lugar ya habría echado el cierre. Pero Carmen ya no tiene más ganas de luchar contracorriente. Se siente obligada a cerrar por culpa de un puñado de niñatos que se ponen una capucha y amenazan a diestro y siniestro. “Por la tarde esto es un desierto, la gente sale de su casa sólo por obligación. No se ve un solo policía en todo el día”, cuenta.
¿Y la comisaría que hay a escasos metros? Un adorno más, responde Carmen respaldada por dos nuevos clientes. “¿Para qué la quiero ahí si cuando he ido a denunciar me han dicho que tenía que bajar a la del centro?”, se pregunta.
La indignación de Carmen es compartida por todo su entorno cercano. Sus hijos son los primeros que la animan a cerrar a pesar de que la economía familiar variará. “Me iré con mis hijos, no puedo hace otra cosa hasta que me llegue la hora de jubilarme pues no sólo voy a dejar de cotizar estos cuatro años sino que, además, como soy autónoma, no tengo derecho a cobrar el paro”, expone. Le resulta injusto pensar que después de toda una vida trabajando la obliguen a irise. Sin olvidar todo el dinero invertido en reformas y en seguridad, pues justo uno o dos años del comienzo de esta historia hizo una gran obra que le costó unos 12.000 euros. “Aire acondicionado, persianas y puerta nueva, toda la instalación, el baño... todo, lo reformé todo”, indica. Una cantidad a la que, cómo no, hay que sumar los aproximadamente 4.000 euros invertidos en los últimos años en la instalación de alarmas y cierres.
No hay dinero que compre la seguridad cuando quienes tienen la responsabilidad de garantizarla miran para otro lado. Carmen será muy pronto una más en la lista del paro. Una cifra a la que se sumará por obligación, porque está harta de trabajar con miedo.
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