En los últimos meses asistimos a un debate creciente sobre las guardias médicas (en relación sobre todo con el Estatuto que se negocia con el Ministerio de Sanidad), presentado en muchos medios de comunicación como si se tratase de un descubrimiento reciente: los médicos hacen guardias, y estas resultan extenuantes y además impiden la conciliación familiar. La forma en que se plantea la protesta me resulta, al menos, desconcertante, y creo que merece una reflexión más profunda y realista.
La guardia no es una rareza, ni un privilegio, ni una circunstancia imprevista: es un pilar histórico y estructural del sistema sanitario español. Sobre ella se sostiene la continuidad asistencial en los hospitales y centros de salud. El médico que hace guardia no es un trabajador que añade unas horas extras por voluntad propia, sino el profesional que garantiza que el sistema no se interrumpa cuando se acaban los turnos de la jornada ordinaria. Sin guardias, el engranaje actual colapsaría.
Dicho esto, la reivindicación de que las horas de guardia se reconozcan como lo que son —horas efectivas de trabajo— resulta no solo legítima, sino inaplazable. Es una anomalía que esas horas se contabilicen de forma parcial, que se releguen a la categoría de “complemento retributivo” y que no computen a efectos de jubilación, de carrera profesional o de antigüedad. Hablamos de miles de horas acumuladas a lo largo de la vida laboral de cualquier médico, que se diluyen en un limbo administrativo como si no hubieran existido. Reclamar que se contabilicen es reclamar justicia laboral, no un privilegio.
Lo que no comparto, en cambio, es el modo en que en ocasiones se formula la protesta: como si el problema radicase en la mera existencia de las guardias. Esa lectura es equívoca y, lo que es peor, irrealizable en la España de hoy. Transformar el modelo hacia un sistema de turnos —similar al que realizan los profesionales de enfermería— exigiría multiplicar las plantillas médicas, reorganizar la estructura de la formación MIR y asumir un gasto sanitario mucho mayor. La realidad es que, en este momento, no existen suficientes médicos en España para sostener un sistema por turnos que elimine de raíz las guardias.
Esa disonancia entre lo que se pide y lo que puede hacerse no es un detalle menor: contribuye a que la sociedad perciba el debate como una especie de negativa a trabajar de noche, cuando lo que realmente se reclama es el reconocimiento del tiempo trabajado. Y esa confusión es peligrosa. Porque si el mensaje social se deforma, se deslegitima una reivindicación de fondo que sí es justa y necesaria.
El debate sobre las guardias debería centrarse en tres ejes muy claros:
1.Reconocimiento pleno de las horas de guardia como tiempo de trabajo a todos los efectos.
2.Regulación adecuada de la edad y condiciones para realizarlas, ofreciendo alternativas reales para quienes no puedan seguir haciéndolas.
3.Planificación a largo plazo: si algún día se quiere transitar hacia un modelo distinto, habrá que hacerlo con realismo, reforzando plantillas, reorganizando el sistema formativo y dotando al sistema de los recursos que requiere.
Mientras tanto, indignarse por la existencia de las guardias no solo es improductivo, sino que transmite un mensaje engañoso a la ciudadanía. El verdadero problema no es que los médicos hagan guardias; el verdadero problema es que esas horas, que son trabajo con todas sus letras, siguen sin recibir el reconocimiento legal y laboral que merecen. Y esa es la batalla que conviene librar, no otra.
Dr. Enrique Laza, jefe del servicio de la UCI del Hospital Universitario de Ceuta
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