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Mi Guardia Civil

Triste salario solidario con sus obligaciones hacia la ciudadanía y las adversidades que deben de soportar todos los días del año. En plena alarma donde se aconseja que se queden en sus casas, que aseguren todo lo que se pueda mover, solo queda por observar esos hombres y mujeres vestidos de verde y con gran sentido del deber que están pendientes de sus congéneres, para que España esté tranquila por todos sus rincones.

Y anoche, mientras buscaba una instantánea, me dio por observar cómo estaban empapados y calados hasta los huesos unos componentes que lucían en sus espaldas el cartel de Guardia Civil.

Tranquilo me quedé, aunque algo de mi se quedó acompañándoles, mi admiración; sin fuerzas, les lancé desde la distancia, ya que todavía quedaban muchas horas para que el día se iluminara con la luz del sol.

Allí no se cortaban e iban recogiendo esos intrépidos que buscaban la libertad en este lado de la mar.

No tenían miedo e, incluso, se metían para darles esa mano de solidaridad, de ganas de ser hermanos, bajo una constancia, lealtad a su uniforme y no dar por perdida la batalla del día a día.

La noche era cerrada, la intuición y los gritos se escuchaban y esos incansables seguían en su trabajo.

Yo pensaba en voz alta: Dios mío ayúdalos a soportar estas aguas, estos vientos de alerta y esas ganas de seguir dándolo todo por evitar las tragedias que salen casi todos los días de encontrar restos humanos flotando en las aguas marinas.

Con estas escenas, me di cuenta que no sería por esos arreos de ayuda que se les observaba, con esas miradas, esos oídos pendientes de las costas adyacentes de ese Reino de Marruecos.

Una pregunta le hice a uno que tenía una taza de café en las manos, que le servía de guía de intentar coger energías y entrar en calor, para seguir su día a día: “¿No tienes alguna consecuencia de tanta agua acumulada en tu cuerpo?”.

Y ese número de la Guardia Civil, con una mirada al frente, y con una esencia de Super Man, me reseñó que “Mis aliados son el paracetamol y la fe de llegar a mi casa; ellos me darán el calor necesario para seguir mañana mi labor de ayudar al prójimo, para evitar en lo posible más tragedias de las que hemos tenido”.

Otro hombre me confesó que “Cada vez que salimos del Cuartel, le pedimos a nuestra Virgen del Pilar que nos conceda esa gracias de ayudarnos en nuestro trabajo y ella, de momento, no me ha fallado, y sé que está con todos nosotros”.

Y otro, “Mi mujer tiene un altar en su mesita de los Santos y desde allí manda todas sus oraciones al Cielo para que siempre podamos regresar a casa felices y tranquilos”.

Amor, deseos encontrados, vigilancia, ganas de ayudar, paciencia y una sola cosa saber vestirse por los pies y encontrar una vocación por profesión tan grande como dificultosa.

¡Viva la Guardia Civil! ¡Vivan sus componentes!.

Sin ellos, España sería otra cosa.

Un gran abrazo y adelante con vuestra labor tan bonita.

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