La comisión de delitos de corrupción de menores está, desgraciadamente, cada vez más extendida. El auge de las tecnologías dispara el consumo de este tipo de material, su almacenamiento y difusión. Lo que antes eran casos aislados ahora no lo son, aumentando las intervenciones policiales que sacan a la luz prácticas execrables perpetradas por personas de cualquier profesión. Si antes pensábamos que ese tipo de acciones estaba reducida a unos grupos concretos de personas, ahora es tal el desconcierto por los casos conocidos que se evidencia el fracaso de los controles adecuados para aminorar estas prácticas delictivas. Fracaso que repercute en nuestros niños, indefensos ante una dura realidad.
Las penas ayudan bien poco y los acuerdos extrajudiciales demasiado benévolos también. Si no se marcan unas líneas rojas ante este tipo de delitos se dará la sensación ante la ciudadanía de que todo esto del incumplimiento de la ley y el castigo posterior no es más que una farsa.
Nos llenamos la boca con la defensa de los niños, pero luego nos movemos en un sistema de normas legales marcado por auténticas grietas que causan su desprotección en la práctica. Las condenas solo por la tenencia de este tipo de material pornográfico relativo a menores de edad deberían ser mucho más elevadas, urgiendo una modificación de todas las penas relacionadas con delitos en los que los más vulnerables son las víctimas con vistas a endurecerlas.
No es lógico que cuanta más información hay, más recursos de protección existen, más medios para actuar... tengamos cada vez más delitos de este tipo y seamos incapaces de actuar con una mayor contundencia para que todo esto no parezca un chiste.
Nos debería preocupar muy mucho el auge de estas prácticas y la incapacidad clarísima que tenemos para detectar con rapidez lo que puede estar sucediendo muy cerca de nosotros. Un búsqueda sencilla por google arroja el elevado número de casos que se producen y las vías de escape que consiguen sus autores con condenas ridículas.
Se supone que debemos ser capaces de proteger al más débil pero parece que nos empeñemos en que nada funcione como debe aparcando la ejemplaridad de nuestras reacciones hasta convertirlas en absurdas respuestas para tanta gravedad.






