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Gonzalo Puente Ojea y la libertad de conciencia

Miiguel Ángel López Muñoz es licenciado en Filosofía por la Universidad de Granada y profesor de dicha asignatura en un instituto de Enseñanza secundaria de Ciudad Real.

En ese mismo centro ejerce de director. Pero a estas cualidades de enseñante y director tenemos que añadir otra que aquí nos interesa más: la de apasionado investigador. Fruto de estas investigaciones es su libro Gonzalo Puente Ojea y la libertad de conciencia, recientemente publicado por la editorial “En su Tinta” de Barcelona. La obra está dedicada “a la memoria de  Bartolomé Nadal Cifre y a la de todos los españoles que lucharon por la libertad de conciencia”.
Antes de entrar en materia me parece oportuno señalar que este libro viene a llenar un vacío que hasta ahora existía sobre el tema. Cuando nos acercamos a la vida y obra de Gonzalo Puente Ojea llama poderosamente la atención la cantidad de libros que ha producido nuestro autor, -más de veinte-, así como la exigüidad de lo que hasta ahora se ha escrito sobre él. Esta disparidad se hace aún más sorprendente si comparamos su caso con el de otros pensadores de ideología parecida de otros países próximos. Valgan de ejemplo, respecto a Francia Michel Onfray y respecto a Inglaterra Richard Dawkins. Es asombrosa la cantidad de bibliografía que hay sobre estos autores en sus respectivos países y lo poco que se ha escrito en el nuestro sobre Puente Ojea. ¿Simple olvido u olvido intencionado? Se diría, al meditar en el caso, que un pueblo que, durante siglos y siglos, ha presenciado las hogueras inquisitoriales conserva en la memoria colectiva el terror a la libertad de pensar y, cuando alguien se sale de los límites que señala el Poder, los demás ni se atreven a comentarlo. Verdad es que el fanatismo ya no enciende hogueras, pero todavía cierra puertas y frena promociones. ¿Quién no recuerda el caso de Galdós, cuyo merecidísimo premio Nobel se lo birlaron los fanáticos? Por todo esto el libro del profesor López Muñoz, al mérito del trabajo investigador, es preciso añadir el del heroísmo de tocar un tema y un autor casi tabú en este país.
Hora es de entrar en el libro. El profesor López Muñoz ha dividido su obra en una introducción seguida de tres largos capítulos y un epílogo que él llama conclusión.
En la introducción el profesor López Muñoz trae a la palestra los nombres de los pocos españoles que se atrevieron a tocar el tema de la libertad de conciencia –José María Blanco White, Rogelio Ibarreta, Francisco Ferrer Guardia, Manuel Azaña y José Ortega y Gasset-, y las consecuencias que para ellos tuvo tal temeridad: “sólo obtuvieron –nos dice- el exilio, interior o exterior, o la muerte”. En la página siguiente nos ofrece los datos biográficos indispensables para adentrarnos en el pensamiento de Puente Ojea. Merece la pena la cita:
Gonzalo Puente Ojea nace en Cienfuegos (Cuba), el 21 de julio de 1924, en una familia de un catolicismo piadoso, pero abierto. En 1926, tras la muerte de su padre, Cónsul General de España en Santiago de Cuba, su madre regresa a Vigo (Galicia) con sus cuatro hijos: Celia, Ana, María y Gonzalo. Tras realizar el bachillerato en el colegio de los Maristas de Vigo y en el Instituto de Segunda Enseñanza, en 1941 su familia se traslada a Madrid, donde realiza el séptimo curso en el Instituto Cervantes, lugar donde le rapan la cabeza por negarse a cantar el “Cara al Sol”. En ese mismo incidente y por el mismo motivo, a su compañero y futuro presidente de gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, le hacen beber aceite de ricino.
Era la moral de los vencedores de la guerra civil que iría marcando toda su vida. Estudia Derecho, entra en el cuerpo diplomático, lo que le permite viajar, y poco a poco se va alejando del credo católico hasta convertirse en uno de sus más severos críticos. Estaba ya en la cumbre de su irreligiosidad cuando en 1982, siendo presidente del Gobierno Felipe González, es nombrado embajador en el Vaticano. El nombramiento produce  escándalo. ¿Cómo puede ser –se preguntan algunos- que se nombre a un ateo embajador de España en el Vaticano? Él responde que, lo mismo que no es necesario ser comunista para ir de embajador a Moscú, tampoco es necesario ser creyente para ocupar el mismo puesto en el Vaticano. Pero es a partir de su jubilación como diplomático cuando produce sus mejores libros. Su producción sobrepasa las veinte obras y algunas de ellas se han convertido en verdaderos clásicos del laicismo español.
Los tres capítulos que siguen a esta introducción están dedicados al análisis de toda la producción literaria y filosófica del maestro. Un análisis que se queda corto, ya que es imposible analizar en poco más de cien páginas una producción tan amplia y tan densa, pero que abre camino para posteriores investigaciones, tesis, tesinas y biografías. El primer capítulo se titula “La conciencia como problema” y hace un recorrido histórico desde el comienzo del cristianismo –época de Pablo de Tarso, verdadero creador del cristianismo en opinión de Puente Ojea-, hasta nuestros días. Merece especial atención, en lo que se refiere a España, las páginas dedicadas a la II República y el énfasis con que el Vaticano se dedicó a torpedearla y destruirla, acudiendo incluso al golpe de Estado y la guerra civil. Del segundo capítulo, “Fundamentos de la Libertad de conciencia”, destaco este fragmento, tomado del libro “Fundamentalismo, laicismo y tolerancia:
La tolerancia, en su sentido radical de plena apertura de la conciencia a sí misma y a los demás, constituye un fin en sí misma. El laicismo, en cuanto secularización total del espacio de la convivencia pública, es una exigencia indispensable de la tolerancia. La estricta separación del Estado y cualquier confesión religiosa es un requisito necesario y definitivo del laicismo. El sometimiento de todas las iglesias y organizaciones religiosas al derecho civil común, sin excepción alguna, (…) excluye la pretensión de la Iglesia Católica de pactar como sujeto soberano con el Estado un estatuto de Derecho Público. (…) En España, la cuestión religiosa no encontrará una solución adecuada y ajustada a un Estado democrático de Derecho, mientras que las relaciones de la Iglesia católica con el Estado no se adecuen (…) a dichos principios.
El tercero y último capítulo, titulado “De la re pública” (Acerca de la cosa pública) es una aplicación práctica de todo lo anterior. Interesa especialmente la parte dedicada a la escuela. Porque –no lo olvidemos-, los niños y niñas de hoy serán los hombres y mujeres de mañana. Cabe preguntarse: ¿llegará un día en que, como ya ocurre en Francia, nuestros niños y adolescentes vayan a las escuelas e institutos solamente para ser instruidos y jamás puedan ser fanatizados? Es una meta de la libertad de conciencia que aún parece lejana en España.

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