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Gisèle

Por Germinal Castillo
18/02/2026 - 07:23
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Imagen cedida
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Puede ser “señor Cualquiera”, un “monsieur tout le monde” en toda regla que se funde en la masa. Uno más.

Sin embargo, ese ser común, intachable y de buena reputación es detenido, en septiembre de 2020, en un centro comercial, sorprendido por videocámaras tomando fotografías con un móvil bajo las faldas de las mujeres.

Con la llegada de la policía, las cosas se complican y el hombre pasa a ser detenido. A la incautación del teléfono le sigue la del ordenador. Tras la investigación del disco duro, la policía llama a la mujer del detenido con un aviso terrible: “por favor, acuda a comisaría, debe ver fotos que no le van a gustar”.

Ese 13 de septiembre de 2020, Gisèle Pelicot comprueba con horror como su marido, un ser humano ejemplar y por encima de cualquier sospecha, tiene almacenados en el disco duro 20.000 videos y fotos de los llamados “explícitos”. Y ahora el “más sórdido todavía”: drogada por su marido, durante la noche, una cincuentena de bestias (entre 26 y 73 años con diversos orígenes sociales) vienen a violarla mientras él graba y fotografía las escenas, y también hace lo propio. Una violación colectiva en toda regla. No encuentro calificativo.

El modus operandi es tan simple como increíble. A través de una página de citas, en un chat llamado “sin su conocimiento”, contacta con los demás violadores. Los animales en cuestión, todos “normales” de cara a la sociedad y sin antecedentes, se inscriben en lista de espera para que, la noche que les toque, puedan ir con total impunidad a violentar a Gisèle. Y todo esto desde julio 2011 hasta el mes de octubre 2020, fecha de la detención.

Las consecuencias físicas son 4 Enfermedades de Transmisión Sexual, entre las que se encuentra el virus del papiloma humano y una serie de análisis y pruebas en relación con el cáncer de cuello útero. Brutal.

Gisèle, consciente de que la vergüenza debe de cambiar de bando, renuncia a la privacidad del juicio que le otorga la Ley francesa y opta porque sea público. En este “A Quemarropa” le voy a ahorrar, tanto los detalles de esta barbaridad, como los argumentos esgrimidos por las defensas para intentar salvar a sus clientes. Eso sí, hubo quien no se privó de humillar a Gisèle como estrategia de exculpación. Hay días en que no debe ser fácil ser letrado. Seguro.

A pesar de algunas campañas en redes sociales que insinúan que existe consentimiento por su parte, ella no se amilana y decide ir hasta al final de los finales. Las condenas caen y van desde los 3 a los 20 años de reclusión.

Y si alguien aún cree, a estas alturas de este “A Quemarropa”, que todo esto no es para tanto (que haberlos, los habrá), que se imaginen a ellos mismos anestesiados mientras decenas de hijos de puta vienen a violarlos una y otra vez. ¿A que la perspectiva cambia? Seguro que sí.

En un libro que acaba publicar llamado “Y la alegría de vivir” (en España, “Himno a la vida”), Gisèle Pelicot segura que ha tenido que reinventarse, y que, a sus 73 años, ha logrado rehacer su vida, a pesar de que a algunas y a algunos les ha faltado tiempo para subrayar el hecho y criticarlo. Imbéciles con mala intención nunca faltan. Nos consta.

En una entrevista reciente, afirma que el título del libro tiene su origen en “en la pulsión por vivir que tengo, porque me he dado cuenta que la vida es efímera”. Suscribo.

El caso Pelicot ha cambiado muchas cosas en Francia. La sumisión química se aborda ya de otra forma en la sociedad y las leyes están cambiando en consecuencia.

Mi mañica preferida, allá donde esté, seguro que saluda también las afirmaciones de Gisèle cuando declara: “Se pueden cambiar las leyes, pero lo que imperiosamente hace falta cambiar son las mentalidades, y eso pasa por la educación”.

A quien opine que en los colegios no se debe explicar todo lo relativo a la igualdad y al respeto absoluto a la otra o al otro, que se relea este “A Quemarropa”, que falta le hace. Es urgente.

No obstante, una vez más, la reflexión es suya.

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