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Gibraltar y el Sáhara ¿ya?

Ya hace casi un siglo que el conde de Saint Aulaire sentenció que la diplomacia es la primera de las ciencias inexactas. Y en efecto, resulta manifiesto que la variable del ejecutor de la función, en pocas profesiones por no afirmar que en ninguna otra, va a estar tan condicionada por la diversidad de circunstancias, por la pluralidad y complejidad de supuestos, por el cambio de escenarios, por el juego del alors del en ce cas. Tarea, pues, contingente por excelencia que explica y justificaría algunos de los grandes y no infrecuentes errores diplomáticos.

Si a todo lo anterior se le suma en el caso español mi tesis de que a pesar de contar con unas credenciales impresionantes o quizá por eso mismo, España siempre ha dado la impresión de tener más dificultades que otros países similares para gestionar e incluso para definir y hasta para identificar, el interés nacional, el cuadro queda en alguna manera configurado, permitiendo ponderar el no fácil tratamiento de los contenciosos de nuestra diplomacia.
Sin embargo en ese magma operativo un factor en principio corrector -aunque igualmente puede ser negativo en cuanto manifestación del principio de consolidación de las situaciones de hecho- emerge de manera enhiesta y desde su carácter ineludible vincula en gran medida la cuestión de que se trate. Ese factor es el tiempo. Per se y por lo que acarrea.
Se cumplen ahora cuatro décadas de la salida de España del Sáhara Occidental. Y terminan de transcurrir tres centurias del tratado de Utrecht sobre Gibraltar. Es cierto que se trata de cifras tan disímiles que la segunda casi decuplica a la primera, pero no es menos exacto que el fondo de ambos asuntos difiere sustancialmente. Mientras que Gibraltar es un caso colonial, inscribible aunque no inscrito en la práctica en la relación Estado a Estado, el Sáhara es la crónica dramática de generación y media de saharauis frustrada en el nacimiento de su patria, de su país, del Estado del Sáhara. Pero de cualquier manera ambas cuestiones parecen o deberían de responder al agotamiento del tiempo: los plazos ya han terminado. Porque de no ser así, se estaría negando y renegando con absoluta impunidad de más de un pilar de nuestra civilización.
Sobre el Sáhara, España tiene que superar su posición por insuficiente y lo que es peor, por recusable. Vengo hace tiempo proponiendo que se (me) nombre un embajador en misión especial, un observador, un comediador para coadyuvar con los de la ONU y la UA. No es mucho pero permitiría una mayor visibilidad y es de confiar que operatividad de nuestra presencia.
Por encima de las incorrecciones de diversa índole que llenan todos nuestros libros y las referencias a ellos, y que no volveremos a escribir, se impone constatar una doble realidad. Primero, España se ocupó de los 335 compatriotas que allí quedaron, a los que pude censar, siendo felicitado y condecorado también por tan relevante misión, quizá una de las mayores operaciones de protección de españoles del siglo XX. Tras la salida el 28 de febrero de 1976, que debió de efectuarse el día antes a tenor de los acuerdos de Madrid, el gobierno español instauró un sistema para ocuparse de nuestras propiedades que pronto se demostró insuficiente en el tema de protección de nacionales y ello por definición: el territorio ya no dependía de España, se trataba de territorio extranjero. Filosofía tan elemental pareció tardar sin embargo en ser asimilada por Madrid. Y aunque con retraso, desde enero de 1978 se me comenzó a desplazar ocasionalmente desde Rabat, siendo así el primer y único diplomático enviado al Sáhara tras la salida de España. Pero, segundo, como se ha apostillado, me ocupé de 335 españoles pero me olvidé de 75000 que también lo eran. Pues bien, de esos ¨españoles de piel tostada¨, en la acuñación de Foxá, que ahora son muchos más con sus descendientes, ya es hora de ocuparse como corresponde.
Desde el Instituto de Estudios Ceutíes, en primera línea de nuestras principales controversias territoriales, dada mi competencia en los contenciosos de nuestra diplomacia, se ha pedido que se me asigne a ellos ante el déficit diplomático que en general presentan. Yo espero al cambio en Santa Cruz para intentar que se me encarguen las responsabilidades apuntadas en relación con el Sáhara. Y naturalmente, con los demás diferendos.
Como he escrito en una dedicatoria, ¨con los mejores deseos a marroquíes y saharauis, nobles pueblos entre los que he convivido y tengo tantos amigos¨. Constan además mis posiciones, alejadas de maximalismos -lo que no implica por supuesto ni la más mínima negación ni atenuación del inalienable derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui, que proclaman, que proclamamos, Ruiz Miguel y tantos otros- y más bien adscribibles al ¨ni vencedores ni vencidos¨ que desde su sagesse, propugnó Hassan II, y que en las formulaciones que se han venido haciendo, arrancarían de la partición, ya muy minoritaria en su defensa pero para mí nunca descartable del todo en aras de la realpolitik , donde parecería radicar, quiérase o no, la clave, el iter para superar tan enrevesado y desgraciado asunto, hasta, en la línea de Bernabé López, un estatuto para el Sáhara ligado a Marruecos por vínculos pactados del tipo de un federalismo, de una confederación, o de un estado libre asociado, solución que, añadimos nosotros, además de inscribirse asimismo dentro de la realpolitik, encajaría con la debida suavidad, dignidad y respeto en el juego de soberanías.
Y respecto de Gibraltar, la cuestión es simple. La inverecundia británico-gibraltareña es tal que como también se ha dicho, el colonialismo, en lugar de mantenerse a la defensiva, está pasando crecientemente a la acción y tocando ya puntos hipersensibles en su permanente tergiversación de la relación primaria. Ello permitiría invocar una vez más y quizá definitivamente a Gondomar, y eso que todavía faltaba una centuria para que Albión, en otra de sus maniobras heterodoxas, tomara el Peñón: ¨A Ynglaterra metralla, que pueda descalabrarles¨. La traducción del aserto, el grado de su instrumentación, corresponde al gobierno.

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