Pocas veces el azar conduce a la fortuna; antes bien, la fortuna es el fruto de una acción compleja, positiva y consciente.
Para establecer un patrón en la naturaleza hemos de partir de una certeza o evidencia empírica: estimo con seguridad que “toda fuerza tiene su contraria”.
Así, la misma naturaleza que nos castiga con sus elementos, y nos aprieta con la escasez, nos dotó del ingenio necesario con que hacer frente a la adversidad.
Por otra parte, observo que la existencia, o ciclo temporal, tiene tres fases que están interrelacionadas.
Existe una realidad posible, o potencia; de la cual se sigue una realidad manifestada, o experiencia propiamente dicha; y una realidad acumulada, o memoria.
Dicho lo cual, es propio del político ingenioso aprender de la memoria, para condicionar la realidad posible, y de esta forma, hacer que la experiencia sea la buscada.
Dentro de la esfera de la salud mental hay estudios que aseguran que una de cada cuatro personas tendrá un problema de salud mental a lo largo de su vida.
Entonces, ¿por qué esperamos a que haya una pérdida significativa en el grado de salud mental para intervenir, y no creamos las condiciones sociales que reduzcan ese riesgo a su mínimo?
¿Por qué esperamos a que el tiempo muestre las cartas del dolor, y no hacemos que la política ordene y se adelante a la existencia? Esto sería más prudente, eficaz, y por supuesto, ingenioso y económico. Hay doctrinas que dicen que la experiencia es la única fuente de conocimiento, pero yo creo que también hay momentos de razón original.
El conocimiento, o experiencia, nos da los elementos de juicio, es cierto, si bien, para que haya justicia es obligado un juez que contraste el juicio según la condición humana. Yo creo que la condición humana, esa facultad de ver a través de los ojos del otro, es un conocimiento intuitivo. Tenemos la intuición de diferenciar el bien del mal.
De todas formas, la intuición ha de complementarse con el conocimiento adquirido. Cuanto más elaborado sea un lenguaje, mayor será la calidad de la justicia.
Si emitimos un juicio que no está basado en un lenguaje o conocimiento previo, y en un balance equilibrado del bien y del mal, la única lectura posible será la lectura de los instintos; aquello que nos aleja de la condición humana, algo impropio de nuestro ser.
Podemos hacer que la realidad aprenda y condicione lo venidero, y si este ciclo se completa varias veces, aparece ese estado del alma que es la madurez; la edad de la magistratura, según Platón.
En su República, Platón plantea que el poder debe ejercerlo el magistrado filósofo, por ser quien más elevó su espíritu, se deshizo de la ambición material, y se entregó a la formación de la ciencia y la oratoria.
En definitiva, para que hay un buen estado de salud mental, la existencia tiene que ser predecible. Hay que huir del cálculo, y abrazar la opción más ingeniosa. Inventemos nuestro presente.
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