En este momento histórico en el que los dados a jugar a los asustaviejas y falsos patriotas salen hasta de debajo de las piedras, cualquier debate en torno a un camino de buenas relaciones entre España y Marruecos acostumbra a ser despreciado. Como los hooligan de barrio, salen los del altavoz para empezar a acusar de promarroquí a todo aquel que considere que una línea fronteriza como la del Tarajal ya no puede ser por más tiempo el pozo de todas las podredumbres. Lo fue, allí se permitió de todo hasta lo inhumano, hasta lo bochornoso, hasta lo que siempre nos debió avergonzar como pueblo. Ahora se trata de escribir un cambio tan radical que, de una vez por todas, hablemos de frontera con fundamento.
Esto, que debería ser entendido por cualquiera, es motivo de crispación y de críticas pueriles por parte de los que pretenden vivir en una burbuja, que es lo mismo que ahogar Ceuta. Nada tiene que ver el pretender llevarse bien con el vecino de al lado con cuestionar la españolidad de las dos hermanas. Lo que sucede es que echar mano de esa combinación tiene su estrategia política que es la que explotan aquellos disfrazados de salvadores patriotas y de ceutíes de golpe en pecho.
El Tarajal tiene que ser un paso digno, con una regulación de personas, con una aduana comercial que permita un tráfico alejado de aquellas locuras del contrabando que generaron explotación y muertes. El Tarajal tiene que ser un paso en el que se sepa qué entra y qué sale. A eso aspira cualquier persona y para conseguirlo no queda más que llevarse bien con el vecino de al lado por muchas puñaladas traperas que guarde en la hemeroteca reciente.
Si viviéramos solo de miedos y de puñaladas, ni siquiera podríamos haber avanzado en la mínima consideración que hoy se tiene hacia partidos democráticos con historia convulsa.
Podemos afrontar este debate con la seriedad debida dejando de ser niños chicos y pandilleros juveniles que reclaman idioteces para empezar a reconocer que al otro lado tenemos un país con el que hay que llegar a acuerdos sí o sí.
Llegar a acuerdos significa eso, nada más. Buscarle vueltas a lo que no lo tiene es una farsa política para provecho de algunos que dicen amar a Ceuta más que a nada, menos a su bolsillo. Claro.
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