España y Marruecos anuncian, casi a la par, mejoras en sus espacios fronterizos. De cara a la galería son promesas para evitar la mancha en la imagen asociada a las inhumanas colas. En la práctica deben servir para que, de una vez por todas, cruzar el Tarajal no cueste más tiempo que irte en coche a la otra punta de España.
Las campañas de imagen pueden quedar en eso, en burdas maneras de representar que todo va bien cuando, en el fondo, sigamos igual de mal. Pero también pueden causar el efecto contrario, que realmente beneficien a los ciudadanos que marchan a Marruecos o regresan a Ceuta sin que en ello se dejen la paciencia y parte de la vida.
No hay nada peor que no saber cuándo terminarás cruzando, ni de qué manera, ni en qué condiciones.
A pesar de esa cadena de mensajes protestones y con cierto tufillo racista que siempre suele acompañar a todas las noticias que supongan una queja por el funcionamiento de la frontera, la verdad es que el tipo de tránsito que se aplique influye de manera determinante en el concepto que tengamos de esa vía terrestre entre ambos países.
Dar la espalda a esta realidad es tan absolutamente inmaduro que enredarse en críticas absurdas es perder el tiempo. España y Marruecos deben estrechar relaciones al máximo nivel no solo para disponer de una frontera adecuada y ágil, sino para sacarle el mayor partido posible evitando esas retenciones. Todo ello tiene que ir más allá de campañas de imagen que pueden tambalearse en la realidad del día a día y que quedan desmontadas con solo un par de fotografías, un vídeo y una sonada protesta.
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