Manos Solidarias, una oenegé que lleva tiempo trabajando con los inmigrantes en Marruecos, tenía intención de atender a la población subsahariana que se encuentra en muy mal estado para facilitarles ayuda humanitaria. Sí, ayuda humanitaria, ese término con el que se nos llena la boca cuando se trata de hablar de catástrofes que nos pillan lejos pero que repudiamos o evitamos cuando se trata de abordar de frente las terribles situaciones vividas al otro lado de la frontera.
Tras meses de conocimiento sobre el terreno, tenían decidido visitar mañana las zonas en las que los subsaharianos están peor, pero no lo podrán hacer. Una llamada de las autoridades marroquíes se lo ha prohibido. No pueden atender al que lo necesita, no pueden dispensar ayuda médica al herido, no pueden repartir medicamentos ni ropa. No hay explicación, son órdenes. El objetivo era poder atender a unas 400 personas que se encuentran en muy mal estado. Esas 400 personas se quedarán sin ayuda, sin atención en el mismo país que de unos años hacia acá incluye en los discursos oficiales la integración y el desarrollo en la atención a los inmigrantes, buscando de esta forma anular esa otra faceta tan radical que conocemos.
Esta oenegé es la misma que hace unos meses fue rodeada por agentes cuando estaban curando las heridas a los hombres que malviven en los bosques. Les quitaron todo lo que les entregaban. Robaban al pobre.
Este tipo de acciones debería hacernos recapacitar: ¿cómo se pueden llegar a estos extremos?, ¿a prohibir el reparto de ayuda humanitaria?, ¿a impedir que se ayuda al herido, al que tiene hambre? Curiosamente cada vez se extiende más el discurso del odio, del miedo y del rechazo. El Partido Popular ha sido un experto en eso. No tienen más que detenerse en los mensajes que escriben sobre las concertinas o en la forma de entender la política migratoria que aplican en sus leyes ininteligibles y cobardes. Y digo cobardes porque están pensadas para proteger a la clase política y hundir a los agentes a los que obligan a cometer actuaciones que no están tan claras.
Porque llegará un día en el que muchas de las acciones que se acometen ahora nos causan sonrojo y hasta lleguemos a plantearnos cómo fuimos capaces de sucumbir al mensaje del odio, del asalto, del miedo y del terror. Al mensaje en el que se generaliza lo que unos hacen a todo el colectivo. Ver con buenos ojos y no indignarse por lo que está pasando a nuestro lado debería ser delito. Pero hoy demasiados lo hacen suyo.





