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La fiesta del Parque

Leyendo 'El Faro de Ceuta' que trinqué encima de la barra del 'Sindi Bar' mientras miraba de reojo a mi compañero y hacía tiempo para que sacara la cartera, vi que aquella tarde había una gran celebración en el Parque. La presentación de un proyecto que vendían como la salvación de la economía local. En cuanto lo leí pensé que sería más de lo mismo, una chorrada pagada con fondos europeos que se queda en un titular en boca de algún señorito para darse publicidad, un baño de masas y seguir levitando.

Pero algo bueno tienen estos actos. Y es que hay comida y bebida de gratis, como todo lo que organizan las clases más distinguidas de la sociedad con el dinero de otros. Entonces comprendí que el destino, de vez en cuando, también se acuerda de los gañoteros. Me iba a colar con el arte que me caracteriza. Y eso lo sabía hasta el portero.

No iba a presentarme de cualquier manera. Me puse la camisa buena debajo del chándal de los Juegos del Estrecho, me calcé la gorra de Viajes Trujillo que guardo para las ocasiones señaladas y me perfumé con unas muestras de Victorio & Lucchino que cogí un día en Primor. Hay quien lo llama falta de vergüenza; yo prefiero definirlo como economía circular.

Aproveché que un vecino bajaba para el centro y me pegué a él con una naturalidad casi diplomática. En el coche me puso a Silvio Rodríguez -si llega a poner a José Manuel Soto me voy andando-. Mi vecino tenía mucha malaje pero había que reconocerle el buen gusto.

Al llegar, aquello era un espectáculo para los sentidos. Vasitos de esos que caben de un sorbo y cuestan un jornal, cucharitas con nombres franceses, croquetas de autor, miniburgers gourmet y unas cuantas delicatessen cuyo nombre no supe pronunciar, pero sí distinguir a la primera cuáles merecía la pena repetir.

Aquello entraba por los ojos. Hice un desmarque al primer palo y, a lo Marcos Fernández, ataqué el hueco entre la gente para plantarme delante de la bandeja con más porvenir. Pero justo cuando iba a culminar la jugada, levanté la vista y empecé a reconocer a más de uno.

Me dio asco encontrarme al empresario que exprime al obrero todo el año y luego presume de compromiso social delante de una copa de vino.

Me dio asco ver a algunos políticos que se pelean en el pleno por intereses particulares, pero brindan juntos cuando hay cámaras y catering.

Me dio asco reconocer a quienes venden a su ciudad por un sueldo, un cargo o una palmada en la espalda, y después hablan de dignidad como si la tuvieran en exclusiva.

Entonces comprendí que la dignidad valía más que todos aquellos manjares. Me marché de allí y me fui a comerme un campero de corazones y un Poms al Cancún. Por una vez gasté de mi dinero, con lo que soy yo para eso, pero aquella noche me fui para la cama muy satisfecho.

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