El alcalde ha encomendado a su equipo que lleve a cabo una exhibición de las obras que están desarrollándose en la ciudad. Ha llegado el momento de ‘vender’ el ladrillo, de hacer una campaña de imagen con la que dar a conocer lo que se está haciendo en distintos puntos de Ceuta. Ha entrado el síndrome previo a las elecciones aunque en esta ocasión nadie se juega los votos pero sí la credibilidad entre una ciudadanía demasiado cansada con las circunstancias sobrevenidas. En esa exhibición de las obras olvidan detalles importantes. Porque hablar de la reforma de Claudio Vázquez es lanzar escupitajos al aire al convertirse en el emblema de una obra mal iniciada y marcada por los retrasos y las quejas de los vecinos. Si se pudo hacer algo peor... aquí se ha cumplido. Hablar de la Plaza Nicaragua es contar el último capítulo de un culebrón histórico que ha tenido de todo menos de lo más importante: una investigación para buscar responsables en torno a lo que en cualquier otro lugar de España hubiera sido un escándalo mayúsculo. En cualquier lugar menos aquí.
El chorreo de actuaciones urbanísticas sirve para cumplir la papeleta del día mientras en otros puntos de la ciudad se acometen actuaciones sin sentido, se levantan aceras cuando habían sido construidas solo semanas antes y se despilfarra el dinero en actuaciones mal hechas que tendrán que volver a repetirse. Es la industria del poner ladrillo, quitar ladrillo con el coste extra para todos. Pero no hay nada que guste más que un paseo entre obreros y máquinas como representación de los terratenientes que recorren sus explotaciones con sus explotados para pasar revista. Aquí parece que funciona, tanto que entre visita y visita no queda margen para el reconocimiento de lo que se ha hecho mal, de lo que se permite que continúe mal y de lo que sencillamente no se ha hecho porque no era la prioridad política del momento.






