La barriada del Príncipe tiende a criminalizarse en su conjunto. Es el error que todos cometemos hasta en lo más doméstico: generalizar y generalizar. Por eso cuando hablamos de lo malo, se tiende a identificar a toda una vecindad con las criminales acciones de unos pocos. No es así.
Ayer muchos vecinos del barrio estaban asustados, molestos, enojados y hartos con lo que estaba sucediendo. Dris se encontraba todavía con vida, le habían trasladado en una ambulancia al hospital y la Policía buscaba a los implicados. Los vecinos mostraban su pesar y su hartazgo por no poder vivir en paz, por tener miedo a salir de sus casas, por ni siquiera tener valor para asomarse a la ventana y ver lo que está sucediendo. Y todo ello por los mismos criminales de siempre que terminan atemorizando a todos.
Un padre llevaba a sus niños al colegio y, apesadumbrado, se preguntaba por qué sus niños tenían que ver todo esto. Durante las largas horas de la madrugada llegaban madres asustadas porque sus hijos se habían quedado solos en casa y estaban atemorizados al escuchar los disparos; otros que no dudaban en decir en alto que estaban ya cansados de aguantar la situación, que ni siquiera dejaban ya a sus hijos en la calle.
Que una barriada viva con miedo es triste, es doloroso. También que se le acuse de cooperadora, de cómplice, cuando en el fondo muchos de estos vecinos son víctimas de una auténtica asfixia. Hay gente muy buena en ese barrio, trabajadores que no se meten con nadie y que viven con miedo, que son víctimas de lo que está pasando.
Esa situación extrema es la que se ha permitido. Hemos leído cuantiosas colaboraciones y cartas de vecinos que añoran aquellos tiempos en los que subían al Príncipe para, con tranquilidad, tomarse un café o charlar con amistades. Hoy hay miedo porque los interesados han provocado que lo haya y que se extienda a todos para garantizar así la cobertura que les mantiene ocultos, aguantando meses y meses en busca y captura.
Lo anómalo se ha convertido en normal porque se ha permitido. Los enrevesados tiempos que vivimos también deben ser de valentía para, precisamente, terminar con lo que nunca debió hacerse fuerte hasta hacer agonizar el barrio. Su buena gente no se lo merece.







Los delicuentes no quieren a la policia en el Principe, les espantan los "clientes", respecto a que los vecinos testefiquen o cooperen, no pueden, temen una vez fuera el delicuentes, empiezan las amenazas, algo parecido en pequeña escala al lejano oeste americano, el temido pistolero.