Opinión

Estar en el mar, en el viento y en la tierra

Esta mañana, la del alba sería cuando mi compañera y yo nos propusimos hacer un recorrido extraño: visitar aquellos lugares en los que dejamos las cenizas de amigos que habían fallecido.

Tenía esa cita pendiente, ese encuentro con personas que he compartido tanto: lugares, viajes, confidencias, infancias rescatadas, vidas caminadas y un hilo infinito cuya longitud salva todas las distancias geográficas.

José Manuel y Loli asumieron la muerte como una liberación de lo que llamaban " el cuerpo dolor". Asestados por enfermedades de una crueldad insoportable. Loli padecía ELA y José Manuel una leucemia. Los dos firmaron un testamento vital, los dos dejaron de luchar contra el muro infranqueable del destino.

José Manuel pasó los últimos años obsesionado con la muerte y en el budismo iba resolviendo dudas que lo sujetaban a la eternidad. En su " libro " EL NECRONOMICÓN, el libro de las almas perdidas" analizaba el aspecto social de la muerte y el final inevitable de la vida.

Me pidió que me encargara del prólogo y, entre otras reflexiones rescato las siguientes.

"Ahí estabas, ahí hablamos en silencio: el mar, el Faro, el viento, el monte cercano; ese era tu epitafio"

"Desde el eco producido en la inmensidad de la nada, sus palabras se convierten en poemas, en prosas poéticas aferradas a referencias filosóficas y literarias .

Y bajo una tempestad, frente a la lluvia, frente al olor de la tierra mojada en un bosque de guirnaldas, el libro de las almas perdidas entabla un diálogo con la muerte, con una sociedad aniquilada por la hipocresía, con el amor erótico y sensual que vence el dolor de la existencia , con la valentía de mirarle a los ojos a la parca para retarla desde una mortalidad que ella nunca conseguirá. Las nostalgias son esparcidas en la entropía del universo"

Hoy nos volvimos a encontrar en la playa del Faro bajo una pinada que llenaba la tierra y los arbustos de la hojarasca, de la acícula que se mezcla con el paisaje y se hace oír en cada pisada.

Ahí estabas, ahí hablamos en silencio: el mar, el Faro, el viento, el monte cercano; ese era tu epitafio.

Yo besé tus cabellos blancos de las olas, yo respire tu brisa. Yo olí el perfume del viento en el que te habías convertido.

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