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Espíritu olímpico

Estamos muy equivocados si pensamos que el verdadero espíritu olímpico son los récords, las medallas, los números, las ganancias de las compañías que están ayudando a hacer posible el evento deportivo.

Es mucho más es un mundo tan complejo, que cuando se desea desmenuzar entra en una zona tan apacible, con tanto amor a una sola cosa, como es el deporte, que muchas veces los que analizan todo, creen que es una pura ciencia ficción, pero no, es una realidad, donde los credos religiosos, culturas, formas de plantear nuestro día a día, cambian en una solidaridad, convivencia y forma de pensar única, e inigualable, donde la experiencia de un amor hacia nuestro deporte favorito, se derrama con tanto fuerza, que todos participan de esa esencia, y que desearían siguiera después de sus días de estancia en ese lugar tan idílico.

Muchos platican sobre exportar esa convivencia a los cuatro puntos cardinales, pero se encuentran con tantos inconvenientes, tantas cosas que después de estar en ese régimen cerrado, parece como un sueño tan bello, tan dulce, que nos hace soñar, y entrar en ese estado de limbo, tan deseado, pero que tenemos tan lejos, aunque por unos instantes haya sido un espejismo, tan preciado por aquellas sociedades en conflicto, que creen que está en desuso el salir con una sonrisa en los labios cada día de nuestras habitaciones y que la mantengan hasta volver al descanso nocturno.

Son generaciones que luchan por unas cosas tan preciadas, buscadas por el esfuerzo, habilidad, talento, esperanza de superación y excelencia, de unos muchachos con ganas de enseñar al público de lo que son capaces de hacer en su disciplina que defienden.

No solo lo notan los que conviven, sino también los que hacen posible aquello, por un lado los vigilantes de aquel espacio y lo principal la acción necesaria de unos hombres y mujeres que luchan a nivel de país, y otros a nivel mundial, para evitar rencillas impropias de un estatus tan sagrado como es el olimpismo.

Más de algún país desearía tener diplomáticos tan buenos como los que ascienden a estos puestos de confianza de los Comités Olímpicos internacionales, que serian unos profesionales en la diplomacia, y evitarían muchos derramamientos de sangre como hay hoy en día en el mundo.

Un espacio seguro, una quimera buscada, en muchos sitios, y sin embargo visto dentro de las villas olímpicas.

Nos gustaría que esto no se viera solo en estos periódicos de tiempo, sino siempre en nuestro querido planeta llamado Tierra y en todos los rincones de nuestro querido Globo.

P.D.: Gracias por darnos tus pensamientos, Señor Samaranch.

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