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España resiste el golpe del petróleo

Por José Aureliano Martín
15/03/2026 - 04:25
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Imagen cedida

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La guerra de Irán ha vuelto a recordarnos que la energía sigue siendo el talón de Aquiles de medio mundo. El petróleo sube, Europa se inquieta y el estrecho de Ormuz, ese embudo por el que pasa una quinta parte del crudo mundial, vuelve a ser protagonista. Pero esta vez España no aparece entre los países más vulnerables. Y eso, conviene decirlo, no es casualidad.

En los últimos años, el país ha construido un colchón energético que hoy marca la diferencia. Euronews lo resume con una frase que debería estar en cualquier debate público: “España ha invertido con fuerza en la energía eólica y solar, lo que ha dado lugar a algunos de los precios de la electricidad más bajos de Europa.”

Ese salto renovable, más de 40 gigavatios añadidos desde 2019, no es un dato técnico, sino una transformación profunda. Según el laboratorio Ember, “el crecimiento de la eólica y la solar ha reducido en un 75% la influencia de las centrales fósiles en el precio de la electricidad desde 2019.” Es decir: aunque el petróleo suba, la luz en España ya no depende de esos vaivenes. Y eso, en plena crisis geopolítica, es casi un lujo. España, por primera vez en décadas, amortigua esas ondas.

La conclusión es sencilla y, a la vez, incómoda para quienes aún dudan: la transición energética no es un gesto verde; es una política de Estado. Mientras Europa vuelve a temblar por el crudo, España comprueba que apostar por el sol y el viento no era una moda, sino una estrategia de supervivencia.

Lo explica bien Pedro Fresco en su último libro, El arte de impulsar el cambio. La receta es sencilla: hay que eliminar los combustibles fósiles y, para hacerlo, debemos sustituirlos por fuentes de energía descarbonizadas. También podríamos usar menos energía, aunque esto es complejo. Máxime en la ola reaccionaria y negacionista en la que nos encontramos, que acusa a los defensores del medio ambiente de ir contra los intereses de agricultores, consumidores y pequeñas empresas.

El panorama lo aclara el autor con datos. Hay tres combustibles fósiles que generan gases de efecto invernadero: carbón, petróleo y gas natural, cuyo consumo para la producción de energía está situado en el 28%, 33% y 24%, respectivamente. Para sustituirlos contamos con la energía fotovoltaica, la eólica y la hidráulica, además de otras fuentes como la biomasa, el biogás o la energía geotérmica. No incluimos la energía nuclear por los graves problemas de almacenamiento de residuos y de seguridad que conlleva. Con estas tecnologías y el almacenamiento en baterías, además de otros mecanismos, podríamos descarbonizar completamente los sistemas eléctricos del planeta.

O dicho de otra forma: alrededor de dos tercios de las emisiones humanas de gases de efecto invernadero podrían eliminarse con la extensión masiva de tres tecnologías: renovables, vehículos eléctricos y bombas de calor. De esta forma, en materia de emisiones, “volveríamos al nivel de finales de los sesenta del siglo pasado y conseguiríamos evitar los peores escenarios de cambio climático”, según explica el autor.

Por tanto, el rechazo de determinados sectores del ecologismo a cuestiones como la instalación de parques de renovables, la generalización del vehículo eléctrico o incluso las políticas de eficiencia energética es, bajo mi punto de vista, un error que solo conduce al pesimismo de la ciudadanía.

Sin negar que la energía fotovoltaica en los tejados y el fomento del autoconsumo son buenas alternativas, o que los parques renovables deben mejorar en su impacto, o que también es necesario reducir el consumo energético y fomentar el transporte público, las alternativas explicadas anteriormente son necesarias para combatir el cambio climático sin trasladar a la ciudadanía la idea de que la transición energética exige sacrificios personales imposibles. Ese discurso solo alimenta el negacionismo y el rechazo al ecologismo.

Nuestro país ha escogido un buen camino. Profundizar en él es una cuestión vital para nuestro futuro.

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