La XI cumbre bilateral celebrada entre España y Marruecos ha servido para poner encima de la mesa asuntos clave para ambos países, obligados a mantener una colaboración estrecha para frenar problemas que, de forma más o menos directa, afectan a ambos. Desde la inmigración hasta el yihadismo, pasando por asuntos vinculados al desarrollo social.
Sobre todo esto, están obligados a hablar, a buscar puntos de encuentro, a avanzar para lograr mejoras que, indirectamente, repercutirán en la ciudadanía. La recurrente reivindicación de Ceuta y Melilla que acostumbra a poner encima de la mesa el vecino país no ha obtenido protagonismo alguno en esta cumbre. No lo ha tenido... de momento. La advertencia del primer ministro marroquí, Abdelilá Benkiran es clara: “Ceuta y Melilla es un tema antiguo del que vamos a seguir hablando... ya hablaremos más adelante”, dijo. La cordialidad y buenas maneras, obligadas por el interés en recuperar un tono político de colaboración (a ambos países interesa) han pesado sobremanera para no volver a generar una crispación en torno a este asunto. No obstante, al igual que Benkiran incurre en valoraciones de este tipo, el Gobierno de España debe dejar claro todo lo contrario: que sobre Ceuta y Melilla no hay nada que hablar, ni ahora ni más adelante. Las buenas relaciones basadas en una confianza necesaria no pueden ser obstáculo para que las instituciones españolas no dejen claro la inviolable identidad y situación política de las dos ciudades hermanas. Este asunto no se toca, ni ahora, ni después. Por derecho e historia. Siempre.





