Los estados miembros de la Unión Europea se sientan en la misma mesa con un único objetivo: intentar erradicar la esclavitud que se sigue estilando hoy en día. Una esclavitud que, aquí, en Ceuta la tenemos cerca. En el CETI hay hombres y mujeres obligados a pagar su periplo a las mafias de origen. Son esclavos que buscan a la desesperada una salida y que terminan su vida moviéndose en los círculos mafiosos. Las mujeres se ven obligadas a ejercer la prostitución bajo amenazas que a menudo son cumplidas. Hay residentes en el Jaral que han visto cómo las chabolas en las que residen sus familiares eran quemadas o éstos golpeados porque ellas se han negado, por ejemplo, a prostituirse. No es un caso aislado, son varios ya los que se han producido, existiendo conexiones entre mafias centralizadas en los distintos centros de estancia temporal.Esa esclavitud forma parte de la agenda diaria con la que nos podemos topar. No es necesario acudir a países subdesarrollados para conocer historias de sometimientos, obligaciones, presiones y maltratos. Atajar, como los políticos quieren, este tipo de esclavitud en pleno siglo XXI no es tan fácil como nos quieren hacer ver. Sobre todo cuando abordamos esclavitudes aceptadas por el subconsciente de todos nosotros. ¿O no es esclavitud tener a un hombre trabajando en un negocio, sin papeles, todos los días, por no más de 200 euros que se pagarán cuando el empresario quiera? No nos llevemos las manos a la cabeza, eso ocurre aquí en Ceuta. Como también ocurre abandonar a una chica porque se ha quedado embarazada y el niño viene con alguna malformación. El querido de turno argumenta que el bebé no es suyo y la joven, marroquí, se queda atrapada en este limbo, sin poder ir a Marruecos porque le tratarían como una prostituta y se enfrentaría a pena de prisión, y sin poder salir de la miseria en Ceuta.Eso también es esclavitud, pero no sale en las televisiones.
De este tipo de foros europeos espero bien poco. Se firman declaraciones, acuerdos, normativas que quedan muy bien sobre el papel, calma las conciencias de los demás y sirven para que creamos que desde nuestras parcelas de poder estamos haciendo algo más. La realidad de nuestras calles nos escupe una verdad bien distinta. Esa que nos cruzamos a diario pero a la que tememos ponerle una etiqueta. Así se vive mejor.
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