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Escapada a la desesperada y... ¿organizada?

Es una constante en el puerto. Una y otra vez los inmigrantes, residentes o no del CETI, se acercan al puerto para intentar buscar la oportunidad que les llevará al otro lado del Estrecho.

Es un camino aprendido e incluso, se sospecha, organizado. No hay más que analizar las cifras de manera objetiva, ponerlas encima de la mesa y observar las nacionalidades de quienes, curiosamente, no acostumbran a permanecer más de tres meses en la ciudad después de haber sido introducidos en Ceuta. ¿Hablamos de un efecto llamada organizado por las mafias?, ¿existe una red que preferentemente trabaja con argelinos y subsaharianos de poder adquisitivo, que les ‘vende’ la posibilidad de colarse en Ceuta y garantizarles su escapada en un plazo de tiempo reducido?
En lo que va de año la Guardia Civil ha hecho más de 500 intervenciones de este tipo en el puerto. Son servicios que se refieren a las veces en las que las patrullas del Instituto Armado han sorprendido a inmigrantes intentando colarse en camiones, autobuses o coches que van a embarcar con destino a la península. Ese grueso de actuaciones esconde situaciones pintorescas, como la de un residente del CETI que ha sido detenido hasta en 12 ocasiones intentando hacer lo mismo: aproximarse a un vehículo, mirar que nadie le vea, y colarse... así hasta que la Guardia Civil le sorprende, apunta su servicio en las listas de novedades y le ‘manda’ de nuevo al Jaral.  De las más de 500 intervenciones, 180 se refieren a marroquíes y 304 a residentes del CETI (154 a súbditos argelinos y 150 a subsaharianos). Haciendo la criba de esas 304 intervenciones y analizando uno por uno a todos los inmigrantes para eliminar las repeticiones de intentos (ya que varios de estos servicios pueden referirse a un mismo inmigrante que insiste en su escapada), el resultado nos da que, en lo que va de año, la Benemérita ha sorprendido a 175 inmigrantes residentes del CETI intentando escapar por el puerto.
¿Pero cuántos inmigrantes sí consiguieron burlar los controles del Instituto Armado o de otras fuerzas de seguridad ocultándose en camiones o llegando a los barcos de otra manera? Haberlos los hay, y muchos. Desde enero hasta el pasado octubre, el CETI ha registrado 105 bajas de inmigrantes. Son bajas no oficiales, ajenas a las salidas que organiza el Área de Inmigración de los llamados colectivos vulnerables y ajenas a las preparadas por la Policía Nacional para sacar a sin papeles con destino directo a los CIE. Son bajas de inmigrantes, sobre todo argelinos (de esta nacionalidad son 73 de esos 105), de los que nunca más supo el CETI hasta que llamaron a sus compatriotas para informarles de que ya lo habían conseguido: estaban en el otro lado. Esos 105 inmigrantes, esos 105 éxitos, son los que alimentan este tipo de tráfico clandestino, los que consiguen que el camino hacia el puerto siga en auge, sólo paralizado en determinadas épocas ante el acoso policial que se produce de forma gradual.
¿Es posible hablar de una trama organizada encargada de canalizar esas salidas? Eso es lo que se sospecha. Lo curioso es que el colectivo que más rápido consigue escapar de Ceuta es el de los argelinos y el de determinado grupo de subsaharianos. No pasan más de tres meses en el CETI, en detrimento de los colectivos más antiguos que llevan hasta 18 meses esperando una salida del campamento y que ya han protagonizado más de un amago de motín debido a que ven cómo otros compatriotas salen antes o, sencillamente, ‘desaparecen’. Ellos, en cambio, integrados y adaptados, esperando la salida legal, pasan más tiempo del que recomienda la propia dirección del campamento e incluso el Defensor del Pueblo.
La entrada de un argelino en la ciudad  no resulta complicada. La Policía Nacional no controla la documentación de las personas que entran andando en la ciudad. Es imposible. Sólo lo hace de manera aleatoria dependiendo la ‘visión’ y sospecha del policía de turno. Esa es una de las razones de por qué puede colarse en Ceuta un individuo con una orden de expulsión dictada por un juzgado peninsular por tentativa de homicidio y volver a delinquir en la ciudad, yéndose de ‘rositas’. Y esa es la razón por la que puede colarse no uno sino los argelinos que quieran o puedan, simulando, con pasaportes nuevos y falsificados, ser marroquíes. ¿Quién es el sagaz policía capaz de darles el alto? Los agentes a pie de campo saben que es imposible, por mucho que la clase política venda sus controles exitosos de una frontera supuestamente ejemplar.
Estos inmigrantes llegan a Ceuta, pasan por el CETI, y consiguen, en menos de tres meses, estar en la península. Saben la manera porque vienen con la lección aprendida. Los 73 ‘desaparecidos’ del CETI este año son un buen reflejo de que el ‘negocio argelino’ funciona. La UCRIF de la Policía Nacional de Ceuta ya desarticuló una red que se dedicaba a dar salida a este colectivo con documentación falsa, contando con infraestructura desde el propio CETI. En Melilla, la misma ya lleva desarticuladas al menos tres. Todas iguales. Las fronteras son permeables y la salida no resulta complicada. Cada mes, se estima, se cuela alrededor de una veintena de argelinos de esta manera. Y salen.
Es la misma forma que se oferta a los subsaharianos que, en goteo, siguen entrando en la ciudad. No son los de las balsas playeras que rescata, exhaustos, la Guardia Civil. Son otros. Los que consiguen, una media de seis al mes, buscar el pase de otra forma. Si la Benemérita y la Policía Nacional han localizado ya dos coches que se dedicaban a ocultar a subsaharianos en dobles fondos, la Policía marroquí ya ha localizado, por su parte, a otros dos más. En uno de estos operativos resultaron detenidos y condenados dos ceutíes, que se encuentran ya en la cárcel de Tetuán.
¿Hay más vehículos implicados en este tipo de entrada? Debe, puesto que las entradas por goteo que llegan al Jaral no son siempre las que oficialmente se conocen, así que hay más puertas de acceso que el amplio mar. Determinadas nacionalidades consiguen salir en un periodo corto de tiempo, lo que viene a ratificar la floreciente actividad de esas mafias que alimentan un negocio que persiste y que apuntan sólo a un sector concreto. La pregunta clave está en la forma elegida para la escapada. Las cifras de acoso policial de la Guardia Civil (más de 500 intervenciones en lo que va de año demuestran una presión  notable) apuntan a que no sólo la salida está en el camión. Pero resolver este acertijo ya es menester de otros profesionales y otros despachos.

 

La ‘fuga’ de menores, lo que más preocupa

Toda escapada tiene un riesgo. Son varios los inmigrantes adultos que han fallecido utilizando este modus operandi. En Ceuta se han conocido ya tres muertes de sin papeles que murieron aplastados dentro de contenedores, antes de que el camión de residuos partiera con la carga desde la planta de transferencia del Hacho. Es la cifra que se tiene, pero no la real. Ahora, saber que son los propios MENA los que están echando mano de estos recursos asusta y preocupa. El mes pasado un grupo de estos menores fue localizado en la península después de haberse colado en la misma planta. Algunos han regresado al estar tutelados por la Ciudad.  Los propios responsables de la planta del Hacho ya han advertido de estas prácticas, así como de la mayor presencia de menores en su entorno. En el puerto sucede lo mismo. Otros niños que se niegan a vivir en ‘La Esperanza’ o que se han escapado del centro porque, dicen, hay un grupo que les pega y roba, protagoniza los intentos de marchar a la península.
La Benemérita ha hecho 60 intervenciones sólo de menores en lo que va de año. Niños y adolescentes que han sido sorprendidos ocultos dentro de camiones, resolviendo, en algunos casos, situaciones de auténtico riesgo para su vida.
Entre intento e intento, pasan su vida en el puerto, ocultándose en las escolleras y siendo manipulados por adultos que les instan a la comisión de robos. Son los otros MENA que evitan permanecer bajo la tutela de la Ciudad y que, una vez son interceptados por las fuerzas de seguridad y trasladados al centro, buscan el momento adecuado para escapar de él y regresar a las andadas. Se trata, en todos los casos, de marroquíes que han entrado por la frontera y que forman parte del grupo menos controlado que hay en la ciudad. Desde el Área de Menores se trabaja para intentar que la totalidad esté bajo su tutela para evitar, precisamente, estos casos de huidas desesperadas o delincuencia. La problemática, no obstante, persiste. Los datos lo muestran.

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