El currículum de Adolfo Hernández Lafuente incluye un doctorado en Ciencias Políticas y puestos de profesor en las universidades Complutense y Carlos III, pero también un listado interminable de altos cargos en la Administración central. Ceutí, director y subdirector general en varios ministerios, jefe de gabinete... como funcionario de carrera ha tomado el pulso durante décadas a un entramado burocrático que, teme, ha cometido el pecado de alejarse del ciudadano. Sobre esa desafección hacia la clase política y la irrupción de los nuevos partidos disertará en la Biblioteca Pública a partir de las 20:00.
–El título de su conferencia incluye dos conceptos muy sintomáticos del escenario político actual: desafección y cambios.
–El momento es el que lo provoca. Es un año electoral como no hemos tenido otro: jamás habíamos conocido en democracia uno con cinco consultas. Nos vamos a hartar de elecciones. Pero lo importante no es eso, sino que está en juego la salida de la crisis económica y todo lo que ésta ha planteado en sus vertientes política, ética, social... Estamos en un momento de absoluta ebullición y gran desconcierto en el que hay un desencanto hacia la política, donde hay millones de ciudadanos huérfanos, sin saber a quién votar. Y por otro lado es un momento importante para estar bien informado, para saber elegir y ver qué mensaje se manda a los políticos ante tanta experiencia mala que hemos tenido.
–En esa transformación se repite hasta la saciedad la cantinela del fin del bipartidismo. ¿Tiene los días contados o lo hemos matado antes de tiempo?
–Ya lo veremos. Es verdad que posiblemente es de lo que más se esté hablando, pero porque es una de las notas que más destacan en los sondeos y en las últimas consultas, la andaluza o la europea. Pero la crisis no está sólo en eso, en el bipartidismo, sino en una manera de hacer política, un estilo de cómo se forman los políticos, cuál es la atención que se presta a lo que está pasando. Pero el año es aún largo y esto es como una carrera, a ver quién llega al final. Puede haber cuatro grandes partidos, menos partidos... hay opiniones para todos los gustos. Pero lo importante es ver cuáles son los vectores que más nos van a afectar. La desafección es más grave que el desencanto: lo segundo permite cambiar de un político a otro, pero en lo primero hay una posición de descontento con el sistema que afecta a la legitimidad de las instituciones que mantenemos. Es un momento en el que la política importa y no podemos estar pasando de ella por muy desgraciada que hayan sido las experiencias.
–¿Podemos y Ciudadanos son la expresión de ese desencanto o beben de otras fuentes?
–Hay una gran diferencia entre lo que pasa en España y lo que pasa en el resto del continente, donde la mayoría de los partidos que surgen con fuerte implantación son de extrema derecha. Pero en España es diferente: Podemos es una formación que intenta ocupar un espacio transversal, que viene de una ideología más de extrema izquierda y su idea es posicionarse en todo el espectro. Ciudadanos quiere ocupar la vieja imagen de la UCD, que implosionó en su momento.
–¿Que el bipartidismo tenga fecha de caducidad es bueno o se corre el riesgo de caer en una ingobernabilidad a la italiana?
–Esa es que la clave de los efectos, porque a la larga va a producirse un cierto fraccionamiento político. Ya pasó en 2011 y ha pasado en las andaluzas, donde en el Parlamento autonómico había tres fuerzas y ahora habrá cinco. Nadie pensaba que en Huelva o Granada, provincias pequeñas, tengan representación cinco partidos. Parecía imposible por el sistema y el número de escaños, y sin embargo el dato está ahí. Por sí mismo no es malo, pero el problema es que eso exige un debate en profundidad, una visión global de los problemas, porque no tenemos cultura de pactos, de coaliciones, de que aunque haya un solo Gobierno será necesario ir haciendo acuerdos constantes como va a ocurrir en Andalucía....
–Con los programas aún sin definir a meses de las elecciones, ¿llegarán Podemos y Ciudadanos a tiempo a las generales?
–El gran problema de estos dos partidos es que las elecciones les han llegado muy pronto. Normalmente hacer una lista de candidatos para las europeas es fácil, sólo tienes que rellenar una lista. Pero las municipales son las más difíciles para un partido de organizar, porque requiere más de 8.000 candidaturas con programas concretos. Un ayuntamiento no puede ir vendiendo humo, tienes que ir hablando de cosas concretas y coordinar un programa que en cada territorio concrete la respuesta a su problemática. Para mí son un misterio: si pueden presentar candidaturas en municipios mayores de 20.000 habitantes, que ya es un montón, y coordinar programas que tengan realmente un impacto sería una sorpresa. No lo ha hecho nadie.
–Los movimientos que hagan en estos meses serán también decisivos...
–A un partido nuevo como Ciudadanos, en la situación en que ha salido de las elecciones andaluzas, no le interesa por ejemplo pactar, porque su identidad no la ha construido todavía. Y si se mete en un gobierno de coalición tampoco porque no tiene experiencia. La situación es rara y difícil de abordar, muy compleja. Y ya veremos lo que pasa, pero ese problema de desafección no está siendo solo de los partidos nuevos, sino también de los antiguos. El PSOE, por ejemplo, en sus listas en Cataluña está teniendo problemas tremendos.
–¿Se ha abierto una herida insalvable con el electorado?
–Sí, se está abriendo una brecha importante, una incomunicación, porque las preocupaciones de unos no tienen nada que ver con las de otros. Esa sensación de viudedad y orfandad existe. Ha cambiado todo el estilo de hacer política. Hay quien se ha vuelto profesional, más clientelar, más complejo. No se atiende realmente al día a día... El otro día escuchaba a Gerónimo Saavedra [exministro socialista de Administraciones Públicas y de Educación y Ciencia] decir “si mis compañeros están ocupados en no perder el puesto o en ver si pueden tener el anterior no se pueden dedicar a atender a los ciudadanos”. Por ahí van las claves.
–¿Y la corrupción le ha dado la puntilla al crédito político?
–Sí, porque estamos viendo ahora todo lo que ha ocurrido, el iceberg que surge, y además cómo han empezado los procesos. Es un tema gordo. No habíamos tenido ese clima corrupto que había en Italia o en Grecia, pero de pronto ha empezado a salir y es tremendo.
–¿Hay forma de cicatrizarlo?
–La limpieza y el orden que se pueda poner llevará su tiempo, pero imagino que eso tiene salida. En los países democráticos la adaptabilidad del sistema siempre es una solución, pero el problema es que todo eso, más la crisis, más todo lo que nos ha ido viniendo, ha generado una desconfianza tremenda. Es como lo del sistema financiero: cuando hablas con los banqueros dicen “es que el ciudadano, el cliente, se ha convertido en un quebradero...”. Una leche, el ciudadano es que desconfía de a quién le va a dejar su dinero, que puede ser un trilero que se lo va a hacer desaparecer. Si no hay confianza en el sistema todo es un artificio, y en política aún más. Si no crees que tu representante va a responder a tus intereses y que se te ningunea, la brecha se va abriendo y no es nada buena. El problema de futuro es gordo. Ya hemos visto que esto no es nada estable, que se nos va el garito a la primera de cambio, y más en tiempos de globalidad. Y esos problemas que se plantean requieren que haya políticos con experiencia importante.
–No abundan, ¿no?
–La cuestión más visible es que no hay ideas en los partidos políticos, no nos aportan nada. Se hace todo a un corto plazo, en función de lo que los medios van diciendo. ¿Y los grandes problemas quién los soluciona? Nos van a aplastar. Y ese es el temor del ciudadano. ¿Es eficaz quien va a resolver mis problemas? ¿Sabe de qué va esto? Porque la crisis no la olió ninguno y salir de ella está siendo de lo más complejo. Está justificado el clima que hay. Las soluciones también implican al ciudadano, que debe estar bien informado y mandar mensajes claros al político: no quiere representantes que no lo hagan bien. Si no me representas bien te quito el mandato. Y la clase política se debe ir adaptando a nuevas demandas, que se acabe ya el chalaneo y el “y tú más” que no arregla nada. Eso sí, ser político de la noche a la mañana no es fácil sino que se hace haciendo política. La solución a los problemas políticos es más política. No podemos estar con la desafección a la política porque entonces los problemas no los vamos a resolver. Hay que dar un aldabonazo en este momento, que no es para estar mirando a Antequera.
–¿Qué le sugiere ese nuevo concepto de ‘casta’?
–Aquí no hay conceptos inocentes. Todo concepto está bien definido y tiene un objetivo. La casta surge dentro de la ideología de un movimiento político que en el país representa Podemos y que aprovecha un nuevo enfrentamiento dentro de la sociedad, el divorcio entre ciudadanos y políticos. Es una ventana de oportunidad. La pregunta es: ¿haces política antisistema, criticas el sistema (algo que es sano y anima el escenario) pero una vez que te has metido en esa historia... qué vas a hacer, cómo superas la contradicción de no ser casta y de pronto convertirte en ella y de ocupar el engranaje y demás? ¿Cómo va a salir eso? Ya lo veremos.
–¿Podrá el PP lanzar un mensaje convincente en las generales si finalmente la recuperación económica no es tan palpable para el ciudadano como desea?
–Ahora se están preparando las listas electorales, es el momento álgido en el que esas cosas se diseñan. La cuestión es que como ciudadano tenemos que saber que esta crisis durará en resolverse, porque en todos los sitios se piensa que al menos una generación va a verse afectada. Es más duradera que la de la Gran Depresión de los años 30, más profunda. Hay un problema insólito: la juventud está sin horizontes para encontrar trabajo. Todo lo que vivimos es nuevo, no es una repetición histórica. Nos hemos salvado por los pelos, podía haberse roto todo el sistema, y tenemos que ver cómo solucionamos esto en un tenderete global tan complejo. Necesitamos gente más experta porque los problemas son cada vez más profundos. La urgencia es una de las cuestiones clave: cambiar el sentido del tiempo del político, que no es el mismo que el del ciudadano, que quiere ver resueltos sus problemas y los quiere resueltos ya. Pero cuando el ciclo lo determina el periodo electoral y el mandato, y las cosas que inaugurar... A veces se piensa que un mandato se puede administrar con temas menores, que los mayores no me cogerán y ya le cogerán a otro. Esa ha sido una práctica en los últimos años: por ejemplo para qué abordar la financiación de los partidos si ahora mismo no tengo un clima para llegar a acuerdos. Pues lo dejo... pero llega un momento en que te planteas qué está pasando, por qué no se ha abordado, y es porque el tiempo del ciudadano no coincide con el del político.
–¿Conseguirá el PSOE encontrar de nuevo su sitio?
–Lo del PSOE se define como aquello de la soledad del corredor de fondo. Tiene que buscar sus propias soluciones para salir del pozo, de esta crisis, pero lo que tenga que hacer en todas estas campañas no está muy lejos de todo lo que hablamos: cómo ganarse la confianza de la gente, cómo afrontar la honradez, cómo pensar que el buen político igual no está entre sus filas y clientelarmente hay que abrirse. Madrid ha buscado un candidato independiente [el exministro Ángel Gabilondo] y con perfil negociador, más de un político que parece que en época pasada sería un ingenuo que se metería en la olla a presión y saltaría en pedazos, pero igual no se han equivocado. Lo que viene es un escenario en el que habrá que negociar, pacientemente, sin irritación, sin que nos suelten sermones. Alguien que tiene que decir “reflexiono sobre lo que tenemos que hacer, pienso en buscar el arraigo ciudadano y lo que a éste le preocupa y busco otra manera de moverme en el terreno político”. Ese es el reto. Como no se transforme, como no busque sus propias soluciones, mal irá.
–¿Imagina un escenario en el que el PSOE no estuviera entre los dos partidos más votados?
–Otras veces la bola de cristal que los analistas vemos nos dice algo, pero llevo tiempo diciendo que el año es muy largo en tiempo político, y puede pasar cualquier cosa. Los mismos sondeos influyen en la opinión de los ciudadanos, que tenemos que posicionarnos. Eso se traduce en una demanda a los políticos, que tienen que llegarnos con un mensaje claro. Como no lleguen no habrá transformación política y tendremos más de lo mismo. Y si tenemos más de lo mismo, malo... En 2011 ya teníamos crisis del bipartidismo, ya estaba ahí. Era la antesala de lo que hemos ido viviendo. ¿Va a haber más de lo mismo o algo más claro? La desafección es como un cabreo que se va extendiendo y dice “hasta aquí hemos llegado”. Es la incógnita, debatimos o hacemos lo que hemos hecho siempre...
–¿La desafección política en Cataluña tiene solución?
–Es una variante de lo que estamos hablando. La singularidad es que han buscado una salida diferente a la que habría que buscar las raíces. Tenemos tan mala cultura en la práctica política que las coaliciones han sido nefastas. El tripartito fue una experiencia desastrosa: condujo a un descalabro de aspiraciones, de decisiones mal tomadas, de chalaneo. El ciudadano no se enteró muy bien de qué estaba pasando con la reforma del Estatuto, las demandas de uno, las declaraciones de otro, aceptar aquello de lo que viniera del Parlamento catalán... Con eso no se juega. Se pone en papel pero luego hay que llevarlo a la práctica. El tripartito dejó Cataluña en una situación de expectativas no aclaradas.
–¿Y el independentismo seguirá en auge o ha tocado techo?
–El independentismo ha sido una táctica política muy clásica, porque nos hemos empeñado en describirlo como algo que tenía sus raíces, sus razones, pero yo nunca lo he entendido así. Cualquier analista político serio diría que el nacionalismo es un problema de poder, porque lo que le une es que quiere su ámbito de poder para poder repartirse los puestos. Algunos cuando han visto destapar la olla de la corrupción han pensado “cuando corten todos los cordeles con el sistema de control del Estado esto será viva Jauja”. Recuerdo que siempre se identificaba a Cataluña con el sentido común, con el famoso seny, y todo eso se ha ido al garete con una dinámica alocada de todo o nada. La estabilidad catalana de pronto ha quedado comprometida con ser distinta, pero también con que eso puede ser el resultado de una aventura frustrada. Estamos en un impasse, y las encuestas dicen que ese énfasis nacionalista e independentista ha bajado. Hay que quitarse el hábito de meternos en la bandera, del sentimiento, de ser agraviados, pero del otro lado no hemos hecho nada para ponernos de acuerdo. La democracia se basa en el diálogo, es lo que la define. Se da el mando a quien te puede sacar del temporal.
La “lección” de aquel triunfo del GIL
Hernández Lafuente plasmó el año pasado el perfil del electorado local en su obra Elecciones y partidos políticos en Ceuta y Melilla. El libro traza las peculiaridades de un censo que, según su visión, es un “laboratorio muy interesante”. Por ejemplo por un alto abstencionismo, el más alto de toda España, pero también por un índice de participación que, al contrario de lo que podría aventurarse, es mucho más alto en las barriadas de mayoría musulmana que en el resto. El otro foco de análisis es el origen de la desafección hacia la clase política, el objeto central de la conferencia que pronunciará esta tarde en la Biblioteca Pública. “Tiene unas raíces históricas que vienen de una experiencia singular y que se acentuaron en la expresión del populismo que representó el GIL en 1999”, asegura. Aquel fenómeno, considera, “llevó hasta sus últimas consecuencias la españolidad, el creer que nos dejaban abandonados”, algo que luego colocó “al ciudadano en el disparadero de pensar, de pronto, que alguien de fuera a quien no se conocía llegaba y trastocaba el mapa político”. Las consecuencias fueron “implacables”, una “lección” que marcó un punto de inflexión en el acceso del PP al poder, dejando a la oposición desde entonces “sin levantar cabeza”.






