En plena jornada de Nochebuena tenía lugar el entierro del joven subsahariano de no más de 20 años ahogado el pasado 3 de diciembre en Benzú. No se ha podido saber su identidad, queda por siempre en uno de los nichos de Santa Catalina.
Tras actos de este tipo siempre asoman las mismas preguntas, esas referidas a qué sabrá la familia de este joven sobre su paradero, si pensarán que se olvidó de sus raíces. Es duro que nunca lleguen a conocer que esa travesía terminó de la peor de las maneras: dejando la vida en el camino.
Enterrar a uno de los inmigrantes sin saber quién es supone uno de los grandes fracasos de un sistema que no funciona.
Cerrar el duelo es básico para cualquiera, y eso solo se consigue sabiendo todos los detalles de una historia trágica para que sus madres lloren, pero también sepan dónde quedaron sus hijos. Son muchos los inmigrantes que han sido enterrados en los cementerios de Ceuta sin que nunca se haya sabido quiénes eran y, por tanto, no haya existido comunicación a sus familias.
Podría hacerse muchísimo más si a ese gesto se le diera la importancia debida, si se entendiera como algo más que un mero trámite, si se asumieran todas las consecuencias de no lograr poner nombre y apellidos a quien pierde la vida en el mar o saltando la valla.
No solo valen los discursos oficiales, tampoco los mensajes repetidos de las asociaciones. Hay que hacer mucho más porque con lamentos no se consuela a una familia que ni siquiera sabe dónde terminó su ser querido. Con frases hechas no se ayuda a soportar ese dolor.
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