La vulnerabilidad del flanco este de Europa (primera línea defensiva) es motivo de preocupación tras la invasión rusa de Ucrania (24/II/2022). Para cubrir estas brechas, naciones como España han aumentado su presencia, liderando el Battle Group multinacional de la OTAN en Eslovaquia (MN BG SVK) y aportando tropas en Letonia y Lituania. Si bien, los países bálticos y Polonia enfrentan un riesgo asiduo por la violación de su espacio aéreo y fronteras mediante drones y misiles. Lo que ha llevado a los estados de la región a exigir a la Unión Europea (UE) un sistema común anti drones.
A ello hay que añadir que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es consciente de las prioridades de Washington y de la necesidad de asumir mayor responsabilidad propia, viéndose obligada a adaptar sus estrategias de seguridad regional, dado el repliegue parcial de tropas estadounidenses en este frente.
Dicho esto, los países del este de Europa que integran la Alianza Atlántica concentran el principal despliegue militar entre el mar Báltico y el mar Negro, apremiando a redefinir prioridades y desde entonces ese eje geográfico ha pasado a llamarse en el lenguaje oficial, el ‘flanco este’ y del que sus países reclaman más músculo europeo. Esta franja engloba desde Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania en el norte, hasta Rumanía y Bulgaria en el sur, pasando por Polonia, Eslovaquia y Hungría en el centro. Son los países que limitan con la Federación de Rusia o con su entorno contiguo y cada uno desempeña el mismo cometido: operar como primera línea defensiva de la Alianza. Y es que cada uno acoge un grupo de combate multinacional apto para intervenir de inmediato.
La OTAN ha incorporado a esos contingentes patrullas navales, sistemas de defensa aérea y vigilancia permanente. El propósito es disuadir y poseer la capacidad de respuesta a punto antes de que se origine cualquier eventualidad.
Como quiera que sea, esta realidad evidencia el grado de esfuerzo. Rusia conserva fuerzas significativas en su divisoria occidental y en Bielorrusia. En tanto, la Alianza Atlántica admite que cualquier tensión en esa línea perturbaría claramente a la seguridad del continente. Ni que decir tiene que el Artículo 5 del Tratado de Washington que compromete a la defensa colectiva, es la señal como una flecha: un ataque contra uno es un ataque contra todos.
En breve espacio de tiempo, la OTAN ha transitado de una representación, poco más o menos, simbólica en el este a un modelo de defensa avanzada con tropas listas para desenvolverse cuanto antes. Obviamente, ese cambio ha reacomodado la política de seguridad europea.
Ejemplo de ello es el caso concreto del Reino de España, encabezando desde 2024 el grupo multinacional desplegado en la base eslovaca de Lest. El Ejército de Tierra proporciona activos humanos con unidades como la Brigada Galicia VII y la Legión a la cabeza de la misión. Indudablemente, este contexto entraña un avance cualitativo: de intervenir con tropas a mandar uno de los pilares esenciales del mecanismo aliado.
En Letonia, militares españoles actúan en la base de Adazi con carros Leopardo 2E y vehículos de combate Pizarro, lo que erige al contingente en uno de los más pujantes de la tarea báltica. Asimismo, la Fuerza Aérea coopera con cazas Eurofighter que se turnan por bases como Siauliai (Lituania), para contraer misiones de policía aérea: interceptar aeronaves no identificadas e inspeccionar el tráfico militar en la región. A su vez, la Armada mantiene fragatas y cazaminas en agrupaciones navales de la OTAN que vigilan el Atlántico Norte y salvaguardan corredores de navegación e infraestructuras estratégicas.
Con lo cual, España ya no es un escalón secundario en el este de Europa: mantiene tropas sobre el terreno, comanda misiones y emprende acciones arriesgadas. Esta movilización táctica cambia su entidad dentro de la OTAN y de paso, su disposición en el debate europeo sobre defensa.
“El nodo crítico de la OTAN se traslada hacia el este y la Alianza requerirá de numerosos años para al menos acortar la brecha de capacidades”
Con estas connotaciones preliminares, la UE comparte una frontera terrestre de alrededor de 2.500 kilómetros con Rusia y el flanco este de Europa es la faja de contención clave de la Unión y la OTAN, prolongándose desde Finlandia y los estados bálticos hasta Rumanía y Bulgaria. Su transcendencia reside en ser la primera zona perimetral de seguridad frente a Rusia, custodiando itinerarios vitales, gestionando zonas de alto voltaje y acogiendo el mayor despliegue de disuasión de la Alianza. Sin soslayar, las amenazas híbridas y restricciones estructurales para el progreso regional.
Las administraciones públicas territoriales con competencias subestatales de las zonas fronterizas orientales suelen ser las primeras en detectar las amenazas híbridas, como la desinformación, los ciberataques, el potencial sabotaje y el chantaje como arma geopolítica de la migración.
Sobraría mencionar que la magnitud de esta demarcación se determina por sus coyunturas críticas y operaciones. Primeramente habría que mencionar lo que se entiende como escudo Báltico. Así, estados como Estonia, Letonia y Lituania, es sabido que son sensibles por su cercanía a Rusia y el emplazamiento militarizado de Kaliningrado.
Segundo, el corredor de Suwalki, la única conexión terrestre entre Rusia y Kaliningrado, es una franja geográfica capital que liga Bielorrusia con Kaliningrado y calificada un cuello de botella de fricción. Y tercero, la nueva arquitectura de defensa, donde la influencia geopolítica ha promovido la traza del sistema anti drones en los límites fronterizos de Polonia, concebido para ser el más novedoso de Europa, así como tácticas coordinadas de defensa comandadas por países nórdicos y bálticos.
En este escenario irresoluto hay que poner en paralelo la Cumbre de la OTAN (7.8/VII/2026) celebrada en Ankara, confirmando a todas luces que la Alianza Atlántica ha irrumpido en un nuevo momento de su memorándum. Me explico: durante décadas Europa aceptó que Estados Unidos fuese el fiador casi preferente de su seguridad. Ese arquetipo ha transmutado contra reloj.
El producto político de este encuentro radica en que los aliados europeos han afrontado, con mayor o menor satisfacción, que deberán ampliar de manera clara su empuje en defensa. No se trata meramente de pagar más, sino de proyectar unas Fuerzas Armadas idóneas para responder a riesgos latentes y una industria con soltura para producir al compás que requieren los medios en que se dilucidan los actores globales.
La presión practicada por Washington durante los últimos años ha acabado surtiendo efecto: Europa ha interpretado que la protección de su soberanía guarda un precio que ya no puede reportarse perennemente al ciudadano norteamericano. Esa es, posiblemente, la sacudida sísmica que deja la cumbre.
Simultáneamente, la reunión ha sacado a la palestra que la unión o solidez de la Alianza surca una de sus etapas más puntiagudas. Las divergencias entre Estados Unidos y varios socios europeos con relación a Oriente Medio, certifican que la unidad occidental ya no puede darse por segura. Cuando afloran disparidades estratégicas en temas de tanto fuste, irremediablemente la cordialidad entre aliados flaquea.
A tenor de lo expuesto, áreas geográficas como Groenlandia adoptan una preeminencia paulatina. Su establecimiento en el Ártico la convierte en un componente clave en la disputa geopolítica entre grandes potencias, fundamentalmente en un instante en el que el deshielo desenmascara otras rutas y perspectivas financieras. Dinamarca, como país soberano sobre la isla, se topa en un punto quebradizo ante la ascendente atracción americana en multiplicar su estampa en la zona.
Si alguien imaginaba que Donald Trump (1946-80 años) había relegado sus ínfulas expansionistas, estaba bastante descaminado.
En la misma tesitura, la señalada por algunos como ‘OTAN 3.0’, describe un patrón cambiante: una Europa con más incumbencia en la defensa convencional, mientras Estados Unidos cultiva su porte de disuasión estratégica. Si ese contrapeso logra apuntalarse, la Alianza saldría reforzada. Si no, el escollo es que crezcan las tiranteces internas y se atenúe su receptividad de cara a situaciones espinosas. Amén, que la agenda política norteamericana incorpora un fundamento de fluctuación suplementario. Las próximas elecciones de mitad de mandato podrían tonificar el predominio del partido republicano. Lo que presumiblemente adormecería la actitud de Washington en materia de defensa. E incluso algunos estados quedarían encadenados a una presión todavía superior.
No obstante, para España su instantánea directa resulta embarazosa, pues se la juega descaminando influencia, precisamente en una circunstancia en el que la balanza internacional deriva de la fiabilidad estratégica.
En el seno de la OTAN, el influjo no se gana con alegatos, sino con capacidades militares, responsabilidad política y confiabilidad como aliado. España tiene activos estratégicos importantes, como la Base Naval de Rota y la Base Aérea de Morón, además de una localización geográfica excepcional en el flanco sur de la Alianza. Pero ninguna ganancia territorial puede enmendar la apreciación de ausencia de dirección o una parca implicación en los intereses convergentes.
Es más, como sucede con una varilla rendida a excesiva compresión, el engranaje internacional tiende a ceder por su punto más vacilante. Y España lleva todas las de perder y convertirse en el Talón de Aquiles de la Alianza: un estado con un desgaste institucional incuestionable, al igual que un Gobierno en minoría estrechado por casos de corrupción y cada vez menos cualificado para generar optimismo entre sus socios.
La traba no es únicamente presupuestal. Más bien, es de fiabilidad. Washington puede permitir diferencias, pero a duras penas admitirá que un aliado estratégico apele protección, se sirva de la seguridad colectiva y conjuntamente se presente vacilante en momentos decisivos. De ahí, que España habría de moverse con sumo cuidado. Si no remienda la dirección junto al desarrollo de una diplomacia con tacto, el marco puede enconarse y agravarse exponencialmente.
Algunos analistas ya lo advierten: en este curso de empeoramiento un triunfo republicano en las elecciones de mitad de mandato, seguramente vigorizaría la tendencia intransigente de la Administración Trump con España. O séase, más estrés comercial, menor condescendencia con los aliados que no correspondan, evaluación de relaciones bilaterales y una lectura más rígida de la acción estratégica de cada socio.
Notoriamente, los pulsos encubiertos recaerían en presión arancelaria o comercial, distanciamiento diplomático, tanteo de la cooperación bilateral, menor preferencia para firmas españolas en contratos concernientes a defensa e infraestructura y presión sobre el desempeño de España en la OTAN. Y por la puerta trasera, lo más factible sería imposición sobre bases, inteligencia, adquisiciones militares, diálogo político y la pérdida de acceso a círculos de decisión establecidos.

Y cómo no, la confrontación sobre la voracidad en defensa tampoco habría de ceñirse a un porcentaje del PIB. El punto central es si esa aplicación se descifra en más personal, equipos de élite, mayores medios operativos y una industria nacional capacitada para favorecer tanto la seguridad colectiva como el crecimiento económico.
En síntesis, la cumbre de Ankara deja una deducción clarividente: la aldea global ha cambiado drásticamente en su devenir. El Viejo Continente tendrá que adjudicarse más competencias y cumplimientos; Estados Unidos demandará una mayor correspondencia y las naciones que no se adecúen apropiadamente, se aventuran a quedar postergadas en la toma de decisiones.
Para ser más preciso en lo fundamentado, véanse los casos representativos de Polonia, Finlandia y los estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), habiendo apostado por refuerzos fronterizos inminentes, el levantamiento de defensas y la adquisición de drones ante la eventualidad de una confrontación frontal con Rusia.
Mientras el mandatario norteamericano objeta las garantías de seguridad en vigor y pretende comprimir su empaque militar en Europa, los estados más próximos a Rusia refuerzan sus fortificaciones, agrandan las reservas de tropas, al igual que adquieren tanques y drones y se preparan ante cualquier resquicio de afrontar las primeras horas de una hipotética lucha prácticamente solos.
Desde su reafirmación en el cargo en 2024, Trump ha rebatido reiteradamente el compromiso de Washington con el Artículo 5 de la OTAN, una cláusula esencial según la cual, un ataque contra un miembro se considera un ataque contra todos. Esta fluctuación aumentó tras la guerra de Irán, cuando el presidente y su equipo intimidaron con reevaluar la pertenencia de Estados Unidos a la Alianza Atlántica, ante la condena de los aliados europeos a colaborar en el conflicto.
Polonia consigna el 4.8% de su PIB a defensa y ha emprendido la construcción de un nuevo sistema de fortificaciones a lo largo y ancho de su frontera, llamado ‘Escudo Oriental’, con una estimación de coste de 2.340 millones de euros.
Finlandia, con sus 5,6 millones de habitantes, puede militarizar a poco más o menos, 870.000 reservistas, guarismo que se presagia que en 2031 consiga el millón. Su intención para 2035 es ampliar el gasto militar hasta el 5% de su PIB. A su vez, los estados bálticos confeccionan a marcha forzada sus líneas de defensa, cavando trincheras antitanque y acondicionando campos minados. Hay que recordar al respecto, que Lituania, al igual que Polonia, comparten frontera con Rusia a través del óblast de Kaliningrado.
Pese a ello y en contraste con Polonia y Finlandia, los países bálticos encaran el peligro de quedar desconectados del resto de la OTAN por el Corredor de Suwalki. Un sector de tierra de alrededor de 100 kilómetros que transita a lo largo de los límites fronterizos de estos países, ensamblando Bielorrusia con el óblast de Kaliningrado en Rusia.
Aparte Finlandia se ejercita para adiestrar a sus aliados de la OTAN en combate en esta región. Dos ejercicios multinacionales efectuados en el sureste del país ‘Estrella del Norte 26’ (18.30/V/2026) y ‘Espada de Karelia 26’ (22.29/V/2026), tuvieron como fin esencial indicar a las tropas de países como Francia y el Reino Unido, la forma de proceder en los bosques, lagos y marismas situados en el norte de Europa.
La contingencia de emplear armas nucleares hace su aparición al defender el flanco oriental de la UE. Finlandia desde que se adhirió a la OTAN (4/IV/2023) ha tenido que valorar cuidadosamente la disuasión nuclear en sus deducciones. Aunque se encuentra mejor asentado que la amplia mayoría de los estados en primera línea para salvaguardar su espacio territorial sin fuerzas terrestres americanas, no es más capaz que el resto de Europa de suplir el escudo nuclear de Washington.
“La quiebra entre el este y oeste de la OTAN no es un fenómeno transitorio. Más bien, corresponde a una proactividad geopolítica que se ha complicado desde la anexión de Crimea”
En consecuencia, la fisura militar que franquea la OTAN ya no es un argumento imaginario. Durante estos últimos meses, el flanco oriental ha elevado su presupuesto de defensa a cotas que desentierran períodos de la Guerra Fría (1947-1991). En tanto, las grandes potencias de Europa continúan financiando sus ejércitos como si la amenaza rusa aglutinase una repercusión distante.
A diestro y siniestro, la exigencia de Trump para que los aliados europeos proporcionen el 5% de su PIB a la defensa colectiva, pone a prueba una realidad cargante: el Viejo Continente se ha desarmado durante décadas y en este momento la quiebra se condensa en la primera línea. Sin ir más lejos, Polonia destina cerca del 4,7 % de su producto interior bruto a defensa, redoblando el umbral del 2% que la OTAN estableció en Gales y teniendo como prioridad alcanzar un ejército de hasta 50.000 efectivos.
Este proceso de rearme incluye la adquisición de grandes cantidades de armamento moderno de primer nivel, aventajando en capacidad mecanizada y tanques a potencias como Francia o Alemania. Además de apupar a Varsovia a ser la principal potencia militar terrestre de la UE y de la OTAN en Europa.
En los países bálticos el gasto ya supera el 3% del PIB y Estonia, Letonia y Lituania han revestido sus fronteras con sistemas de artillería de largo alcance y defensas antiaéreas de ultimísima generación.
Los acuerdos suscritos de 250 tanques Abrams, 500 lanzacohetes HIMARS, 96 helicópteros Apache y 3 escuadrones de F-35, lo dicen todo.
La administración Trump no se ha reducido a postular más inversión, sino a vincular la seguridad del flanco sur y exclusivamente, la circulación por el Estrecho de Gibraltar, a la observancia de los compromisos de gasto. La Casa Blanca califica literalmente que la OTAN debe dejar de constituir una alianza de “gorrones” a consta de Washington y que los europeos costeen su propia protección.
La réplica de Moscú ha sido instantánea: el Kremlin traduce cualquier flaqueza occidental como una ocasión oportuna y tiempo hábil, prosiguiendo con las detonaciones nucleares experimentales en su enclave de Kaliningrado.
La contraparte reside al oeste de la línea Oder-Neisse, porque con incontrastable dificultad Alemania escapa al 1,6% del PIB en defensa y su estrategia de reconversión está varada en sesiones plenarias sobre el límite de endeudamiento. Francia vence el tope simbólico del 2%, pero sus Fuerzas Armadas remolcan deficiencias en munición de artillería y en capacidad de despliegue expedicionario.
Y como es sabido, España se planta en el 1,3%, la escala más baja de la Alianza, con una flota de blindados Leopard encanecida y una fuerza aérea que aún estriba de los F-18 (versiones EF-18M y EF-18BM) llegados en los años noventa.
Los especialistas en la materia concuerdan en formular en que el obstáculo no es el goteo nominal, sino el rasgo del gasto. Mientras los socios del este centralizan sus inversiones en capacidades de combate de alta intensidad, llámense guerra electrónica, defensa antimisiles o artillería de precisión, Europa Occidental consagra una parte descomedida a personal y misiones de paz.
El producto es un continente fraccionado en dos: una primera línea prevenida para un conflicto de alta intensidad y una retaguardia que difícilmente puede patrocinar una operación de disuasión viable.
Lo cierto es que en estos últimos años los países bálticos no han permanecido de brazos cruzados. Para ello han concebido una zona de defensa integrada que encaja con destreza y pericia centros de mando, radares y misiles. De la misma manera, han pedido a la Alianza Atlántica la implementación sostenida de Brigadas Acorazadas en su territorio.
Por ahora, los Cuarteles Generales de la Alianza en Bruselas persisten sin aprobar los presupuestos indispensables para la planificación de infraestructura y movilidad estratégica, sin el que las tropas occidentales no alcanzarían los tiempos previstos para enfrentar una crisis en el Báltico.
El rompimiento entre el este y oeste de la OTAN no es un fenómeno transitorio. Más bien, corresponde a una proactividad geopolítica que se ha complicado desde la anexión de Crimea (18/III/2014) y que Trump ha precipitado en su accionar, convirtiendo la defensa europea en una baza de negociación. Para Washington, la preferencia continúa siendo el Indo-Pacífico, el flanco oriental europeo interesa, siempre y cuando los europeos sufraguen sus gastos.
En cambio, Rusia aprovecha al milímetro parte de esta dicotomía: su doctrina de guerra híbrida se nutre de la clarividencia de que la OTAN no es competente para acometer una respuesta militar irrevocable.
El diagnóstico en un plazo intermedio es que nos atinamos ante un cambio de paradigma sigiloso, pero inatajable. El nodo crítico de la OTAN se traslada hacia el este y la Alianza requerirá de numerosos años para al menos acortar la brecha de capacidades que Europa ha dejado prosperar. Hasta el punto, que los socios del este asumirán a contrapelo la defensa del continente por cuenta propia.






