Categorías: Sociedad

En huelga por dignidad

Abdelhuab pide justicia porque se encuentra desamparado tras mucho trabajar y poco cotizar. “Vivo de la caridad pero lucharé hasta el final”

Abdelhuab Buchaib tiene 62 años y en la vida ha hecho muchas cosas como por ejemplo navegar con el Rey de España durante una semana por los mares de Francia. También estar en huelga de hambre. Lleva seis días. Estará hasta que el cuerpo aguante. “Es la única manera que tengo al alcance de la mano para denunciar la situación en la que me encuentro, tirado como un perro, toda la vida trabajando para ésto”. Bajo una pancarta que pide justicia, aguarda paciente sobre un taburete a que le roce la buena suerte. Ha tenido mucha, pero de la mala. Hace dos años que vive en una caravana detrás de la cárcel de Los Rosales. Allí tiene el centro de operaciones de una incesante búsqueda de trabajo que al menos se vió recompensada “durante seis meses con un Plan de Empleo pero nunca más he encontrado otra cosa y eso que hago de todo”. Su especialidad, eso sí es la que otorga el vivir entre olas navegando y trasladando mercancías de una a otra punta del planeta durante varias décadas. “Muchas horas de trabajo pero pocas cotizadas... es lo que había”, reconoce cabizbajo. Vive de la caridad de familiares y vecinos. Hijo de Ceuta, su padre “fue empleado del ayuntamiento muchos años trabajando como matarife” y su madre “merece tener a sus hijos cerca que es lo que ella más desea”. Antes de volver a su tierra natal, que abandonó muy joven, recorrió el mundo enrolado en decenas de buques por Grecia, Noruega, Finlandia, Alemania...”A los 17 años me fuí a la India, a los 18 a Japón, a los 20 a Nueva York...”; Vivió en Panamá, un accidente de coche le hizo viudo inesperadamente hace 14 años y al no tener cargas familiares no recibe ayuda económica alguna para salir adelante. “Mi hijo tiene 26 años y decidió irse a vivir con su tía porque no aguantaba estas condiciones”, lamenta. Nunca pensó que podría acabar así. “Y gracias a que mi hermano me regaló esta caravana, pero los inviernos son muy fríos y se pasa mal”, reconoce. “Estoy tirado como un perro”, susurra. A su lado, la junta de la Asociación Vecinal de Poblado de Regulares puntualiza que “la diferencia es que los perros del centro hasta tienen derecho a un sitio en el que jugar y hacer sus necesidades...”. Él asiente y echa la vista atrás. “Decían que en aquél edificio podríamos resguardarnos los viejos y pobres como yo que no teníamos recursos. Ahora ya dicen que no. Se dice mucho pero se hace poco. También dicen en la constitución que todos tenemos derecho a una casa o a un trabajo dignos y mirarme a mí... pero seguiré luchando”.

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