Desde sus orígenes,  muchos peregrinos que habían alcanzado la gozosa meta de Santiago, sentían la necesidad de continuar su andadura hasta el fin del mundo, Finisterre, con la finalidad de rematar el Camino contemplando el fantástico espectáculo del Sol ocultándose tras el horizonte. En ello hay algo de misterioso, mágico, cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos, y que aún atrae a cientos de caminantes que sienten la necesidad de asistir al término de un ciclo y al inicio de uno nuevo.

A diferencia de todos los demás Caminos, que finalizan en Compostela, éste se inicia en la misma plaza del Obradoiro,  partiendo justo por el” Hostal de los Reyes Católicos “y discurriendo por la calle Hortas. Su itinerario puede sorprendernos al cruzar el río Tambre por el espectacular Ponte Maceira, y las panorámicas que nos ofrecen  las costas de Muxía y de Fisterra con las rías de Camariñas o de Corcubión como telón de fondo, aunque lo más apreciado por los visitantes , sin duda, la puesta del Sol contemplada desde los picachos  de “Piedras Santas” o desde el pico de “San Guillermo” en cabo Finisterre. Allí se concentran admiradores de fenómenos naturales, que sensibilizados, observan fascinados cómo el “astro rey” va desapareciendo lentamente en el horizonte, a la vez que enrojece el cielo azul con indescriptibles tonalidades anaranjadas. Cuando el Sol agoniza en su ocaso tras las nubes, diversifica los haces de luz lanzándolos hacia el infinito para convertirse en una celestial vieira, que como la del Camino, nos indica nuestro postrer destino.  Todo un espectáculo que me recordaba los que desde una de la ventanas de la “Escuela Normal de Magisterio”, contemplaba ensimismado en aquellas tardes en las que de adolescente, me preparaba para ser MAESTRO. Durante aquellos momentos,  en los que la voz del profesor se iba diluyendo poco a poco hasta su desaparición completa, mis pensamientos brincaban tras los cristales del aula  como queriendo paralizar aquellos instantes repletos de nostalgia , o quizá de esperanza. ¡Cuánta belleza en aquellos atardeceres en los que el Sol se ocultaba tras Sierra Bullones! No había  un crepúsculo que se repitiera. La variedad era constante y tan rica que…difícilmente puede olvidárseme  los efectos que producían aquellas luces sobre las casas de la zona cuando rebotaban en los cristales de sus ventanas.

Juan Antonio

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