Categorías: Opinión

En defensa de nuestros defensores

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, realizó un deplorable desplante a los militares, al decirles que no quería verlos en el Salón de la Enseñanza que se está celebrando en la Ciudad Condal, Parece ser que su Corporación municipal ya había acordado que las Fuerzas Armadas no tiene nada que ver con la enseñanza.

A esta mujer habría que mostrarle lo duras que son las pruebas de ingreso en las distintas Academias militares, al igual que para llegar a ser de Estado Mayor, y también que comprobara el alto grado de preparación de los jefes y oficiales de nuestras  Fuerzas Armadas y cómo hablan idiomas en los distintos órganos de la OTAN y en sus misiones internacionales. Esta mujer debería saber que, al menos en los tiempos en que existía el servicio obligatorio, los reclutas que ingresaban en él sin saber leer ni escribir salían habiendo aprendido a hacerlo, A esta mujer tendríamos que llevarla a los distintos acuartelamientos para que comprobase cómo a los soldados se les enseña un oficio, para que cuando pasen a la vida civil encuentren trabajo y sean útiles a la sociedad,  y a esta señora le convendría pasar otra vez por el Salón de la Enseñanza para que viera “in situ” cómo el stand de esos militares a los que hubiera querido expulsar de allí está lleno a rebosar de jóvenes interesados en ingresar en los Ejércitos españoles. O Ada Colau ignora las altas misiones que, según el artículo 8 de la Constitución. corresponden a nuestras Fuerzas armadas, o es por ello precisamente por lo que no les gustan.  
Hay algo así como una especie de virus que ataca a un amplio sector de la izquierda y, en especial, a estos populistas, un virus que los hace ser pacifistas a ultranza, pese a lo que está cayendo y lo que puede caer sobre los países occidentales, y que los lleva, en ocasiones,  a ser hasta beligerantes  frente a los distintos signos que expresan conceptos: la bandera, el himno y  el escudo. Como decía mi hermano Manuel en un artículo publicado en ABC que le valió, sin ni siquiera haberse presentado a él, el Premio “FAES” de periodismo en 2008, tales signos no son un trapo, ni unas notas musicales, ni un simple dibujo; lo que importa es lo que representan.
En similar nivel hay que colocar a la jefatura del Estado, a las Fuerzas Armadas, a las de seguridad e incluso a la iglesia católica  y las demás confesiones religiosas, No se debe ir a ver al rey en mangas remangadas de camisa, ni tratarlo de entrada de tú, ni tampoco subir así a la tribuna del Congreso, ni se debería estar atacando al Concordato, a las escuelas regidas por religiosos o a las imágenes y símbolos de la religión. En España, por desgracia, se quema la bandera, se silba estruendosamente el himno, se margina a las Fuerzas Armadas, se castiga a la religión que profesa la mayoría de los españoles y se desprecian las formas.
Me consta que ese modo de actuar consigue elevar el ánimo de gran parte de los seguidores de quien así lo hace, pero también me consta que el proceder de Ada Colau ha recibido el rechazo de muchos de sus electores, como puede comprobarse en las redes sociales y. a mayor abundamiento, la nota hecha pública ayer por la dirección de “Podemos”, demostrativa de que andar rondando el poder implica ya una cierta carga de responsabilidad.
En el antes referido artículo que le valió a mi hermano la entrega del antes citado  un premio de manos del Rey D. Juan Carlos I se decía lo siguiente: “Pero el respeto a los signos no es cosa de fachas; es formalidad de todos, de derechas y de izquierdas con educación cívica   Es algo que hay que enseñar en las escuelas, no solo en los cuarteles. A mí me lo enseñaron en una escuela pública y me lo inculcaron en el servicio militar”. Lo mismo puedo decir yo, que también fui a la clase de mi abuelo Baldomero, maestro nacional,  en el Lope de Vega, donde todos los días se izaba la bandera de España y se cantaba el himno nacional (con la letra de Pemán) y que hice mi servicio militar en  Ingenieros..
Sí, todo es cuestión de formas, pero las formas, se crea o no, son fundamentales en la convivencia y, sobre todo, en la democrática. Así lo entienden en otros países, donde estas desviaciones resultarían inauditas, pero, como decía aquel slogan turístico, “España es diferente”. Unas veces para bien y otras, lamentablemente, para mal.

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