Categorías: Colaboraciones

En busca de las fuentes del Río Amazonas

Mucha era la ilusión y más grande la expectativa, después de patear por América durante más de veinte años, ante el nuevo reto que nos solicitaba Miguel de la Quadra-Salcedo (Director de Ruta BBVA 2014): ascender y coronar el Nevado Quehuisa en Perú (5.400 m), donde se encuentra las fuentes del Río de las Amazonas y establecer una ruta segura para nuestros jóvenes expedicionarios.

Situar el nacimiento de este río ha estado siempre sometido a debate,  así que no ha escapado a la polémica en lo que se refiere a su origen y extensión.
De manera muy resumida, os contaré que el primer descenso del Amazonas desde los Andes fue realizado por el extremeño Francisco de Orellana, que partió de Guayaquil el 4 de febrero de 1541. Durante siete meses y a lo largo de 4.800 Km., los hombres de Orellana navegaron por el río Napo, el Trinidad, el Negro, y finalmente el Amazonas, en una expedición que fue protagonista de diversos combates con las tribus que salían a su paso, sufriendo numerosos contratiempos, enfermedades, motines y muertes, hasta llegar a su desembocadura el 26 de agosto de 1542. Un siglo después, en 1641, el jesuita burgalés Cristóbal de Acuña, acompañado por el portugués Pedro Texeira, invirtió la ruta de Orellana y realizó el ascenso del río hasta llegar a la ciudad de Quito, hecho que le permitió sugerir en su libro “Nuevo descubrimiento del gran río de las Amazonas” que las fuentes de este gran curso fluvial estaban en los Andes, hacia Arequipa. Desde entonces han sido numerosos los intentos por recorrer el que habría de ser el río más largo y caudaloso del mundo, estableciendo sus dimensiones, su caudal, sus tributarios, su cuenca y, sobre todo, su origen, y muchas las historias que este gran río de las Amazonas ha albergado.

La Placa
Mi corazón late entre 120 y 171 pulsaciones, lo corrobora el pulsometro. Han sido tres horas de ascensión que en teoría iba a ser una. El terreno era infernal, no solo por la falta de oxígeno y el pronunciado desnivel, sino porque las enormes piedras desprendidas del nevado estaban dispersas por todos lados,  como si quisieran cortarnos el paso. Por si nuestro avance no fuera suficientemente dificultoso, el Nevado nos regalaba también grandes extensiones con montañas de arena preparadas para engullirnos o hacernos descender  en picado  y placas de rocas colocadas como los pinchos de la cama de un faquir, dispuestos a cortarnos en dos mitades. Menos mal que mis compañeros de aventuras y guías en esta expedición: Adan Katasi Visa y Francisco Umiri (indígenas Collagua), van realizando rituales de pago y permiso a la Pachamama para  atraer las nubes del mar y  que no falte el agua en el valle, aspecto que empieza a ser un problema para los agricultores y una constatación más del cambio climático. Eso me da un margen más de descanso y seguridad. Fue aquí donde nos separamos, dirigiéndose Francisco Umiri en solitario hacia el vehículo que nos había acercado hasta los 4.000 m para esperar allí nuestro retorno. Sin embargo, ese iba a ser el mayor problema de nuestra expedición ya que aunque no lo sabíamos todavía, ese encuentro no se iba a producir como teníamos previsto ni en el tiempo ni el lugar que habíamos establecido. Nos quedaban cinco horas más de descenso y de esfuerzo para poder alcanzar el camino que nos llevaría de vuelta a al pequeño pueblo de Lary si lo encontrábamos…
Está nevando…, todo es fascinante y extraordinario aquí arriba, me encuentro en el nacimiento del río más grande del mundo, el Río de las Amazonas. Concretamente en la llamada popularmente “La Placa” a 5.170 m, dentro de la Quebrada Apacheta. Justo encima de nuestras cabezas el Nevado Quehuisa nos vigila, inmenso, majestuoso, desafiante.  No estoy soñando, el frío gélido de los más de 5.000 m de altitud me mantiene despierto, aunque bastante aturdido por el mal de altura y el agotamiento (que trato de mitigar mascando hoja de coca como han hecho estas culturas andinas desde hace miles de años para sobrevivir a tan despiadadas condiciones ambientales). No hay a mi alrededor ni en la lejanía un solo árbol o arbusto donde guarecerse, solo bajo mis pies una mancha de hierba verde que me anuncia la humedad del suelo y por consiguiente el nacimiento del padre de los ríos con 7.020 km de longitud. Observo  tres vaguadas pequeñas, la placa está en la tercera y más distante de todas, me acerco y leo su inscripción: “Aquí nace el río más grande del mundo. Lo comprobó en 1996 la Expedición Científica polaca-italiana-rusa-peruana “Amazon Source 96” dirigida por Jacek Palkiewicz”. Ladera abajo se va conformando una acequia y más adelante un pequeño riachuelo que se transformará en un afluente…. Me arrodillo y bebo agua, está helada. Este fue para mí un momento muy emocionante, después de recorrer tantas selvas, tantos volcanes, ríos, caminos, montañas, lugares arqueológicos… Estaba allí, justo en el nacimiento de una gran leyenda, el río de las Amazonas, que alimento tantas ilusiones y tantas expediciones, era la culminación de un sueño hecho realidad. Fue un momento único, extraordinario y sensacional. Mi compañero Adan Katasi me indica que tengo que hacer el pago a  los Apus (espíritus de las montañas), así que dejo unas hojas de coca justo en la base de la placa. Aún me queda un momento de recogimiento para poner en orden mi atormentada cabeza que sufría el peso de la altitud. Fue como si el tiempo se detuviera y al ver bajar el hilo de agua como si de despertarán dentro de mi todas las aventuras y experiencias vividas en este continente americano. Recordé la hazaña de Francisco de Orellana, me imagine al padre Carvajal escribiendo su relato sobre el descubrimiento y sobre esas enigmáticas mujeres guerreras,  o los años en que Miguel de la Quadra descendió por este río una vez en una balsa en compañía de su familia, realizando el sueño bajar el Amazonas como narraba el libro que había leído en su infancia de Julio Verne titulado la Jangada, la otra emulando la expedición de Orellana. Sin duda alguna fue un momento de plenitud.

Los Apus juegan con nosotros
Ahora tocaba el descenso, aspecto muy  peligroso en la montaña. Grandes masas de nubes negras con aparato eléctrico se nos venían encima,  los rituales de llamada a las nubes del mar habían hecho su efecto. La cosa se ponía sería y había que poner tierra de por medio. El aviso definitivo fueron tres pequeñas nevadas cortas pero muy seguidas en el tiempo. La intención de nuestro guía era rodear el Nevado para evitar la zona por donde habíamos venido, demasiado lenta    y peligrosa. Sin embargo, al pretender llegar de nuevo al punto donde teníamos el transporte, la cosa se complicó. El camino no estaba nada claro y subir o bajar cualquier desnivel a esas altitudes te deja desbaratado, sobre todo después de tantas horas. La primera tentativa no prospero, así que seguimos por otra vaguada, la segunda no nos fue mejor, un conjunto de precipicios de piedra y arena que nos quitaron las ganas de intentarlo. Solo los ojillos de las atentas vizcachas (roedor parecido al conejo) eran testigo de nuestro deambular. Además el tiempo corría en nuestra contra, eran las cuatro y media de la tarde, así que no había más opciones que descender a toda prisa para que no nos cogiera la oscuridad, teniendo en cuenta que el sol desciende en estas latitudes a plomo y que además la temperatura puede descender de golpe diez grados. Confiamos en que nuestro compañero hubiera llegado al vehículo de apoyo y estuviera a salvo en el transporte y con combustible suficiente, aspectos que le aseguraban la supervivencia. Llegamos  a la conclusión de que cuando viera que no volvíamos al punto establecido regresaría al pueblo para solicitar ayuda y allí sabría de nosotros gracias a una llamada que yo mismo había realizado explicando nuestra situación con el teléfono satélite que llevamos para este tipo de emergencias. Nuestra situación era muy diferente, aunque siempre nos habrían quedado las yaretas, una planta baja muy tupida de aspecto similar al musgo que crece adherido a las rocas con formas caprichosas y que sirve de combustible para dar calor, además de los pequeños corrales de piedras dispersos por toda la cordillera realizados para dar cobijos a las recuas de llamas y alpacas que transportan el material y el avituallamiento de las diferentes expediciones.
Antes del anochecer conseguimos avistar un rancho de llamas y alpacas, por lo menos ahí los camélidos nos podrían dar calor, al frente de él, en medio de la nada una mujer llamada María, indígena Collagua nos indicó un camino que nos llevaría de vuelta al pueblo. El agotamiento nos iba mermando cada vez más las fuerzas, la bajada estaba siendo más dura que la subida. La luz se estaba acabando y el frío arreciaba. Cuando llegamos al camino principal eran las diez de la noche. Estábamos extenuados y solo pudimos tumbarnos boca arriba para poder descansar bajo un cielo estrellado y recobrar algún hilo de energía que pudiera quedar en lo más recóndito de nuestro ser. Todavía muy lejos se veían unas luces, no sabíamos muy bien que podía ser. Al final eran las luces del transporte que bajaba por  el camino principal, lo cual nos alegró inmensamente pues por fin nos habíamos reencontrado.

Llegada a Lary
A nuestra llegada a Lary, mucha gente estaba esperando porque querían compartir con nosotros la gran aventura vivida, estaban preocupados pero a la vez muy contentos del resultado final. Una asamblea en la que participaron representantes indígenas escucho nuestro relato, todo fueron ánimos y felicitaciones. El objetivo estaba cumplido y todos se habían sentido partícipes de él. Ahora solo quedaba empezar los preparativos para la llegada de toda la expedición en el mes de junio y llevarles por una ruta más segura y asequible de caminar. Los pueblos Collagua y Cabana fueron incorporados hacia el año 1450 d. C. al imperio Inca por Túpac Yupanqui. Estos indígenas son un testimonio de la vida de estos pueblos ancestrales y  una rica muestra etnográfica. Estos pueblos ubicados dentro del  Cañón del Colca, el segundo más profundo del mundo con 4.160 m. No es solo un lugar de una belleza extraordinaria sino también de inmensa biodiversidad natural y cultural, donde vive el ave más grande del mundo, el cóndor o cúntur como se le denomina en lengua quechua y  donde se realiza el proceso de liofilización más antiguo de la humanidad: el  chuño, un peculiar proceso de congelación y asoleamiento que hace que la papa pueda almacenarse incluso durante años.
Mi más sincero agradecimiento a la Comunidad Collagua de Lary, que nos brindo todo su apoyo y su cariño, junto a los dos guías que me acompañaron, a Raquel  y al alcalde Guillermo Rojas.

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