Desde mi rincón en Guadalajara como podría haber sido desde cualquier otra ciudad no pretendo dar lecciones de política a nadie como tratan de hacer otros muchos puñados; solo soy una persona que intenta sobrevivir en este mundo sin perder la empatía. El 2 de septiembre salí a la calle en la concentración por Ceuta, una ciudad que siento cercana tras haberla visitado muchas veces por el destino profesional de mi padre en la Policía Nacional. Como experta en salud mental, me resulta inevitable mirar más allá de la pancarta y observar la marejada emocional que se esconde detrás. Esto no va de siglas ni de polarizaciones de salón: va de lo que sentimos, de cómo reaccionamos a nivel individual y de las grietas humanas que se hacen evidentes en momentos así. Recordad que todos tenemos miedos, ilusiones y un piloto automático que nos impulsa hacia la supervivencia diaria, pero esta va desde lo indivudual (top down) hacia los demás (up down). Si recordáis la pirámide de Maslow con respecto a cubrir las necesidades, si no se empiezan por las más básicas (el yo o SELF), difícil es abordar de manera adecuada, a niveles de ciudadano.
No soy analista política, ni portavoz de ningún partido, ni activista profesional (tú, el que tanto señala y juzga, ¿sí que lo eres?)
Soy sencillamente una ciudadana que observa, siente y trata de entender el mundo desde la empatía y la realidad cotidiana que compartimos millones de personas.
Por eso acudí el pasado 2 de septiembre a la cita en apoyo a Ceuta desde mi ciudad, Guadalajara. Y de esa jornada me llevo dos certezas. La positiva: la respuesta humana y solidaria de muchísima gente que decidió dar la cara. La negativa: la profunda decepción que me provocaron dos perfiles muy concretos de nuestra sociedad.
Los del sofá: la crítica fácil sin mover un dedo
Por un lado, me impactó la actitud de quienes se quedan cómodamente en el sofá de su casa proclamando que “el mundo se va a la mierda”. Personas incapaces de aportar un solo granito de arena maduro y real, atrapadas en su propio ego, en sus batallas personales y en inercias psicológicas sin resolver. Es muy fácil diagnosticar la ruina de la sociedad desde la pasividad absoluta mientras se juzga a quienes sí deciden moverse.
La trinchera política: etiquetar para no entender
Por otro lado me indignó la reacción de quienes sin haber movido un dedo ni haber estado allí, tildaron a los manifestantes de insensibles, racistas o incluso de "psicópatas” que supuestamente deseamos que la gente que llega a Ceuta muera de hambre.
Esa lectura reduce un problema complejo a una caricatura moralista e ideológica. Y esto no va de políticas ni de partidos.
La empatía no es autoabandono: por esa regla de tres...
Si aplicamos esa regla de tres tan simplista, cualquiera que no le dé dinero a cada persona que pide en cada esquina de su ciudad es un monstruo. Y no es así. No ayudamos a absolutamente todo el mundo porque a nivel individual, sencillamente, es imposible.
Tuvimos la suerte de nacer en esta parte del mundo, y ver el sufrimiento humano nos duele a todos. Pero resolver la miseria estructural o las crisis humanitarias de países enteros no es algo que se le pueda exigir al ciudadano de a pie a título individual.
Acudir a esa manifestación no nos convierte en racistas ni en personas crueles. Expresa la preocupación real por la insostenible situación que se vive en Ceuta y la exigencia de que sean las instituciones y los Estados —quienes realmente tienen los recursos y la competencia— los que asuman la gestión de un problema de escala global.
Estar presente para construir
La empatía real consiste en ver el dolor ajeno sin dejar de ver las posibilidades reales que tenemos para solucionarlo. Exigir orden, recursos y responsabilidad a las instituciones no es odiar: es tener sentido común.
No somos héroes ni villanos; no somos de izquierdas ni de derechas. Somos personas normales que salimos a la calle a pedir respuestas maduras, mientras otros prefieren juzgar desde el sofá o parapetarse tras una pancarta ideológica.
En inteligencia emocional hay una máxima incontestable: la intensidad con la que juzgas al otro suele ser inversamente proporcional a la responsabilidad que estás dispuesto a asumir. Señalar con el dedo desde la calidez del sofá o etiquetar de 'racista' a quien pide gestión es infinitamente más cómodo que salir a la calle a sostener la realidad. Al final, ese ruido habla mucho más de las asignaturas pendientes de quien juzga que del corazón de quien acompaña. Por mi parte, prefiero la imperfección de quien da la cara a la impecable teoría del que jamás se ensucia los zapatos. Sigamos aportando cordura, empatía y sentido común; la madurez ciudadana —nos guste o no— también empieza por aprender a mirar hacia dentro antes de dar lecciones hacia fuera.
Cris Corral González
RRSS: crisduesm / mindfulcris






