Será porque aquí le sacamos punta hasta a la tragedia, pero no sé de qué se ríen y por qué aplauden los diputados en este último debate del estado de la nación. No entiendo si les provoca gracia los 6 millones de parados, les parecen plausibles los 2 millones de hogares sin ingresos, el 20% de la población sumido en la pobreza, las pensiones devaluadas, el aumento de la edad de jubilación, el drama de los desahucios provocado por la ley socialista del “desalojo exprés”, los casos de corrupción, el utilizar a los empleados públicos como hucha de los malos gobernantes, las subidas de impuestos, el ejército en 6 frentes de guerra por todo el mundo mientras se le escatima material y salario, la posible absolución de la monarquía, o el peligro de disgregación de España, entre otros.
Aunque en honor a la verdad he visto a algunos parlamentarios, incluido al nuestro, con el rictus serio, la mirada preocupada y el gesto sereno.
Puede ser que realmente los diputados sean conscientes de que esos dos días de discursos vacíos no valgan más que para titulares en la prensa, porque el verdadero estado de la nación se palpa en la calle donde el 25% de los sin techo son titulados universitarios, y se apostilla en muchos hogares a la hora de comer, cuando lo que asoma por la mesa es el cazo de un de delicioso puchero con poca chicha y mucha agua, donado por la exigua economía de la pensión de los abuelos, o la asistencia social caritativa fundamentalmente católica.
El verdadero estado de la nación lo refleja que antes el problema eran las cloacas del Estado, cuando se enterraban a ciudadanos con cal y se espiaba indiscriminadamente a la población, y ahora son supuestos sobresueldos que afectan a todos los partidos políticos.
La realidad del estado de la nación es que antes se vislumbraban brotes verdes por doquier y el gobierno era un hazmerreir identificado con “rastafaris “, y ahora el Gobierno propone y aprueba en 48 horas cincuenta nuevas medidas para el empuje empresarial.
El verdadero estado de la nación no lo muestra la ociosidad de alguna senadora que se dedica a aprender francés en los plenos, ni Bárcenas esquiando en Canadá, ni una vez más los exministros socialistas en los juzgados, ni Undargarín viviendo en una casa de 6 millones de euros, ni el Rey cazando elefantes, ni una ministra que reconoce que no sabía llevar las cuentas de su casa y ahora pretende dirigir todo un ministerio. Todo esto no son más que distracciones que alejan nuestra atención de una actualidad que viene marcada por una oposición incapacitada, sin autoridad moral, y por unos gobernantes que reconocen que no pueden cumplir el programa que prometieron.
Quizá haga falta una nueva medida más: una ley de responsabilidad política.
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