Aunque Ramón Murciano había hecho algunas incursiones durante su juventud en la creación poética (y más adelante en la narrativa), publicó su primer poemario, ya nonagenario, en 2024. El dolor producido por la pérdida de la persona amada ha sido punto de partida para numerosas creaciones poéticas en todos los tiempos (nos lo recuerda Carmen Mestre en su Prólogo), y ese fue precisamente el motivo que impulsó la edición de Memoria de Isabel y otros poemas.
¿Podemos aceptar el conocido dicho de que “el tiempo todo lo cura”? Creo que no totalmente. “Ese mal que me sigue lastimando / es el tiempo que pasa y no regresa”, afirma el poeta. Aunque la herida deje de sangrar, la cicatriz encubre a menudo lesiones internas que nos acompañarán el resto de nuestra vida: es lo que Ramón Murciano traduce como ausencias que el tiempo no sólo no cura, sino que, incluso, las hace aún más palpables; de ahí que este sentimiento presida el título de esta nueva entrega poética y, aunque se hace especialmente patente en la primera parte de las tres que la componen, salpica inevitablemente todo el poemario.
¿Hay algún remedio, algún paliativo para mitigar ese persistente dolor? El poeta insufla vida a la amada mediante la memoria, el recuerdo, aunque en composiciones como “El poeta evoca a la amada muerta”, el dolor llega a ser físicamente insoportable. La expresividad poética del autor lo traduce en imágenes tan poderosas como “una punzada de cristales rotos”. Los quince poemas que integran la primera parte constituyen un constante lamento de quien se encuentra sumido en la condición paradójica de “vivir con esa muerte”.
El dolor sigue estando presente en los dieciocho poemas de la segunda parte del libro, si bien matizado por la reflexión, que genera dudas y deseos que se abren paso en la expresión siempre doliente de sus versos, en los que a menudo añora un tiempo pasado que, para él, sí era mejor que el presente porque daba sentido a su existencia en cuanto que fue compartido con la mujer amada. De ahí su visión positiva del ayer, como podemos observar en diversos poemas de esta sección: “Añoranza”, “Los recuerdos” o “Cuándo decir adiós”, que comienza así: “Nunca digas adiós a lo que añoras / si el recuerdo te causa algún dolor, / pues puede que una parte que ahora lloras / te traiga a la memoria un gran amor.” El recuerdo -aunque doloroso- se convierte en una tabla de salvación cuando es capaz de recuperar ese pasado feliz e incluso guiar su creación poética, como intuye en “Deseo”.
Pero, pese a que los sentimientos de amor y dolor se han adueñado de su existencia -y de su poesía-, el poeta es consciente de la fuerza y de la necesidad de acompasar sentimientos y razón: observamos que el último poema citado termina con un sabio consejo: “Mantén la mente lúcida y discreta / y que no se te ofusque la razón;”. Será, precisamente, la mente –“Mi mente”- la que dirija sus pasos, la que oriente su vida, y también su poesía. La mente, en efecto, lo impulsa a abrir los ojos y mirar a su entorno; su avanzada edad no puede privarle de contemplar un futuro prometedor: “Me quedan muchas cosas por hacer / en esta vida que ya se me acaba.”; por eso, “Abrí mi corazón a la esperanza”, que aporta, finalmente, paz a su corazón dolorido: “Y nos llegó la calma y la mesura, / reconciliándose con el presente / y aceptó hacer un pacto con la vida.”
Recordemos que este libro se titula De ausencias y de anhelos. Su lectura atenta -que nos invita a una sosegada meditación- nos ha ido mostrando cómo el dolor, adueñándose de la vida y del poema, va cediendo el paso a una contemplación diferente del presente que no es incompatible con el anhelo, título del último poema del libro y único de la tercera parte. Un anhelo que, a modo de testamento vital, se traduce en una súplica a Dios para que le permita controlar el tiempo que le quede de vida: “Quiero acabar con mis deberes hechos, / decir adiós a mis seres queridos, / vivir en paz lo que me quede quiero;”.
Este nuevo libro de poemas de Ramón Murciano se nos antoja como búsqueda -también hallazgo- de una de las funciones más características de la poesía: su poder consolador, tanto para el autor como para el lector.
Unos poemas a los que podemos aplicar la afirmación del poeta francés Jean Michel Maulpoix, “La poesía es palabra reparadora, capaz tanto de aliviar las dolencias del alma como de suspender los tormentos del cuerpo”.
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