‘Do not disturb’, anoche en el Revellín, tiene el poder de provocar un terremoto en el pensamiento al sacar a relucir las contradicciones humanas y sociales
‘Do not disturb’, espectáculo de mediano formato de la compañía Vaivén Circo-Danza, y que, traducido al español significa ‘no molestar’, pasó anoche por Ceuta haciendo gala, precisamente, de un talante que no sólo no molesta sino que atrae, que queda en la memoria aún después del desarrollo del mismo.
La obra trasladó al público asistente a un día de trabajo en cualquier fábrica de principios del siglo XX. Allí, cuatro personajes singulares que despiertan en el público sentimientos de todo tipo, esos que sólo afloran cuando nos vemos reflejados, como ocurre ante el espejo. Personajes llevados al límite: al límite del riesgo, del absurdo y también al límite de la ternura, un cóctel perfecto siempre que, como fue el caso, los actores sepan guiarse por una trama bien elaborada.
Así, a ritmo lento y embriagador, el desarrollo del espectáculo transcurrió a lo largo del montaje de una máquina, concretamente una rueda de 2,5 metros de diámetro y unos 120 kilos de peso. Los cuatro personajes de ‘Do not disturb’ tienen instrucciones de construir esta rueda pero, en realidad, no saben exactamente cómo debe quedar y mucho menos cuál debe ser el proceso de montaje. Fue este desconocimiento el causante de todas las situaciones divertidas, emocionantes y arriesgadas que surgieron durante el espectáculo.
‘Do not disturb’ habla también de pequeñas cosas, de relaciones humanas y de cómo pueden influir directamente en un proceso más global. De la idea común de la molestia desde ángulos absolutamente opuestos, de cómo lo que es muy molesto para unos, para otros puede resultar lo más normal.
La dificultad del proceso de montaje y la carencia de pautas para el mismo, representó el presente inmediato de los personajes, capaz de llevarles a un sentimiento común, la frustración, aunque ello no implicó que, por supuesto, llegaran a resignarse. De ahí que entre todos, más allá de las diferencias, decidieran buscar una solución común al problema. Mientras construían, aparecieron fortuitas rencillas, creándose bandos distintos.
En definitiva, se vieron envueltos en un juego de niños que sabotean, sin prejuicios, los márgenes de la realidad. Pero, a medida que el tiempo pasa, se fueron haciendo adultos y notaron el peso de los días y el trabajo, aprendieron de la experiencia y, finalmente, se hicieron mayores. Todo ocurrió de una manera gradual con el propósito de que el público creciera y se ilusionara al mismo ritmo en que ellos lo hicieron y, a tenor de los aplausos finales, así fue.






