Soberbio recital de Arteta y su pianista, elegantes y sublimes en la voz y el piano l El homenaje a Lorca, lo fue también a uno de los artes más bellos: los toros.
Elegante y reina. Poderosa y sabia. Sensual y dominante. Una diva, una estrella, una gran dama de la música clásica. Es Ainhoa Arteta, la soprano vasca que anoche, como ya hiciera una y mil y veces en los más prestigiosos teatros del mundo, puso en pie a los espectadores ceutíes que acudieron a la histórica –sí, histórica– cita en el Teatro Auditorio del Revellín con motivo del recital que ofrecía junto al pianista Rubén Fernández Aguirre y que sirvió de homenaje a la memoria del poeta Federico García Lorca.
El espectáculo, que había ocasionado una expectación tal que las entradas se habían agotado a las pocas horas de que se pusieran a la venta, lejos, pues, de decepcionar y no estar a la altura de lo esperado, se erigió en uno de esos que jamás olvida quien a él acude. Porque todo en el mismo fue de altura, de categoría artística mundial, de sonora ovación y sentida emoción en Viena, Düsseldorf, Milán o Nueva York: desde la sobria puesta en escena –ella vestida de riguroso blanco inmaculado cual figura mayestática y celestial– hasta el delicado repertorio seleccionado para ‘La voz y el poeta’, título del recital, pasando, sobre todo, por las cuerdas vocales de la soprano, perfectas en todas las alturas y en los distintos grados de temperatura de cada nota.
Dividido en dos partes, con un breve intervalo de quince minutos, el recital mostró al Lorca más sentimental y andaluz, tejiendo la soprano y el pianista una bella historia de tristeza, melancolía, esperanza, amor, guerra y alegría, un espejo de las emociones humanas y de las cosas de la vida, uno de esos pulsos a vida y muerte tan taurinos, como, precisamente, ese extraordinario homenaje que se le rindió anoche a la Fiesta Nacional, con el ‘Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías’, recitado en la voz de ultratumba de Paco Rabal: ambos, como el Cid, siguen ganado batallas aún después de muertos.
Sonaron así, poco a poco, con delicadeza y enorme encanto, piezas míticas poéticas como ‘Baladilla de los tres ríos’, ‘Romance de la luna, luna’, ‘Por el aire van’, ‘A la flor, a la pitiflor’, o ‘Los cuatro muleros’. O ‘Bodas de sangre’, recitado esta vez, desde el más allá, por Alberti.
Aunque perduren en la memoria sentimental, aunque habiten en el corazón sempiterno, los sueños terminan esfumándose en la pesada realidad, en el ambiente tibio de la mediocridad, en las luces que anunciaban que la función había tocado a su fin. Entonces, los espectadores desfilaron hasta la puerta de salida y se marcharon a la calle: pero venían de un bonito mundo.
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