Categorías: Opinión

El ruido y la furia

Cuando las sociedades modernas han sucumbido a las tentaciones de los totalitarismos al dejarse seducir por los cantos de sirena de la demagogia populista y la épica nacionalista, o la fácil sugestión del más primario obrerismo no hay que colocar esa debacle en el debe de la democracia, sino en la incapacidad de aquellas para defender consciente y justamente los valores que van sustancialmente ligados a ésta. Hoy, a consecuencia de la crisis económica que comienza a bosquejarse como catástrofe social, podemos percibir cómo se desgarra nuestra sociedad por distintos puntos de su trama. No es la primera vez que España sufre una división en trincheras enfrentadas para que se de la voz de alerta a tiempo y apartemos de nosotros el furor del enfrentamiento social, el ruido del palabrerío altisonante que aturde a la razón política porque carece por  completo de razonamiento para cubrir lo que en realidad esconde, las emociones del resentimiento.
Hay que tener altura de miras y una convicción indesmayable en los valores superiores de la civilización, la democracia y el Estado de Derecho con todo lo que de sustantivo implica, el valor superior de la razón hecha palabra, para levantarse como ciudadanos libres, y no súbditos, contra la injusticia y la arbitrariedad que siegan las verdes praderas de nuestras esperanzas. Y este valor ha de nutrirse de la aversión a la crueldad y la estupidez, cuya frivolidad padecemos día a día. Debemos evitar que esa difusa peste se instale en nuestras vidas, sacudiéndonos la abulia que nos encadena pesadamente al alejamiento de la vida pública, al desentendimiento de nuestros problemas, que son las llagas de nuestra España. Esta es una tarea a la que estamos llamados todos, superando nuestras filias políticas, nuestras simpatías y antipatías sociales, porque reclamamos la sanación de los desgarros que nos entristecen, porque tenemos que hacer imposible la visión goyesca de aquellos dos energúmenos, presos de su barbarie, atacándose a garrotazos, como prefiguración de las “dos Españas”. Es necesario de nuevo alzarse contra la arbitrariedad de las ambiciones transnacionales y el sometimiento a sus designios de la casta política, ayuna de convicciones y valores, para erigir a esa tercera España, libre, laboriosa y mayoritaria, la que desconfía sabiamente tanto de revolucionarios como de reaccionarios, en el fiel político, económico y social de nuestro tiempo. El miedo puede justificarlo todo y convertir el oro de nuestras mejores cualidades en el barro de lo bárbaro y abyecto. Así que reflexionemos serenamente sobre lo que nos jugamos en estos tiempos, no tengamos que llegar a decir como Macbeth, movidos por nuestras personales frustraciones y pequeñas ambiciones, que la “vida es una historia relatada por un idiota, llena de ruido y de furia, que no significa nada”.

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