Categorías: Opinión

El robot

En la soledad de una sala de entrenos tuvieron lugar estas consideraciones. A veces con tesón, a veces con paciencia, he conseguido que el gimnasio sea el reverso de mi alma, su hábitat natural, su entorno perfecto. Han sido catorce años de mucho entrenar, mis ojos se han achinado, y he visto a muchos niños pasar hasta descubrir la verdad de sus vidas. Y todo esto te da una distancia. Asimismo, he visto reír y he visto llorar por la derrota inesperada. Pero eso es la ruleta de la fortuna: a veces te viste y a veces te desnuda.
Cada bola que servía era un pensamiento a mis espaldas. Segundo a segundo; semana a semana. Pero ¿de dónde saco la ilusión necesaria?
En la soledad del almacén, mi robot lanza pelotas espera su oportunidad. Es como un maestro viejo, dador de vida y guardián de la enseñanza. Secreto es el nombre de quien ideó la máquina. Entonces pienso: Lo que ha tenido que pasar la humanidad para que yo me halle en condiciones de entrenar sin que nadie me distraiga. Entonces entro en conexión: ¿Cuántas personas habrán en el mundo entrenando con robot como yo hago en estos momentos? ¿Cuántas almas hermanas? ¿Tan puntual es la llamada del tenis de mesa? El mundo es inabarcable si nos fijamos en sus diferencias, pero se muestra sencillo si aunamos los motivos. Entonces sueño: Un mundo unido por el deporte del tenis de mesa, el más bello de los sacrificios.
Y mientras tanto el robot. A velocidad nueve mi musculatura se resiente y delata la torpeza sobrevenida con los años. La velocidad seis es la mía, pues se suceden los golpeos con algo de tino. Si hay algo que he aprendido con este deporte es a conocer tus limitaciones. Aquí cada uno encuentra su lugar en la técnica, y nadie está libre de llevarse un revolcón. Sólo hay un objetivo: hacer que la pelota gire con la fuerza de un torbellino.
Mi robot lanza pelotas es obra de la generosidad; pues me sirve bolas con la sinceridad de un amigo. Y no pide nada a cambio, pues no tiene bolsillos. Tan sólo pide un poco de luz, para alumbrar lo desconocido. La verdad sólo tiene un filo: El deporte quema los temores y redoma los instintos. Entonces, emerge una luz desde el interior de lo que sentimos, y una suerte de condena avisa a los incautos: “¿A qué te dedicarías si la eternidad fuese tu destino?”
Tu respuesta será el contenido de tu libro.

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